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16.12.09

Primera nevada


Así es como amaneció esta mañana en Manzanares el Real. Primera nevada del año, rauda nevada sobre La Pedriza, lástima que ya empiece a deshacerse. Por eso he querido congelar el momento, que como todos los años y en vísperas de solsticio, recreo en una foto. Padecemos los efectos de una ola de frío siberiano, dicen. Yo, desde luego, más que padecerlo lo disfruto :D
Hoy las bruxas tomamos el chocolate caliente y encendemos el lar.

18.11.09

El mayor reto

Abandona toda esperanza de resultados.
Y entonces no habrá necesidad de ir a ninguna parte. Exclamaré desde muy dentro: "Me rindo." Y el silencio descenderá, la bendición me rociará.
...
Sin embargo, incluso el mendigo es ambicioso.


Photo/post: Robert Mapplethorpe

8.11.09

Otra sobre Dios

Dice Gianni Vattimo (Clarín):
¿Por qué tanto interés en demostrar que Dios no existe? Es una pregunta que, ciertamente, gente como Hitchens refutaría, o al menos zanjaría de inmediato, diciendo que la verdad merece ser conocida más allá o más acá de cualquier interés. Sin embargo, eso de por sí torna sospechoso su enfoque. Como enseñó Nietzsche, quien habla de la verdad como un valor supremo muestra que todavía cree en un dios último. Pero entonces, si no puede, y no debería, invocar el amor por la verdad, ¿por qué a Hitchens le preocupa tanto la demostración de la no existencia de Dios? Sobre todo, teniendo en cuenta que, como observan muchos semi-creyentes, si Dios existe, la verdad es que hace sentir muy discretamente su presencia.
Podemos aventurar una hipótesis, que vale no sólo para Hitchens sino para todos los numerosos ateos militantes que comparten su mismo programa. Quieren demostrar que Dios no existe porque "perturba", o mejor: porque constituye un límite para nuestra libertad. De ahí que tenga sentido oponer a Nietzsche al ateísmo racionalista de Hitchens y otros semejantes. ¿Someterse a la verdad es realmente mejor, para nuestra libertad, que someterse a Dios? Si tomamos, por ejemplo, el iusnaturalismo en la ética y la filosofía del derecho, someterse a la ley (derechos y deberes) "natural" ¿es realmente mejor que someterse a Dios?
Los ateos racionalistas deberían ser más coherentes. Tendrían que adoptar el lema que servía de título a un texto anárquico de hace un tiempo, de Hans Peter Duerr (si no me equivoco): Ni dieu ni mètre –ni dios ni metro–. Ni dios ni orden racional del mundo que deban ser respetados; o también: ni dios ni verdad científica asumida como base para una conducta racional. En suma: el orden objetivo que la "razón" descubriría en la realidad, y que estaría al alcance de la razón de "todos", es tan poco liberador, y peor quizá, que el dios de la tradición. Naturalmente, el dios cuya no existencia se demuestra según Hitchens es el dios de nuestra tradición –una entidad personal que habría creado al mundo y al hombre y con la cual el hombre puede ponerse en comunicación para conocer su voluntad, sus propósitos, su eventual plan de salvación–. ¿Podemos decir el dios cristiano? Si es así, y creo que es así, considerar a este dios como un obstáculo a la libertad y a la responsabilidad del hombre tiene poco sentido; o por lo menos, se funda en un error, pues de quien nos quieren liberar es del dios-poder que quiere imponernos su autoridad a través de todo tipo de exigencias y prohibiciones. En esto, puedo estar más de acuerdo con Hitchens que un creyente.
Para los creyentes, al contrario, justamente para salvar la propia fe, sobre todo en este momento de la historia en que el multiculturalismo nos ha hecho conocer tantas experiencias religiosas distintas, es decisivo separar a dios de toda disciplina clerical, de toda pretensión de poder de imposición sobre la libre elección del hombre. Desde el punto de vista del interés por la libertad, en cambio, se debería reconocer que la idea de un dios personal que nos comunica su voluntad y sus propósitos es mucho más aceptable que la de un orden objetivo que, ciertamente, como en Spinoza, nos invita a "no llorar ni gozar, sino solo entender" la necesidad lógica de todo. No precisamente un gran avance para la libertad que se intentaba salvar.
Es cierto que de este dios tenemos noticias sólo a través de textos mitológicos, nunca lo descubrimos en una experiencia sensible o mediante un procedimiento científico ordenado. No es un "fenómeno", diría Kant; o, como escribe en cambio más claramente Bonhoeffer, "un dios que está (como una cosa, un objeto de posible experiencia) no está". Y sin embargo, todos tenemos el sentimiento, sí, como una impresión de fondo de la que no podemos liberarnos, de que nuestra existencia fue hecha posible, en sus aspectos afectivos, de evaluación, de elecciones morales, solo por esa herencia mitológica, en cuyo interior, por otra parte, maduró también la mentalidad científica de la que Hitchens quiere ser defensor.
El dios cuya no existencia es demostrada (sin turbarnos en absoluto) por Hitchens es el que, por el contrario, pareció tan a menudo demostrable (de San Anselmo a Descartes) a los filósofos; si ese dios existiera, adiós libertad, estamos de acuerdo. Pero es justamente el "dios de los filósofos", al que ya Pascal consideraba poco creíble. Las iglesias, y en primer lugar la Iglesia católica, pensaron que debían predicar al dios de Jesucristo como si fuera ese dios "demostrable"; y cometieron ese error por puros motivos de poder –el Dios que la razón "demuestra" parece portador de una autoridad más absoluta y universal (pensemos en cómo la Iglesia insiste en el hecho de que "por naturaleza", el matrimonio "naturalmente" heterosexual es indisoluble, y así puede prohibir el divorcio también a los no creyentes. Y así sucesivamente). El dios en el cual siguen creyendo los creyentes no tiene nada que ver con el dios, inexistente, de Hitchens. Su libro puede, en cambio, ayudar a todos a liquidar la siempre resurgente tentación de identificar la palabra divina con alguna autoridad despótica, llámese la iglesia o la "ciencia".

