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8.11.09

Otra sobre Dios

Dice Gianni Vattimo (Clarín):
¿Por qué tanto interés en demostrar que Dios no existe? Es una pregunta que, ciertamente, gente como Hitchens refutaría, o al menos zanjaría de inmediato, diciendo que la verdad merece ser conocida más allá o más acá de cualquier interés. Sin embargo, eso de por sí torna sospechoso su enfoque. Como enseñó Nietzsche, quien habla de la verdad como un valor supremo muestra que todavía cree en un dios último. Pero entonces, si no puede, y no debería, invocar el amor por la verdad, ¿por qué a Hitchens le preocupa tanto la demostración de la no existencia de Dios? Sobre todo, teniendo en cuenta que, como observan muchos semi-creyentes, si Dios existe, la verdad es que hace sentir muy discretamente su presencia.
Podemos aventurar una hipótesis, que vale no sólo para Hitchens sino para todos los numerosos ateos militantes que comparten su mismo programa. Quieren demostrar que Dios no existe porque "perturba", o mejor: porque constituye un límite para nuestra libertad. De ahí que tenga sentido oponer a Nietzsche al ateísmo racionalista de Hitchens y otros semejantes. ¿Someterse a la verdad es realmente mejor, para nuestra libertad, que someterse a Dios? Si tomamos, por ejemplo, el iusnaturalismo en la ética y la filosofía del derecho, someterse a la ley (derechos y deberes) "natural" ¿es realmente mejor que someterse a Dios?
Los ateos racionalistas deberían ser más coherentes. Tendrían que adoptar el lema que servía de título a un texto anárquico de hace un tiempo, de Hans Peter Duerr (si no me equivoco): Ni dieu ni mètre –ni dios ni metro–. Ni dios ni orden racional del mundo que deban ser respetados; o también: ni dios ni verdad científica asumida como base para una conducta racional. En suma: el orden objetivo que la "razón" descubriría en la realidad, y que estaría al alcance de la razón de "todos", es tan poco liberador, y peor quizá, que el dios de la tradición. Naturalmente, el dios cuya no existencia se demuestra según Hitchens es el dios de nuestra tradición –una entidad personal que habría creado al mundo y al hombre y con la cual el hombre puede ponerse en comunicación para conocer su voluntad, sus propósitos, su eventual plan de salvación–. ¿Podemos decir el dios cristiano? Si es así, y creo que es así, considerar a este dios como un obstáculo a la libertad y a la responsabilidad del hombre tiene poco sentido; o por lo menos, se funda en un error, pues de quien nos quieren liberar es del dios-poder que quiere imponernos su autoridad a través de todo tipo de exigencias y prohibiciones. En esto, puedo estar más de acuerdo con Hitchens que un creyente.
Para los creyentes, al contrario, justamente para salvar la propia fe, sobre todo en este momento de la historia en que el multiculturalismo nos ha hecho conocer tantas experiencias religiosas distintas, es decisivo separar a dios de toda disciplina clerical, de toda pretensión de poder de imposición sobre la libre elección del hombre. Desde el punto de vista del interés por la libertad, en cambio, se debería reconocer que la idea de un dios personal que nos comunica su voluntad y sus propósitos es mucho más aceptable que la de un orden objetivo que, ciertamente, como en Spinoza, nos invita a "no llorar ni gozar, sino solo entender" la necesidad lógica de todo. No precisamente un gran avance para la libertad que se intentaba salvar.
Es cierto que de este dios tenemos noticias sólo a través de textos mitológicos, nunca lo descubrimos en una experiencia sensible o mediante un procedimiento científico ordenado. No es un "fenómeno", diría Kant; o, como escribe en cambio más claramente Bonhoeffer, "un dios que está (como una cosa, un objeto de posible experiencia) no está". Y sin embargo, todos tenemos el sentimiento, sí, como una impresión de fondo de la que no podemos liberarnos, de que nuestra existencia fue hecha posible, en sus aspectos afectivos, de evaluación, de elecciones morales, solo por esa herencia mitológica, en cuyo interior, por otra parte, maduró también la mentalidad científica de la que Hitchens quiere ser defensor.
El dios cuya no existencia es demostrada (sin turbarnos en absoluto) por Hitchens es el que, por el contrario, pareció tan a menudo demostrable (de San Anselmo a Descartes) a los filósofos; si ese dios existiera, adiós libertad, estamos de acuerdo. Pero es justamente el "dios de los filósofos", al que ya Pascal consideraba poco creíble. Las iglesias, y en primer lugar la Iglesia católica, pensaron que debían predicar al dios de Jesucristo como si fuera ese dios "demostrable"; y cometieron ese error por puros motivos de poder –el Dios que la razón "demuestra" parece portador de una autoridad más absoluta y universal (pensemos en cómo la Iglesia insiste en el hecho de que "por naturaleza", el matrimonio "naturalmente" heterosexual es indisoluble, y así puede prohibir el divorcio también a los no creyentes. Y así sucesivamente). El dios en el cual siguen creyendo los creyentes no tiene nada que ver con el dios, inexistente, de Hitchens. Su libro puede, en cambio, ayudar a todos a liquidar la siempre resurgente tentación de identificar la palabra divina con alguna autoridad despótica, llámese la iglesia o la "ciencia".

