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26.6.09

Fumetabacaera

No es que me lo haya propuesto: simplemente una mañana me levanté, vi que no tenía tabaco, y pensé que no lo necesitaba. Así de sencillo.
Entonces pensé: "Pues nada, si aguanto así el resto del día, podré decir que me he ahorrado 2.65€, que es lo que vale un paquete de Pall Mall". Que son, al mes, 79.50€, una suma como para pensárselo. Si a ello le añadimos los excedentes de fin de semana, la suma asciende a 100€ (unos 500$ argentinos, nada más que en tabaco; un sueldo mínimo del tercer mundo a expensas de la Philip Morris).
Llevo así nada más (y nada menos) que cinco días.
Los tres primeros fueron fáciles, diría que imposibles de concebir en la imaginación de una fumetabacaera como yo, de paquete y medio al día (acabo de acuñar el neologismo por efecto del síndrome de abstinencia, que según he podido observar altera las neuronas ya naturalmente alteradas por todo un inventario de aditivos admitidos por el Ministerio; esto incluiría el azúcar y la manzanilla).
Hoy me trepaba por la paredes. Llevo así unas horas, aguantando en plan om om. Si veo que sufro mucho vuelvo a cogerlo, con la certeza, eso sí, de que he podido dejarlo... el tiempo que haya podido dejarlo; y la plena certeza, de que si no lo he conseguido volveré a intentarlo hasta dejarlo definitivamente, con o sin ayuda (más bien con).
Si quereis que os sea sincera... no sé cuánto voy a durar. De momento, prefiero alegrarme por el minuto siguiente sin coger un pitillo. Prefiero, insisto, pensar en el minuto siguiente -o más bien, en el ahora inmediato- y dejar para mañana lo que podría hacer hoy. Y llegado el mañana, volver a dejarlo para pasado mañana. No sé si me explico.
Deseadme suerte.

24.10.08

Querida amiga

Para Sandra

Me decías esta tarde con todo el cariño que debería buscarme nuevos amigos, y yo te dije que no, que sólo busco gente con alma.
Me dijiste, también, que tus amigos son mis amigos; y yo te dije que no: que tus amigos son tus amigos, y no míos, ya que llegado el momento ellos no se mojarían por mí. Lo cual es comprensible porque yo nunca me mojaría por los amigos de mis amigos, sino sólo por mis amigos. Es decir por vos.
En tiempos de mi padre se decía que tener un amigo era como tener un tesoro. Hoy día debería decirse, más bien, que tener un amigo es como tener un trofeo. La amistad ya no pertenece a la esfera de lo privado sino que se ha vuelto un acto público a lucir. La amistad ya no es contertulio y confidencia, sino estar vinculado. Y yo, para estar vinculada de esa manera, la verdad es que prefiero la compañía de un buen libro, un árbol o una mascota.
Pero qué te voy a decir yo a vos que ya no sepas, amiga mía. Qué te voy a decir a vos, que sabés muy bien que el mundo está lleno de anacondas haciendo favores para salir en portada. Apadrinando, para que le dén la especial. O hundiendo al solitario, que cuando no hay testigos es fácil ejercer la cobardía con impunidad.
Qué te voy a decir yo a vos que ya no hayas visto en mí, y que sabés bien las veces que me he tenido que subir al tres de espadas para que no me dieran por detrás...
Porque cuando se ha perdido el alma y todo lo que queda es el trofeo, es de esperar que se haga el yo quiero porque puedo, aunque en el acto de hacerlo no muera tanto la víctima como el verdugo.
Así que… querida amiga mía, no me vuelvas a pedir que me busque nuevos amigos. Porque con vos me alcanza, y me honra ese tesoro que me dás. Yo no necesito lucirte como un trofeo, que para eso están los bares, las galerías de arte y las presentaciones. Y entre todas las cosas que te nombro, me basta con decirte que vos sabés muy bien que a mí todas esas pelotudeces me importan un carajo...
Porque amigo se dice muy fácil, sobre todo cuando se puede lucir. Decir persona, en cambio, son palabras mayores.

Gracias.