¿Seguirán empeñados los ateos en aplicar sobre el Dios metafísico las premisas que vienen aplicando desde hace siglos sobre el dogma? Lo cierto es que, dejando a un lado el dogma, mismas pruebas hay de la existencia de Dios como de su no existencia.
Parece que los ateos sólo estuvieran capacitados para demostrar la no-existencia del Dios del dogma que es, paradójicamente, su manera de creer en Él. Sino, ¿por qué habrían de darle tanto poder, llevando el tiempo que llevan empeñados en negarle?

Feliz Cumpleaños, Fata Morgana.

3.11.09

Si conoces a Buda

Últimamente hay una gran proliferación de autores que se vuelven best-sellers, con su consiguiente derivación viral en la red. Cito ejemplos como Eckhart Tolle, Ronda Byrne (El Secreto), Gary Renard (La desaparición del Universo), David Icke, etc; todos ellos autores de origen anglosajón. No es casual que, siendo así, sus enseñanzas siempre o casi siempre estén vinculadas a un rendimiento económico. Millones de personas en todo el mundo que jamás han oído hablar de la filosofía perenne encuentran en estos autores la llave maestra para una nueva percepción.
Lo que tienen en común es que se basan, a grandes rasgos, en la premisa de que el universo conocido es ilusorio. Una construcción mental. Siendo la mente humana tan sumamente poderosa como para proyectar desde el ratón del ordenador al universo entero, ¿por qué no ha de cambiar la percepción en beneficio de si misma? Nada que no se haya experimentado, escrito o pensado desde tiempos antediluvianos.
Tanto en España como en otros continentes hay investigadores y empiristas serios, pero que ni gozan del suficiente crédito a nivel mass-media, ni se forran (tampoco creo que les importe). A mi entender, la clave del éxito anglosajón no está en las verdad de sus afirmaciones, sino en su inteligente manera de exponer el mensaje: llegan a todo tipo de público, y son muy recomendables para quienes hacen sus pinitos en el nuevo paradigma.
Comencé a leer “gente rara” hacia los diecinueve años. El primero -siempre lo recordaré- fue El tercer ojo, de Lobsang Rampa (extraño personaje). Pasó un tiempo antes de que llegara a Muchas vidas, muchos maestros, de B. Weiss, Tus zonas erróneas, de Dyer, Usted puede sanar su vida, de L.Hay, El libro de los secretos, de D.Chopra, y todos los de los ángeles; para aterrizar en Carlos Castaneda y El libro de los espíritus, de Allan Kardec. Algunos quedaron en Argentina y otros los conservo con cariño en mi biblioteca madrileña.
Luego me compré una licuadora. (Nota: en esto debería explayarme más, pero sé que el buen lector comprenderá que de haberme quedado en ese estadío seguiría creyendo más en el mensajero que en el mensaje. El mensaje es demasiado antiguo como para endilgarle nombres y apellidos, y por ser reflejo verbal de la verdad, no necesita ser explicado, y mucho menos defendido).
Esta entrada no pretende abrir una polémica sobre si ciertos autores son o no legítimos, sólo pretende mover a la reflexión.
Hace tiempo charlaba con un amigo de Barcelona sobre la propagación viral de ciertos mensajes que pululan por la red: cuántica, biofísica reduccionista, mutaciones del ADN, cambios del eje magnético terrestre, calendario maya, la energía Kryon, y ese largo etcétera que incluye la acupuntura, la sanación con cristales, los chitauris de Credo Mutwa, las regresiones, las 14 dimensiones de Sixto Paz, los archivos akáshicos, la ley del karma, los power points reenviables con fondo musical de Kítaro, los mensajes marianos de Iker Jiménez, y California como meca espiritual de Occidente.
Al final de la charla cada cual llegó a sus propias conclusiones. No diré la suya, no me corresponde; pero la mía sí que la puedo decir, y es que: no importa el mensajero, sino el mensaje. Parece de perogrullo, pero no lo es tanto si se piensa en que, conociendo el mensaje, sabremos separar el grano de la paja.
El problema de la sobreinformación es que la gente se guía más por el mensajero que por el mensaje. En el fondo, y por mucho trabajo de “desarrollo personal” que se pretenda, parece ser que el humano posmoderno sigue apostando más al maestro fuera de si mismo, que al si-mismo. De ahí que unos defiendan a capa y espada (no puede haber nada más paradójico que defender a capa y espada una verdad sustentada en la experiencia, y no en una creencia) al maestro Chiripa, porque como él no ha habido nadie después del Buda; y otros miren con desprecio al devoto de Chiripa argumentando que sí hubo alguien: Filomeno. Hasta es posible que, en esencia, los dos lleven razón, sin embargo nunca conseguirán ponerse de acuerdo, porque ignoran las fuentes. Y ahí reside el quid de la cuestión: en la fuente.
Poca gente se pregunta de dónde provendrán las verdades afirmadas por gente como Ronda Byrne. Pero el conocimiento no es una moda pasajera, nisiquiera una aventura psiconáutica de temporada, sino un viaje fascinante, por momentos inefable, del que no suele haber retorno. Esto ya lo sabían los grandes buscadores desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, para muchos, esos libros siguen sin abrirse.