¿Seguirán empeñados los ateos en aplicar sobre el Dios metafísico las premisas que vienen aplicando desde hace siglos sobre el dogma? Lo cierto es que, dejando a un lado el dogma, mismas pruebas hay de la existencia de Dios como de su no existencia.
Parece que los ateos sólo estuvieran capacitados para demostrar la no-existencia del Dios del dogma que es, paradójicamente, su manera de creer en Él. Sino, ¿por qué habrían de darle tanto poder, llevando el tiempo que llevan empeñados en negarle?

Feliz Cumpleaños, Fata Morgana.

3.11.09

Si conoces a Buda

Últimamente hay una gran proliferación de autores que se vuelven best-sellers, con su consiguiente derivación viral en la red. Cito ejemplos como Eckhart Tolle, Ronda Byrne (El Secreto), Gary Renard (La desaparición del Universo), David Icke, etc; todos ellos autores de origen anglosajón. No es casual que, siendo así, sus enseñanzas siempre o casi siempre estén vinculadas a un rendimiento económico. Millones de personas en todo el mundo que jamás han oído hablar de la filosofía perenne encuentran en estos autores la llave maestra para una nueva percepción.
Lo que tienen en común es que se basan, a grandes rasgos, en la premisa de que el universo conocido es ilusorio. Una construcción mental. Siendo la mente humana tan sumamente poderosa como para proyectar desde el ratón del ordenador al universo entero, ¿por qué no ha de cambiar la percepción en beneficio de si misma? Nada que no se haya experimentado, escrito o pensado desde tiempos antediluvianos.
Tanto en España como en otros continentes hay investigadores y empiristas serios, pero que ni gozan del suficiente crédito a nivel mass-media, ni se forran (tampoco creo que les importe). A mi entender, la clave del éxito anglosajón no está en las verdad de sus afirmaciones, sino en su inteligente manera de exponer el mensaje: llegan a todo tipo de público, y son muy recomendables para quienes hacen sus pinitos en el nuevo paradigma.
Comencé a leer “gente rara” hacia los diecinueve años. El primero -siempre lo recordaré- fue El tercer ojo, de Lobsang Rampa (extraño personaje). Pasó un tiempo antes de que llegara a Muchas vidas, muchos maestros, de B. Weiss, Tus zonas erróneas, de Dyer, Usted puede sanar su vida, de L.Hay, El libro de los secretos, de D.Chopra, y todos los de los ángeles; para aterrizar en Carlos Castaneda y El libro de los espíritus, de Allan Kardec. Algunos quedaron en Argentina y otros los conservo con cariño en mi biblioteca madrileña.
Luego me compré una licuadora. (Nota: en esto debería explayarme más, pero sé que el buen lector comprenderá que de haberme quedado en ese estadío seguiría creyendo más en el mensajero que en el mensaje. El mensaje es demasiado antiguo como para endilgarle nombres y apellidos, y por ser reflejo verbal de la verdad, no necesita ser explicado, y mucho menos defendido).
Esta entrada no pretende abrir una polémica sobre si ciertos autores son o no legítimos, sólo pretende mover a la reflexión.
