12.11.09

El Otro

Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo conciente la oscuridad, un procedimiento, no obstante, trabajoso, y por tanto, impopular.
-Carl Jung

Sobre las tres de la tarde me entró un cansancio como no recuerdo haber experimentado en años, como si hubiera andado leguas por el desierto y necesitara descansar durante días y días. Me tumbé a dormir en el sofá -cosa rara- con la caja boba prendida en un canal de esos donde te venden milagros montados a una máquina de adelgazar. Una siesta breve aunque relajante, de no más de 45 minutos, en los cuales literalmente desaparecí. Luego, a lo largo del día, he visto que se trataba de un cansancio largamente amortizado en la parte de mí que se agazapa bajo la corriente del tiempo, donde el mundo físico transcurre con la aparente certeza de una cinta mecánica. Y donde nos convertimos en indivíduos mecánicos actuando mecánicamente por efecto del afuera, que aprieta las tuercas para que el sueño parezca real.
Así durante años. Con las tuercas bien ajustadas, hasta que empiezan a aflojar.
Hemos de creer que unas semanas de vacaciones en la playa, o una temporada de sueño reparador podrán reponer las energías perdidas en el tiempo invertido en la máquina. Sin embargo, no. Descansará el cuerpo, pero la mente continúa en pie. La mente, ese poliedro que creemos conocer hasta donde llegan las últimas investigaciones de lo neuro y lo cerebro, esa punta de iceberg consituida por terminales nerviosas y conecciones cableicas de alto y bajo voltaje que nos diferencia, supuestamente, de los animales, y nos hace ser y construir. Nadie sabe lo que hay debajo de la mente, en el territorio de lo innombrable -y no por sagrado, sino por desconocido-: todo lo incognocible no merece ser definido (por la mente, ahí está el chiste).
Pero existe. Se presenta una tarde cualquiera en forma de cansancio con su posterior sueño reparador -sueño sin soñar, y un puro descanso sin ensueño-, y despiertas fresco como una lechuga, como si no hubieran sido 45 minutos sino 4 semanas las dormidas. Cura de sueño, nunca mejor dicho. Con re-conocimiento de un cansancio oculto bajo el grueso y a menudo demasiado ingenuo pelaje del ser biomecánico, que se desconoce a si mismo cuanto más pretende conocerse. Entonces surjen las certezas, que habrá quienes llamen mitos, o arquetipos. Partes de la mente que, como es lógico, podrán leerse diacrónicamente y tienen, como es lógico también, su explicación ajustable con tuercas. Reparación del cansancio, pero con tristeza posterior. Una tristeza en estado puro, nada de estados depresivos ni mala leche post-hipnos. Sólo tristeza. Algo oscuro, y no obstante limpio. Más bien un claroscuro con más de luz que de sombra, y una penumbra nunca mejor iluminada que hasta hoy. Entonces dejas que se manifieste, mientras pasa. Localizas tu dolor a la altura del cuarto chakra, lo vives, te vas al estudio, dibujas -es mi caso-, lo incorporas a tu rutina diaria, intentas ponerlo fuera de ti, lo observas, le das vueltas entre los cinco dedos de la mente como si fuera un pincho -algo pequeño, pero molesto, una piedra en el zapato- y te cuentas que, habiéndolo visto, ya no puedes más con él. Mejor dicho: no lo quieres. Y lo tiras.
Hora de empezar con las elucubraciones de lo que, desde mi más profunda y bendecida ignorancia harta ya de la dialéctica justificatoria del ego, llamo con una sonrisa el no sé qué. Celebro el no sé qué de mi a medias madurez, ésa que da órdenes a mis glándulas lagrimales para quedarme en babia delante de una Luna llena que sube, y sube y sube sobre el horizonte, por encima de un tejado. Me como mis lágrimas, riendo además, del gran fraude que me creo cada vez que pretendo justificar mi propia creación. Y todo a base de palos recibidos y devueltos, de acuerdos y desacuerdos montados deliberadamente, de amores y resentimientos justificatorios, de nihilismos concluyentes, de víctimas culpógenas y victimarios a los que habría que matar para que el mundo fuera más justo, de venganzas vox populi sin pena de muerte física, de perdones injustificados, de enanos y grandotes que pasados los años y las generaciones, y por ley, invierten sus roles, y el enano se hace grandote y el grandote envejece, se marchita y muere en soledad.
Todo parece absolutamente justificado desde la instancia del Ego-saurio, constructor de infiernos y paraísos. Paraísos, mejor. Y los infiernos siempre se agradecen, todo más cuando sean de otro. Dan letra a la poesía y a los guardias carcelarios. De ahí esa vieja afición al Diablo, que crea y que mata, una versión de Dios pero al revés. Dios es aburrido: el Diablo divierte. El Diablo es un clínico de la duda, un confidente incondicional, y siempre que le dejes entrar en casa, fijo que estará, inclinado en irónica reverencia, ambicioso y manso como un niño a la hora de los cuentos. El Diablo inspira, nos hace humanos, literaliza la acción que congela el paraíso, la convierte en verbo, volatiliza todo lo que es posible y hace posible todo lo que bulle en el reino de la imaginación. Nos mata, y nos vuelve a hacer. Renace de sus propias cenizas en forma de creación, de droga, de fluído, de fruta, de sombra, de asesinato, de parto, de reto, de aleph. De universo. El Diablo es celebrado con ovaciones cuando llega, sobre todo en los tribunales. Conocerle puede ser el viaje más extraordinario; trascenderle ya es otro cantar. Mejor dicho: creer que le conoces (y que le trasciendes). Porque el Diablo reside en la casa del no sé qué y es el más grande de todos los maestros. Maestro de maestros.
Tarde de siesta sin ensueño, con dibujo, con dolor-ya-fuera-de-mí y diablo cavilante sobre una hoja de papel. En el reino de la mente todo es posible gracias al Diablo, el Otro. Ése a quien debemos la alquimia celeste de Shiva, y cuya naturaleza servil hemos decidido olvidar en beneficio de nuestra propia creación. Ése al que hemos resuelto oponer a Dios, y que en su rango ilusorio de príncipe de la Oscuridad ya no es un siervo, sino El Opositor. Muy lejos del tiempo, en el no sé qué, y donde nada transcurre con la aparente tranquilidad de una cinta mecánica, Dios se harta de reir.