6.10.09

Asuntos del cerebro


Acabo de ver un programa en Documentos TV, de la 2, que me ha dejado entre indignada y atemorizada. Parece ser que últimamente, en USA, crecen “de forma exponencial” los casos de transtorno bipolar en niños. El programa giraba en torno al uso correcto o incorrecto de medicamentos psiquiátricos para combatir el supuesto brote de TAB. En esta ocasión entrevistaban a los padres y también a algunos de los niños.
Cualquiera que sepa, mínimamente, lo que es un transtorno bipolar y haya visto el programa, llegará a la conclusión de que esos niños más que padecer un TAB dán la impresión de estar profundamente enfermos, pero no de TAB.
Basta con ver a una niña de unos doce años en el consultorio de su psiquiatra llorando porque su padre se iba a Irak. Mientras la niña lagrimea, el profesional aconseja a su madre subir un pelín la dosis del ansiolítico que la chavala viene tomando desde los cuatro años, a fin de que su compartamiento se haga adaptable a eso de tener que ir al colegio. Cosas de la adaptabilidad al orden social.
Aunque el programa cuestiona la ética médica de recetar o no a los niños todo tipo de psicofármacos que no han sido debidamente probados en laboratorios, en ningún momento define las características del transtorno bipolar, no se ve a ningún niño que muestre tales características de forma comprobable, y ninguno de los profesionales entrevistados plantea otra alternativa que no sea la medicación. Se habla de transtorno bipolar, pero se omite que la denominación completa del transtorno sea transtorno afectivo bipolar. A nadie le da por hablar de afectividad, ni se hace mención a las posibles causas en relación con el núcleo familiar y su inserción en un determinado marco social.
En el programa, los padres aparecen como meros robots acatando ciegamente tanto el diagnóstico como la receta del nuevo doctor Benway, y comentando en consulta los pobres resultados de la medicación. Padres gordos como pavos del día de Acción de Gracias con sus chavales igualmente fofos, o llenos de acné, niños rubios de mejillas sonrosadas dando saltos de sillón en sillón -como cualquier niño- y hablando de cómo matarán al compañerito de clase…
Las fantasías de una niñita de cinco años, encantadora, acerca de cortarle la cabeza a no sé quienes. Y sus padres, ovillados en un rincón sin atreverse a abrir la boca, no sea que la niña vaya a degollarles.
Padres que no saben qué hacer con sus niños, rebosantes de grasa apisonada contra el hipotálamo, asustados porque el niño “no encaja” y no puede estarse quieto. Niños que ya no se duermen sin un sedante. Que de día funcionan como antenas receptoras de un sistema reventado y moribundo. Niños intentando ser convertidos en animales adiestrados por cuatro matasanos con licencia -que para colmo se dán el lujo de cobrar una pasta, en un sistema donde sabemos bien que la salud no es ni será pública jamás-, bajo consentimiento de unos padres mal alimentados, manipulables y robotizados que al no saber qué hacer con sus propias vidas, anestesian las de sus hijos.
No se habla de las causas: sólo se intenta tapar los síntomas. Tapan un agujero y se abre otro al que darán en llamar “daños colaterales”.
De ahí que se cuestione el uso de psicotrópicos en niños, y de ahí que nuevos preclaros salgan en la tele con nuevas teorías -uno (de origen oriental, el tipo justo del que si le preguntas de dónde es te dirá que de Connecticut)- proponía empezar a medicar al niño antes de que se desarrolle el TAB. Es decir, que al menor síntoma: chute. Otro, proponía algo mejor: repetir el experimento que se hizo con los niños enfermos de cáncer, por el doctor Benway de Pensilvania. ¿En qué consiste?, le preguntan. Pues básicamente en que los agrupas a todos por tipo, y empiezas a experimentar para ver resultados.
Parece ser que su propuesta ha tenido amplia repercusión en el ambiente médico.
El caso más grave y cuestionable que se presentaba, era el de un muchacho de dieciseis años, que lleva más de diez usando ocho clases de medicamentos: ansiolíticos, pastillas para dormir, antidepresivos, estabilizadores del ánimo… todo eso, al parecer, para un chaval de grandes orejas que a los cuatro no respondía a la orden de ven a comer que la comida se enfría.
Había que ver al chaval con esos años: delgadillo y ojeroso, con los padres gordos de siempre. Doce años después: el mismo chaval, mucho más feo, mucho más fofo y mucho más infeliz. Tiene la expresión agotada de un hombre de cincuenta años, y comenta con cierta ilusión que el programa de medicina alternativa (yoga, creo) recetado por su médico de cabecera, le dá muy buenos resultados con el tic crónico que le provoca el coctel de medicamentos. Una se lo imagina seis horas diarias “tictineando” delante de la tele o jugando al Guitar Hero.
Sin embargo, parece ser que la gran pionera en el tratamiento del transtorno bipolar en niños americanos es una entidad llamada Asuntos del cerebro. En el documental se ve una doctora con cara de no haber roto un plato, explicando a un niño y a sus padres el funcionamiento de su cerebro, y las zonas afectadas que darían lugar al TAB.
Suerte que la psiquiatría haya evolucionado unos cuántos minutos desde la lobotomía y el electroshock: ahora por lo menos le explican a esta gente cómo se lo harán, y siendo que el tratamiento es indoloro y garantiza una muralla infranqueable entre las emociones y el mundo, tanto el niño como el padre se sienten aliviados. Aliviados de haber encontrado un remedio para su "enfermedad". Aliviados de aceptar por decreto que en la tierra de los tuertos, el ciego es rey.