19.10.08

Pequeña negligencia médica

Hace dos días amanecí con la cara hecha un pan de pueblo. Ya al despertar y sin haberme visto aún en el espejo, noté que tenía el maxilar derecho muy inflamado, y que la inflamación me llegaba casi hasta el ojo. Al mirarme en el espejo deduje que se trataría de la muela que perdió el empaste la semana pasada. El típico flemón de toda la vida. De esos que te hacen recordar a la más odiada de tus tías, la que tenía unos mofletes a lo Mr. Magoo. Ideal para lucir un sábado por la noche.
Cualquier persona en su sano juicio lo que haría es ir al médico a que le ponga un antibiótico y un antiinflamatorio para que baje la infección. Que es lo que yo hice. Y es aquí cuando comienza una odisea que trataré de narrar a grandes rasgos, porque no quiero desperdiciar mi tiempo y mi energía en ciertos profesionales a quienes tanta gente defiende como si se tratara de una cofradía de seres iluminados: los médicos.
El indivíduo de mi ambulatorio -un chaval muy joven sin ganas siquiera de coger el boli, recuérdese que estamos hablando del sábado por la tarde- le echó un vistazo a mi boca y me dijo que no se veía flemón, que lo único que podía ponerme era un Ibuprofeno de 600 con dieta blanda. Mucho más tranquila -el médico sabe- regresé a mi casa y me tomé el intiinflamatorio. Por la noche me fui a un concierto de tango, donde la criatura que tenía debajo de la mejilla derecha recrudeció. Poco pude disfrutar del concierto, y mucho menos de los vinos argentinos que ofrecían a la postre.
Hoy por la mañana desperté con la cara de pan de pueblo y una inflamación que me impedía una visión completa. Vuelta al ambulatorio, donde me atendió el mismo muchacho del día anterior, que sin mover ni una pestaña y sin mostrar la más mínima empatía por mi dolor o mi fiebre, empezó a apuntar algo en una planilla y me recomendó acudir al Hospital La Paz para que me hicieran una placa. En mi ambulatorio no tienen aparato de radiología, y según pude comprobar hace unos días mientras acompañaba a mi madre en una visita de rutina al médico, cuando una mujer mayor se desplomó con un síncope ante nuestras narices, tampoco disponen de desfibrilador.
Como no tengo coche, cogí el autobus y me comí los 45 minutos de viaje hasta el La Paz. En recepción me tomaron los datos y me derivaron a la sala 2; pero al llegar a la sala 2 me dijeron que no era allí, sino en otra parte de Urgencias. Es decir que la tía de administración que me tomó los datos no sólo no tenía ni idea de qué me pasaba -y esto a pesar de haber visto la orden del médico del ambulatorio-, sino que me derivó al sitio equivocado. Media hora perdida.
Llego al pabellón donde supuestamente me verá el médico especialista y me apunto nuevamente en recepción. Un mundo de gente y una energía de la hostia, seres humanos enfermos y de mala leche, un calor insoportable y las típicas paredes de hospital color pis. Pero no me atiende un especialista, sino uno que se hace llamar filtro. El tío apunta mis datos en plan funcionario, le echa un vistazo a mi boca y me dice que no vé necesario tomar una placa, que no cree que haya infección y que va a ponerme un ibuprofeno.
Yo me quedo de piedra. ¿Cómo que no me va a tomar una placa?
Es que en el Hospital no se ocupan de casos de odontología y además a él no le parece que yo necesite nada más que ibuprofeno. Le pregunto si es una broma, porque llevo 24 horas tomando ibuprofeno y la inflamación, en vez de ceder, crece. Él me responde que me quede tranquila, ya que el que sabe es él, porque él es el médico, y que por favor comprenda, no discuta, y deje pasar al que sigue porque detrás de mí hay otros 234 pacientes en espera. Eso sí, aconseja, que como él es el filtro, va a derivarme a otro colega que me verá y hará una valoración seguramente similar a la suya, donde por supuesto no me harán una placa. El tiempo de espera para ver a su colega es de cuatro horas.
Me voy del Hospital echando leches. La fiebre crece, el autobus que no llega. Otros 45 minutos de vuelta a casa pensando en las hierbas apropiadas para bajar la infección: ¿aceite de ruda, quizá? Mi abuela decía que eso iba bien. O no, mejor un enjuague de agua con sal cada dos horitas, y por supuesto leche, mucha leche, que eso es lo que me sobra ahora mismo. ¿Alguien conocerá una curandera?