Photo/post: Una vista desde la cima del monte Arunachala, residencia de Shiva según los hindúes.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Arriesgado post, me gusta.
M.

Un paseante dijo...

Muy buena la frase de Jung: partir desde la oscuridad es reconocer que no se sabe. Es la versión actualizada del "solo sé que no sá nada". Sólo desde la humildad se puede aprender.
En cuanto al Diablo, con todos los respetos a ese señor, tiene para mí tanta importancia como Dios: si no creo en uno mal puedo creer en el otro.

R.A.B dijo...

Pues pensé que no era necesario aclarar que es nuestro lado oscuro vuelto metáfora...
M: me alegro que te guste, seguro que tú sí crees en la mtf. ;)
:+ :+

Anónimo dijo...

Por supuesto.Y Paseante, siento discrepar contigo pero la oscuridad te puede catapultar al conocimiento.Por otra parte, la frase socrática ha servido para justificar la pereza de unos cuantos.
Saludos.
M.

jcaguirre dijo...

Je, je... en esta entrada nadie se decide/atreve a opinar. Con el gran tumulto de las entradas anteriores, je, je. Se acabo el buen rollito "espiritual"...

Parece que eso de la atención pura y la conciencia exigen de ciertos preliminares que no se quieren ver. Desde luego no basta con leer a Tolle y degradar la sophia perennis en recetas de autoayuda... Y es que Tolle nada dice de cómo acercarse a eso de lo que habla...

Te felicito Morgana por el tono audaz y provocativo de la entrada y por cómo contrapesa la otra previa. Muy pocos aceptan que adentrarse en el sendero espiritual supone adentrarse en las "oscuras cavernas del sentido" en palabras de Juan de la Cruz o en esa "noche oscura del alma"...

El sentido de la sombra, el sentido de eso que se nos confronta, que nos debilita y desborda, su pertenencia al plano de la vida al mismo nivel que eso que llamamos bien, nuestra sombra como ámbito de atención y cariño...

Para los sufíes el diablo es sencillamente aquel que nos quiere sustraer a nuestra capacidad de visión unitiva... Su tarea es un mandato divino que acoge el llegar a ser pleno del hombre... Es una pena que en Occidente lo diabólico se haya usado tanto para aterrorizar al personal... Lejos de ser un anti-dios es uno más del escenario...

Fata Morgana dijo...

A lo hecho, pecho. Has pillado todas mis intenciones como el buen lector -e investigador- que eres. ¿Es el investigador también un experimentador? A veces sí, pero se requiere valor y una capacidad de duda acompañada de una voluntad de creer.

Un paseante dijo...

Pues claro, señor Anónimo: es desde la oscuridad desde donde suelen surgir las preguntas; quien está cómodamente instalado en la luminosidad de sus sapiencias no duda, no se pregunta cosas. Y esa frase es la expresión certera de la humildad ante la extensión de lo desconocido. Quien pronuncie esa frase y a continuación no se haga preguntas es que no ha entendido nada.

Anónimo dijo...

Desde luego, pero tal como usted se expone pareciera muy tajante en su no creer. Siendo que habla de "dudar", yo no veo que usted dude mucho. Así que póngase de acuerdo con usted mismo: o cree, o no cree. Sea coherente, hombre.
Mariano
Saludos

Un paseante dijo...

Estimado don Mariano: como ya dije en el post anterior, yo dudo. No creo. Hay cosas que sé y cosas que no: sobre lo trascendente no sé nada. Y yo solo creo en lo que veo.

tula dijo...

...si el que investiga no experimenta...¿que hace pues....no es la misma investigación un experimento con uno mismo?..o.. cuando uno experimenta está investigando en uno mismo...!claro!.

Fata Morgana dijo...

Perdón, pero... ¿por qué no hablamos mejor del Diablo? En defnitiva, hay que reconocer que el tío tiene su puntillo... jeje, y además, si vamos al caso, a él sí que le puedes tocar.
Mariano: sabía que eras tú :)
¿No os resulta un tanto agobiante la pulseada?

Fata Morgana dijo...

Es que... Tula, si investigar y exprimentar coincidieran siempre, no se usarían ratoncillos de laboratorio. Piensa en esto y en la relación que puede haber con el post anterior, y ya me dirás.

tula dijo...

..me refería a la experimentación del ser, a la de uno mismo, no a la investigación- experimentación de otros seres humanos o no.

Fata Morgana dijo...

Ya lo sé, Tula... ya he comprendido.

Anónimo dijo...

Meister Eckhart:

Quod Deus non est bonus neque melior neque optimus; ita male dico, quandocunque voco Deum bonum, ac si ego album vocarem nigrum.

Dios no es bueno ni mejor ni óptimo; toda vez que declaro bueno a Dios, hablo tan mal como si llamara blanco a lo que es negro.


Kyboy

Fata Morgana dijo...

No me extraña que Meister Eckhart no le cayera bien al Papa...