22.9.09

La sembradora

Necesito construir un sueño mínimamente respetable. Uno que sea lo bastante firme como para echar un respiro, y poder hincarme con una cierta paz sobre un cojín de terciopelo cosido con todas mis viejas lágrimas.
Fuera de Mí-misma, la contienda continúa. El ego se envalentona, patalea, me muestra la dentellada del miedo: "Eh!¿lo ves?¡estoy aquí!¡tengo el poder!¡lo tendré mientras sigas encarnada, soñando con cojines de santa!".
En el sitio donde nace la poesía (la residencia de los demonios en la casa de Dios) tengo un recuerdo de infancia: el rostro de Adán apuntando hacia el cielo, distraído quizá, en un ave, o en el arrobamiento de su propia contemplación. Asomado al oído, el diablo le susurraba sus tentaciones. Un tentempié para Adán antes de la manzana.
Le pregunté a mi padre:
-¿Quién es éste?
Estábamos en la cocina, mirando la ilustración. Él hizo un gesto de vuelo con las manos:
- ¡El Diábolo! -respondió, con expresión rapaz.
Luz de pasillo. Él se inclinaba sobre mi cama y me arropaba.
- Papá, ¿cuándo nació Dios?
Se rió atonito.
-¡Dios nunca nació!¡Siempre estuvo ahí!

Hago grandes esfuerzos por conservar el presente.
Una vez más, olvido que no es necesario hacer ningún esfuerzo. El presente no debería ser: es gozo absoluto. Este instante contiene la eternidad. Decido vivirlo apaciblemente, en el calor de mi hogar.
El viaje más largo y peligroso que existe se recorre sin haber movido un ápice; todo lo demás es escapismo. Es morder el anzuelo de la criatura oscura que se asoma al oído de Adán.

11.9.09

Reflejo

Sí, realmente eres mi Reflejo.
Sólo que a veces, es tan difícil no perderme en el azogue...

31.8.09

El oponente

No recuerdo quién decía que la mejor manera de neutralizar al narcisista es ignorándole. Luego otro decía que se requiere más valor para callar que para replicar. Esto va en contra de las teorías revolucionarias de toda la vida. De hecho, es la última de las revoluciones. Algo que el narcisista confunde con la cobardía, y en los casos más extremos, con haberse salido con la suya. Con haber dejado al oponente "sin palabra", es decir, sin disfraz. Que es todo lo que el narcisista conoce de si mismo.

25.8.09

Paz, solamente


Ahora que has llegado ante un abismo de 10.000 pies...¡dá un paso adelante!

Me han conducido hasta aquí desde lo más profundo del infierno.
Me he conducido hasta aquí desde el centro más ocuro de mi corazón (flor de loto quemada, asfixiada por la culpa, mustia). Pero ahora comprendo.
Desde la demencia, desde el horror de una noche sin luz. Desde la expiación y la espiación de soledades y suicidios ajenos (también el propio, dolorosamente sobrevivido). Desde el caos y la ebriedad de las malas vidas y los buenos vinos. Desde el escepticismo amargo cocido a fuego lento en el amor y el desamor. Desde la ironía aprendida en la trinchera peleona de los diablos urbanos,
ésta es una plegaria silenciosa. Con carcajada atónita, ahogada, igualmente silenciosa.

Ahora: paz, solamente.