Al llegar al pueblo me encuentro con dos amigas que merecen el capítulo del sainete. Carmen, Nieves… saludos. Las dos horrorizadas, que qué te ha pasado en la cara. Ya casi llorosa, les cuento mis desventuras entre algodones, médicos que parecen funcionarios y placas que se niegan, y ellas, muy majas las dos, se ofrecen acompañarme al ambulatorio porque aquí sola ni caso que te hacen, hija. Después pude comprobar que tienen toda la razón.
Vuelta al ambulatorio y vuelta a tocar el timbre en urgencias. Esta vez tardan en salir. Al tercer timbrazo sale una muchachita joven a la que le comento, casi bisbeando, que vengo a echar cuenta de lo que me sucedió en La Paz, y que preciso, urgentemente y sea como sea, que me pongan un antibiótico. Curiosamente, llevaba en la mano un libro titulado Al trasluz de la ayahuasca, una investigación realizada por cierto reputado antropólogo, que por esas cosas de mi tremenda informalidad e ingenuidad a flor de piel no me dio por meterlo en el bolso porque llevaba uno pequeño, y además nunca creí que a esta señorita le diera por echarle un vistazo enojoso y por demás desconfiado. Lo llevaba encima para leerlo mientras viajaba en el autobus.
Pasando del libro, de su actitud defensiva y del calor asfixiante que hacía en el consultorio, le dí detalles de mi peripecia con su colega del hospital. Y no tuve la mejor idea que soltarle la siguiente frase:
- Me pasé por allí pero el tío se negó a hacerme una placa.
Entre ceremoniosa y ofendida, ella va y me suelta:
- El médico.
Me pidió el informe y se lo dí. Cuando supieron que me había largado antes de ver al especialista, tanto ella como el auxiliar me riñeron. Entonces empecé a narrarles la forma en que me había tratado el esperpento que se hacía llamar a si mismo filtro, y la manera en que minimizó mi caso, asegurando que su colega -en ningún momento se me dijo que se tratara de un especialista, ya que los especialistas no pasan consulta los fines de semana- no iba a añadir nada más a su ya rimbombante diagnóstico.
Intuyo que no me creyó, y además volvió a reñirme, insistiendo en aquello de por qué me había marchado. Que en ese informe había una orden de ver a un ¿otorrino? Que obviamente me tenía que ver el especialista en máxilofacial (por cierto: ¿vosotros sabeis si un otorrino y un maxilofacial son la misma cosa?). Que la culpa era mía por haberme marchado antes. Que lo más probable era que tuviera una infección machaza. Que un antibiótico no hace magia, y que seguramente tendrían que drenar mediante cirujía. Como broche de oro donde demostró claramente que en la escuela de medicina debió suspender una media docena de veces la asignatura de psicología, añadió que además podía darme una trombosis.
En cuanto al médico del La Paz, se mostró sumamente empática, y mientras muy a regañadientes y presionada tanto por mí como por mis dos saineteras amigas me extendía la receta de una antibiótico, le dio por decir que por ser domingo es probable que hubiera dado con un colega estresado.
- Está claro que un colega estresado - le dijo Nieves con su mejor cara de no haber roto un plato-, debería pedirse una baja.
Vamos, que lo que había empezado siendo una aparente inflamación sin importancia en un diente infectado se deslizaba ostensiblemente hacia una trombosis. Todo vale para ellos cuando se trata de guardarse las espaldas entre sí.
Pero la culpa seguía siendo mía. Mía, por haber exigido que me pusieran un antibiótico y me sacaran una placa, que es lo que haría cualquier facultativo responsable. Mía, por haberme marchado indignada de uno de los hospitales más grandes de Madrid, con las manos vacías, dolorida, maltratada, subestimada como paciente por un matasanos que mejor debería irse al Congo y reaprender la ciencia médica sin insumos, valiéndose nada más que de un estetoscopio y unas cuantas hierbas.
Porque al fin y al cabo de qué sirven los insumos y tanta inauguración con cintitas de colores del último gran hospital de alta tecnología si quienes lo gestionan son unos negligentes. De qué sirven las máquinas si los humanos se comportan como robots y convergen todos en una ética de autodefensa que convierte la medicina es una mafia alienante donde el paciente, si se queja, es un caso psiquiátrico al se le dá lexatín porque seguramente se tratará de un ataque de ansiedad (no digo que todos, pero si hay médicos incapaces de tratar a un ser humano como tal, no me extraña que confundan una infección en la mandíbula con un ataque de ansiedad).
Me pasó a mí, y más de una vez. Me viene pasando desde hace años, y todo lo que pueda poner aquí, es poco. Esto es lo que tenemos. Y yo sigo con mi infección.