Hace tiempo charlaba con un amigo de Barcelona sobre la propagación viral de ciertos mensajes que pululan por la red: cuántica, biofísica reduccionista, mutaciones del ADN, cambios del eje magnético terrestre, calendario maya, la energía Kryon, y ese largo etcétera que incluye la acupuntura, la sanación con cristales, los chitauris de Credo Mutwa, las regresiones, las 14 dimensiones de Sixto Paz, los archivos akáshicos, la ley del karma, los power points reenviables con fondo musical de Kítaro, los mensajes marianos de Iker Jiménez, y California como meca espiritual de Occidente.
Al final de la charla cada cual llegó a sus propias conclusiones. No diré la suya, no me corresponde; pero la mía sí que la puedo decir, y es que: no importa el mensajero, sino el mensaje. Parece de perogrullo, pero no lo es tanto si se piensa en que, conociendo el mensaje, sabremos separar el grano de la paja.
El problema de la sobreinformación es que la gente se guía más por el mensajero que por el mensaje. En el fondo, y por mucho trabajo de “desarrollo personal” que se pretenda, parece ser que el humano posmoderno sigue apostando más al maestro fuera de si mismo, que al si-mismo. De ahí que unos defiendan a capa y espada (no puede haber nada más paradójico que defender a capa y espada una verdad sustentada en la experiencia, y no en una creencia) al maestro Chiripa, porque como él no ha habido nadie después del Buda; y otros miren con desprecio al devoto de Chiripa argumentando que sí hubo alguien: Filomeno. Hasta es posible que, en esencia, los dos lleven razón, sin embargo nunca conseguirán ponerse de acuerdo, porque ignoran las fuentes. Y ahí reside el quid de la cuestión: en la fuente.
Poca gente se pregunta de dónde provendrán las verdades afirmadas por gente como Ronda Byrne. Pero el conocimiento no es una moda pasajera, nisiquiera una aventura psiconáutica de temporada, sino un viaje fascinante, por momentos inefable, del que no suele haber retorno. Esto ya lo sabían los grandes buscadores desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, para muchos, esos libros siguen sin abrirse.

3.8.09

El secreto

Encuentra un espíritu que aúne la lucidez y la ternura, y camina junto a él.
-Platón.

Photo/post: Gregory Colbert.

2.8.09

Aún no somos humanos

Entrevista con Eudald Carbonell, aquí. Sus opiniones mueven a debate.

30.7.09

Baba Om


No escojas la importancia personal. Has aprendido la eficacia de la disciplina y del servicio como herramienta de un mayor aprendizaje. Ahora debes utilizarlos para que te guíen en tu próximo despertar, sin hacerte dependiente de tus Maestros o tus creencias. Estás preparándote para lecciones mayores. No te apegues a tu aprendizaje. En general, se trata simplemente de otra forma de gratificación personal. Tu próxima lección es sentirte parte de un plan divino y desempeñar tu parte en él con alegría y confianza. No tomes la vida demasiado en serio. Has estado en el camino durante miles de años. ¿Para qué tanta prisa? Intenta disfrutarlo más. No hay nada que lograr, sólo algo de lo que percatarse.

Baba Om, Tom Heckel.
Ediciones La Llave, 2004

Gracias Inma, infinitamente.

8.6.09

La nada

Aquel que vea la vida bajo los ojos de la naturaleza misma, sólo le queda aceptar que todos sus preceptos son equivocados, que ya no tiene nada; en ese momento tendrá la verdad de la existencia ante sí: es un sentimiento de emociones infinitas.
-Daniel Ciro Ríos Sánchez