1.8.09

Celdillas

Veo que todo el mundo está muy cómodo en su celdilla.
Todo tan “organizadito” en Europa, todo tan medido, tan controlado, tan metido dentro de celdillas, en compartimientos estancos, como las abejas. Todo tan espiado, tan aparentemente seguro, tan “protegido”. Falta que se te metan con un radar en el baño y que te pongan unos electrodos en las cuerdas vocales para ver si cantas bien en la ducha o desafinas, y así te lo pasarán por Hacienda.
Siguiendo la ética yanqui de que cuanto más pagas, mejor es el producto -inclusive el espiritual, que hay mucho producto espiritual de alto precio para gente espiritualmente pudiente-, la estupidez humana en materia de valores no tiene parangón. Así educan a sus hijos, a quienes sólo ven treinta días al año, ya que el resto se lo pasan en guarderías criados por gente sin vocación que en la mayoría de los casos va a por la plaza fija. Toda una generación de gremlins agobiados por la falta de amor, que en su defecto será sustituido por objetos y caprichos de toda índole, un grandullón, una grandullona, que pasados los años le dirá a alguien que no puede comprometerse en ninguna relación porque "me siento agobiado" (¡por el amor!, menuda paradoja, que a la vez es de una lógica aplastante si se toma en cuenta su historial).
Pero no es esta lógica aplastante lo que me fastidia, sino que haya gente capaz de compartirla. Gente que se ocupe de prolongarla con su consentimiento. Gente verdaderamente mezquina que a la hora de intentar una relación de cualquier índole -pareja, amistad, lo que sea- se lo piense tanto antes, que a la hora de tomar una decisión ya no haya nada que decidir (normal: cuando uno piensa mucho, siente poco). Si invito a cenar a Fulanito tendré que decirle que se quede a dormir, porque no tiene coche. Uy, qué putada. Hoy no tengo las mejores sábanas, no voy a ponerle esa cutrería que me regaló mi tía la del pueblo. Mejor que no venga.
Una amiga que acaba de llegar del continente piel roja me decía en un e-mail: Ehhhh qué serios estamos…¿por qué no se ríen?¡Una sonrisa, por favor! Y claro. Ha notado la falta de espontaneidad. Esa blandura que se tiene por ciertas latitudes y que hace, entre otras cosas, que un grupo de personas no tenga miedo de compartir una infusión y beber todos del mismo recipiente (cuidado con las gripes A, B, C, D y Z, que para eso están entre otras cosas: limpieza étnica y, de paso, seguimos extendiendo el miedo al contacto).
¿Cómo puede hablarse de amor en un continente donde se ha perdido la confianza en el vecino? Desde luego que hay gente que rezuma amor por los cuatro costados -la hay aquí, allá y en todas partes, de no ser así ya estaría muerta- y es de ellos, justamente, que he aprendido que el amor ni se verbaliza ni se teoriza: sucede. Cuando por justificar la teoría de la Unificación nos empeñamos en hablar de amores pequeños (humanos) y amores grandes (divinos) a mí me dá en la espina que caemos nuevamente en el error de separar-y no hay mayor paradoja que ésta-, ya que tal dualidad no existe: el amor humano, y entre humanos, es el más bello reflejo del Amor.
¿Dónde está, pues, la diferencia?
Cada vez me gusta más aquella vieja fábula lakota que habla de las cuatro razas. Muy sabiamente, los lakota decían que la raza blanca iba a ocuparse del mundo mental, que la negra se ocuparía del mundo físico, que la amarilla lo haría con el mundo espiritual y que la roja iba a ocuparse del mundo emocional. Ellos creían que esas cuatro razas eran necesarias para conseguir el equilibrio del humano completo, y dar el gran salto hacia la integración en una raza única.
Algo de eso está pasando, aunque sigue siendo una pena que la raza blanca, con su soberbia de siempre y su aparente “desarrollo” basado en los bienes de naturaleza económica, el status y otro puñado de valores abortables, pretenda insistir en un modelo ético que ya está para el desguace. Gente anestesiada en lo emocional, verdaderos parapléjicos de los sentimientos, prolijamente instalados en su celdilla, empujando fuera al vecino -con la ayuda de la administración-, e ignorando que el precio de esa supuesta seguridad era la pérdida de su libertad.
Como dijera un famoso rockero en cierta canción que en su momento pasaría despercibida: La verdad cubierta de seguridad. No debe ser fácil mirar debajo de la alfombra.
No me preocupan tanto los deterministas del viejo modelo como los espiritualistas del nuevo. Hay cosas que siguen sin cerrarme. Demasiadas contradicciones, demasiadas paradojas. Mucha gente confundiendo la teoría del “espacio personal” y la desidia, con la teoría orientalista del “desapego”.
Hace un tiempo le contaba a una persona de aquí las veces que he tenido que pasarme los fines de año sola. Ello parece ser normal en este continente que sólo contiene a sus hijos, rechazando en muchas más ocasiones de las que se admite, y de manera subrepticia e hipócrita, a los que son “de fuera”, o a los que siendo "de dentro" no pasan por el aro. Como decía en otro post hace tiempo: no me fastidia tanto la segregación (en sus múltiples formas de: machismo, clasismo, xenofobia, racismo, etc) sino que no se admita, porque en el ocultamiento está el orígen de esa coyuntura, con su consiguiente perversión y aplicación.
Así pues, veo que todo el mundo está muy cómodo en su celdilla. Son muchos siglos de lucha para que, llegado el momento y habiéndolo conseguido, venga alguien a quitar o inducir.
Bendita sea la santidad del intercambio, e inclusive el tráfico de esclavos. Benditos los traficantes de todos los puertos, los gobernantes de todos los secarrales del mundo, parásitos de nuestros vergeles. No hemos de olvidar la única y verdadera ley del mundo: la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma. Hay quienes olvidan que en las celdillas también hay miel.

30.6.09

El punto intermedio

Puede entenderse por "Ego" al personaje que llevamos puesto desde que nacemos hasta que morimos, y por "Conciencia" a la fuente numinosa de la cual procede todo lo conocido, incluídos nosotros.
Sin embargo, entre los distintos “programas” que animan a nuestra estrella de toda la vida -el Ego- y la Conciencia, existe un estadío intermedio del que no se habla mucho: el alma.
Sabemos que el Ego se mueve estupendamente en aguas aprendidas. Cuanta más oposición encuentra, más a gusto y más él mismo se siente. Es lo que el Ego espera del Ego: que se oponga, que separe. Porque el Ego admira la distinción. El Ego necesita marcar su individualidad, y se somete a escrutinio frente a otros Egos, que encantados le reciben, sea para admirarle, machacarle, compadecerle, y todas las variantes emocionales que puedan imaginarse.
El alma, en cambio, no puede someterse a escrutinio, porque está a medio camino entre la Conciencia y el Ego. Siendo, también, un “programa” pero de orden superior -ya que estaría influído por la genética y otros factores que hoy por hoy pertenecen al terreno de la especulación- el alma bebe de ambas frecuencias, y es en mi opinión el gran “filtro” a través del cual se manifiestan el uno o la otra.
Si entendemos al alma como sinónimo de talento natural o vocación, se infiere que ese programa de orden superior que traemos incorporado en nuestro disco duro, decidirá qué prefiere tras un tiempo de aprendizaje: si estar al servicio del Ego, o de la Conciencia. O estar al servicio de la Conciencia pasando a través del Ego. En ese punto intermedio se encuentran, afortunadamente, las artes.
-Tales de Minetto.


A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.
¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!
Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron.
Yo no sé repetir cómo entré en ella
pues tan dormido me hallaba en el punto
que abandoné la senda verdadera.
Mas cuando hube llegado al pie de un monte,
allí donde aquel valle terminaba
que el corazón habíame aterrado,
hacia lo alto miré, y vi que su cima
ya vestían los rayos del planeta
que lleva recto por cualquier camino.


La Divina Comedia, Canto I, Infierno.
(Il Dante, naturalmente).

2.6.09

En el camino

La gente no quiere pensar. Quieren entregar el mando de sus vidas para que otros tomen las decisiones por ellos.
-Sara Northrup Hubbard.

Si no me equivoco, la New Age empezó allá por los ‘80 con aquel best seller tan famoso -La conspiración de Acuario, no me acuerdo el nombre de la autora y la verdad es que no me apetece buscarlo en Google, además nisiquiera lo leí- que significó la puesta en marcha de una nueva estrategia de mercado: la New Age. Libros, música, conferencias, cursos, viajes, dietas, y un largo etcétera orientados hacia un nuevo tipo de consumidor: el turista espiritual. Es decir, el buscador “irracional”, una alternativa al consumo de orden material.
Desde entonces todo lo que huela a “irracional” -entiéndase por irracional a todo aquello cuya existencia la ciencia ortodoxa no puede probar- se le tacha de “New Age”, si no es con un solapado desprecio, diréctamente con desprecio a bocajarro. Los defensores del paradigma determinista lo encuentran lógico, y escudándose detrás del razonamiento -muy lógico también-, de que dando el visto bueno a su antagonista el sistema se cura en salud, pues lo mismo les dá mezclar a los unicornios con Jesucristo, el ateísmo con los viejos rencores políticos, el reiki con el tantra, los ángeles con los reptilianos y a Paulo Coelho con Ken Wilber. A los deterministas “despreciadores” de todo lo que no pueda probarse -o mejor dicho, de todo lo que no han experimentado, y con ese miedo que tienen, dudo que se lo permitan-, les encanta archivar todo lo que haya de irracional bajo la etiqueta de la “New Age”. El sistema salta de contento: ¡lo hemos logrado!
Ya he hablado sobre esto en alguna ocasión. Me cuesta hallar un punto medio realmente coherente, un marco crítico serio donde pueda contemplarse la experiencia irracional sin caer en el ya transnochado determinismo de toda la vida -que para demasiada gente es y seguirá siendo la única verdad probable por los siglos de los siglos, no sé si sorprenderme de su ingenuidad o cabrearme por su ignorancia-, o en la New Age semianalfabeta de los libros de autoayuda y los detractores del ego a ultranza porque lo dijo Deepak Chopra, o porque se pegaron un viaje a la India que incluía un paquete de quince días de meditación con gurú incluído y una visita guiada al Taj Mahal.
Si yo les dijera, por ejemplo, que he aprendido más de mí misma y de la naturaleza humana en un teléfono que no puede hacerse público, y que ese trascender el infierno -el mío propio, el de los otros-, ha sido parte de un viaje iniciático, quizá mostrarían escepticismo, o diréctamente no se lo creerían; pero en ocasiones es así. Sólo decir que no creo en los renacimientos sin previa purificación -léase, si se quiere, en un sentido “religioso”, o no. O en su variante fisiológica, piénsese en una colonterapia, que poco tiene que ver con lo religioso-, y mucho menos en la New Age. Así pues, no quiero que se me encasille o que se encasille este blog en la vertiente New Age, porque nada más lejos de eso.
En realidad detesto la New Age. Aún así la comprendo y hasta la justifico, y diré por qué. Creo que la New Age representó en su momento la punta del iceberg, un mal necesario, como lo fue el movimiento hippie con su maravilloso let be sunshine allá por los ‘60. Lo que me parece pernicioso es el enquistamiento en la New Age, y la ceguera de mucha gente que por no comprender el paradigma determinista -razón por la cual no puede ni aceptarlo ni cuestionarlo-, se agarra a lo primero y más fácil que encuentra: la cultura de masas. Porque la New Age también se ha masificado, y ahora resulta que cualquiera dá un curso de chamanismo o se monta un chiringuito en un piso reformado o una finca rural, a los fines de sacarle buena pasta para un retiro... de lo que sea.
Desde luego, la red es un hervidero de anuncios, promociones, venta indiscriminada de todo tipo de soluciones mágicas y psicotrópicas, nuevas religiones, y blogs de copia-y-pega donde los unicornios navegan con las hadas, la dianética se aparea con el grupo Elron y Neo se convierte en un héroe de masas. La mente es un organismo masturbable, y la gran paradoja de todo este montaje new age, es que acaba dando la razón a sus detractores, que siempre se basan en argumentos perfectamente lógicos y por tanto probados. De ahí, creo, que nunca pueda probarse la existencia de Dios, y haya tan pocos que le dén vuelta a la tortilla y digan que tampoco ha podido probarse su inexistencia.
En fin. Por eso ansío encontrar el punto medio coherente, la integración mente-corazón que me/nos permita dar el gran salto hacia un ser humano noosférico, físicamente sano, intelectualmente agudo, espiritualmente luminoso -y por qué no, numinoso-, y tecnológicamente desarrollado (que eso, en parte, lo tenemos).
¿Pido demasiado? Yo espero que estemos en camino.

29.5.09

El Grial está ahí, delante de ti

Esto se lo escribí a un amigo de Colombia hace ya bastante tiempo:

Estando mejor, me daba cuenta de que en las mismas circunstancias uno puede ver las cosas de muy diferente manera. Quiero decir que no ha habido ningún cambio afuera desde la ayahuasca a hoy, lo que cambia en definitiva es la manera en que percibes la realidad.

Y él me respondió:
Precisamente se trata de eso, de mantener una posición de observador, de testigo permanente, procurando que el filtro de la realidad que es nuestro estado anímico permita permearla sin sesgos. Para eso hay que mantener ese filtro limpio, sin esos residuos o lastres que impidan contemplar todo el espectro, o por lo menos el mayor posible. Esto no significa que no debemos comprometernos emocionalmente, por el contrario, la vida se vuelve mucho más intensa pero con la clara conciencia de la permanente impermanencia, lo cual nos libera.

Ayer fue una jornada realmente curiosa para mí, ya que pasé por una media docena de estados de ánimo perfectamente discernibles y analizables por separado, no como suele sucederme a menudo, que las emociones quedan contenidas bajo un muro de apatía. En esta ocasión, la tristeza, por ejemplo, era tristeza en estado puro; la dicha, dicha pura; y otro tanto las demás. Lo tranquilizador fue que al encontrarme yo en la tristeza, en la pena, no sólo podía manifestarla libremente como pena, sino que al reconocerla como tal no tenía riesgo de confundirla, por ejemplo, con la ira, que es una emoción muy nociva y que, al menos en mi caso, funciona como catalizador a la vez que de barrera para evitar que se manifieste la pena, una emoción de la que suelo avergonzarme. Comprendí, después, que la ira es una emoción baldía -como la gramilla que ahoga el césped- y, que para colmo, en vez de filtrar la emoción original, la alimenta, con lo cual a ésta se le suman otras accesorias (la culpa, por ejemplo) que tras un análisis más o menos sencillo de la situación he llegado a la conclusión que parecen ser de naturaleza artificial. Es ahí, en el sitio de las emociones construídas artificialmente, donde actúa la cultura.
Si bien estoy en los prolegómenos de mi autoanálisis, una vez más resulta tranquilizador -muy tranquilizador, diría yo- saber que hay una parte de mí sobre la cual la cultura no puede influir. Se trata ahora de descubrir -en caso de que esto fuera posible- cuál es la emoción pura que me define (que no la que me gobierna) como ser humano, en este momento de mi vida.

Hace años, llorando a mares delante de una amiga, me dio por preguntarle entre hipos:
-¿Cómo hago para que deje de dolerme todo este amor?
Y ella, que es sabia, me dijo:
- Dándolo -. Se encogió de hombres. Ella también tenía los ojos empapados: - No tienes otra alternativa.

El Grial está ahí, delante de ti.

9.5.09

Bendición

Existe una ciencia del espíritu que olvidamos cuando nos separamos de la Tierra. Los chamanes la conocen desde que existe la especie; ellos la recogieron mucho antes de que alguien le pusiera un nombre. Nuestra ciencia occidental, ¿cuántos años lleva sobre el planeta? Acabaremos llegando a las mismas conclusiones que ellos, pero sus nombres nunca saldrán en la Wikipedia (cuando eres parte de todo, no importan los nombres).

Entonces, sólo se me ocurre decir
gracias,
infinitamente.

5.5.09

Peregrino


Ayer mientras escribía Mushin II, tuve la tentación de extenderme más sobre las jaras, pero veo que Tula lo hizo un poco por mí en su comentario. Agradecida quedo, amigo mío, por haber captado la esencia, en la que no he querido extenderme para ir directamente al grano.
Sólo decir que siento un especial cariño hacia esta sencilla y a la vez espléndida flor salvaje de los montes, muy grande, que sin desprender un perfume ni de lejos tan precioso como el jazmín, suelta una resina muy olorosa que además de impregnarlo todo, me recuerda a la trementina, cuyo aroma me resulta embriagador. He leído además que, por su naturaleza restauradora de terrenos empobrecidos a causa de los incendios, la jara es hija del fuego. Curioso.
Bien, este mes comienzo mi formación en psicología transpersonal, y estoy contenta. También un poco abrumada. El año del búfalo se presenta movido; tengo por delante un largo proceso de renacimiento y pienso compartirlo por aquí y fuera de aquí, que para eso quiero formarme. El camino es largo; tedioso, jamás. No sé cómo puede haber gente que tenga planeada su vida de aquí a veinte años, y ya piensen en lo que cobrarán de jubilación sin haber llegado aún a los treinta. Antes de llegar, ya tienen comprada su parcela en la cima. Inclusive hay quienes pierden su capacidad de asombro antes de llegar a los veinte. Una vida basada en el cálculo.
El fracaso no existe; sólo la sensación del mismo nos convierte en seres pronosticados y pronosticables, incapaces de aprehender el infinito que vive en cada instante. Es la eterna historia del rey solo en su cima.
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p/d: algo que no os he contado: la foto de portada es un diente de león en su etapa floral de plumerillo, que en Argentina lleva el nombre vulgar de panadero. He visto que aquí los hay muy pequeños. Me gustó la habilidad del fotógrafo para captar la esencia de lo etéreo en algo tan sencillo.

4.5.09

Mushin II


Hoy fui a andar. Todas las jaras están ya completamente abiertas, y el sol brilla en Madrid. Bajé por el sendero que lleva al monte con destino a mi playa favorita, una a la que sólo voy entre semana, porque los fines siempre me la pillan.
En algún momento tuve el impulso de desviarme hacia el río. Sin saber muy bien por qué, me quedé viendo un estanque color ámbar, entre el manantial que baja de la montaña y las piedras que siembran el lecho. Como dijera Quevedo, el Manzanares es “un arroyo aprendiz de río”; y no sé por qué, siendo tan íntimo, el pobre se ha llevado tan malas notas entre algunos poetas. Yo, que vengo de ríos grandes, puedo garantizar que la grandeza no es garantía de poesía.
El agua saltando entre las rocas producía un rumor delicado, hipnótico, que me atrajo de manera instintiva. Las ondas irisadas del estanque se volvieron súbitamente sedantes. No es que anduviera nerviosa, de hecho me hallaba de excelente humor. Sólo puedo decir que ése, justamente ése, era el único lugar donde yo tenía que estar en ese momento (las palabras empiezan a resultarme insuficientes, diría que banales; las palabras empiezan a decepcionarme: ni hablar de sus teóricos). Así que tendí mi loneta mejicana y me senté. A orillas del río. Junto al estanque. Me lo pedía el cuerpo. Más que eso: me lo pedía algo.
No acostumbro meditar. Tengo amigos que meditan veinte minutos al día, y les envidio, porque yo no puedo. Mejor dicho, no podía hasta hace poco. Sin embargo, últimamente empieza a volverse una necesidad, y es que los beneficios de la meditación no se reconocen realmente hasta que se vuelven una necesidad natural y no una disciplina.
Que fue lo que me pasó hoy. La meditación es medicina natural, de ahí que haya quienes prefieran el yoga, la poesía, la música, o la simple contemplación de la naturaleza, a la terapia tradicional.
Pero, ¿qué hay cuando la sanación, sencillamente, sucede?
Antes de sentarme, dije en voz alta y al aire: Ésta es la frecuencia; y aquel rumor delicado, hipnótico, del río saltando entre las piedras de granito, me capturó como no recuerdo que me haya sucedido jamás. Aquel sonido masajeaba mi cabeza. No podría explicar en palabras lo que sucedió después: sólo puedo decir que el pensamiento desapareció. Quizá no totalmente, pero tengo la completa certeza de que cualquier cosa que estuviera pasando por mi cabeza en ese momento, cercana al pensamiento, no revestía de la menor importancia para mí.
¿Cómo puede haber pensamiento cuando eres tan feliz?
Observé toda la naturaleza, con sus árboles, sus piedras, su río, su rumor, su brisa y su rabioso cielo azul... y me pregunté: ¿Esto es un sueño, o es real? Sonreí, y mi sonrisa se me antojó ajena a la ya conocida, y completamente nueva.
Permanecí así, en actitud de infinito agradecimiento, durante un tiempo igualmente infinito, a la sombra de un chopo y con los rizos mecidos por la brisa, con la vista fija en las irisadas ondulaciones del río. No me dí cuenta de que, en efecto, había hallado la frecuencia, hasta que una sombra oscura se asomó a mi cara y me sobresaltó. No había nadie más allí, pero me pegué el gran susto de mi vida...
Sólo entonces supe que todo el rato había estado despierta.

No es cuestión de palabras. Sin embargo, las palabras han llegado hasta mí tal como yo quería: para ver que sólo son otro instrumento de una percepción mayor.

24.4.09

Contraste

Era el verano del año 2000. Estaba sentada en una playa a orillas del lago Nahuel Huapí, en la única isla que hay en el mundo con un bosque de arrayanes propio. Si alguien ha visto ese lago, sabrá lo que es: no es que abunden azules tan profundos y tan puros. Al otro lado del lago, inmensa, se levantaba la cordillera de los Andes. Entre pico y pico, un volcán. Uno solo. No recuerdo haber visto una naturaleza más perfecta que ésa. Tampoco recuerdo haber experimentado una soledad, una ajenidad más brutal.


La primavera de 2009. Estoy sentada en una playa pequeña, pequeñísima, a orillas de un río en la Pedriza, sierra de Madrid -en Argentina no sería más que un chorrito, un riachuelo- a la sombra de un bosquecillo de chopos igual a cualquier otro bosque de chopos. El salto del agua sobre las rocas se vuelve sordo, hipnótico, entrañable.
Pocas veces me he sentido tan acompañada.

23.4.09

Libertad


Si hubiera sabido que el precio de ser yo misma era tan alto, ¿me hubiera mojado para encontrarme? Quizá no.
He tenido que caminar sobre las brasas, y todavía estoy a años luz. He querido ser víctima de otros; sin embargo, con las vueltas de la vida he comprendido que el único victimario era mi ego... ¡qué decepción!
¡Y también, qué alivio!
Las estrellas siguen brillando ahí arriba.

Bendigo mi libertad.

19.4.09

Manada

Llevo prácticamente una vida buscando a mi familia. Mi familia genética sólo era el vehículo para llegar hasta aquí; el resto puede imaginarse. ¿Tiene sentido amar a quienes me veían como un apéndice de otras personas? Soy la menor de todos ellos, nadie esperaba mi llegada. Y como nunca me he sentido uno de ellos, echo de menos no poder echarles de menos.
Soy la hija pródiga de una familia que todavía está al llegar. Pero a ellos sí que les echo de menos. Ya es hora de unirme a la manada.

23.3.09

No sé qué hay al otro lado; pero hay.

La gente tiene un cierto resquemor a hablar de ciertas cosas.
Son conocimientos ancestrales, verdades profundas que nos llegan con el eco de los mensajes que están en el aire. Mensajes milenarios que siempre han estado ahí, que seguirán estando ahí mientras exista la especie humana.
Debo escucharlos. Seguir la senda que señala la antorcha, desoir las advertencias de la razón, los protocolos que impone la buena educación, los rótulos acuñados por la psquiatría. No es tarea facil: es dificilísimo. Sin embargo, para muchos de nosotros ese fuego resulta irresistible.
Mis queridos amigos, no creais que os olvido: os llevo conmigo. Sois mi lumbre. Vivís en los rescoldos de mi corazón.

(Nota para los Ateístas: por cierto, el fuego al que me refiero no es el Infierno cristiano al que tanto temen algunos, sino otro).