17.8.08

A propósito de un e-mail

Esta mañana recibí un e-mail muy curioso de una amiga preocupada por, según sus propias palabras, “mi bienestar actual”. Al parecer ha estado leyendo Fata Morgana y ha llegado a la conclusión de que mi estado mental está en peligro (y eso que todavía no leyó mi viaje con Jurema, que está ya en desarrollo y será publicado más adelante). Me ha reprochado, inclusive, haber dejado El kosmonauta del azulejo para mudarme aquí. No entiende que hay etapas que se queman y terminan. “Tén cuidado con las sectas”, me dice; “mira que esta gente se aprovecha de la gente vulnerable como tú; hoy día hay mucho timador, ya me entiendes”.
Cómo si yo no lo supiera…
Conozco a esta persona y sé que es buena mujer. Inclusive le agradezco que se preocupe, ya que en las mismas circunstancias habrá quien lo piense y no lo exprese -sea por escepticismo, sea por desidia, sea por lo que sea- pero ella se ha atrevido, lo cual me mueve a reflexión. Y no sé qué pensareis vosotros, pero que alguien mueva a reflexión en estos tiempos ya es cosa a tomar en cuenta.
Sólo decirte, amiga mía, que mi intención no es entrar en polémica contigo sino contar mis experiencias, en un intento de hacer un ejercicio de sinceridad que me ponga en contacto primero conmigo misma, y luego con vosotros. Sé que eras sincera en tu e-mail, y lo valoro, pero también debo decirte que te equivocas. Ni estoy en una secta ni mi estado mental está en peligro. Si he de decirte la verdad, nunca estuve más cerca de la cordura que ahora; y lo único que espero es que me dure.
Antes, cuando estaba loca, yo no vivía en la Tierra sino en otro lugar. Estaba desconectada de mí. Quizá lo que vaya a decirte te parezca tonto, pero ahora, cuando voy por la calle, miro el cielo y me siento. No tengo ninguna prisa, pase lo que pase, ya que lo que tenga que pasar, pasará. Y si no, también. No hay ningún romanticismo en ello, sino puro pragmatismo.
Nos empeñamos en retorcer la naturaleza a nuestro antojo, como si nos perteneciera, como si no tuviera voluntad y conciencia propias. La tratamos como tratamos al poliestireno expandido y a los circuitos integrados, y lo que es peor, proyectamos esa dinámica a todos los seres de la naturaleza, empezando por nosotros mismos. Hacemos usufructo de la naturaleza de la misma manera en que hacemos usufructo del ser humano. Esto es algo que tú sabes tan bien como yo. Te digo más: es algo que sabemos todos, y sabemos que no está bien. ¿Por qué, pues, seguimos haciéndolo?¿No será que lo sabemos pero no lo sentimos, y aún así nos encanta hablar sobre ello, aunque después las cosas sigan tal cual?
Saber y sentir deberían ser la misma cosa. Esto es lo que hemos olvidado.
Entonces, cuando alguien decide inventigar-se, surjen las suspicacias. Y la suspicacia tiene su residencia fija en la razón. Por eso El kosmonauta del azulejo te gustaba más (que lo aprecio, créeme, porque a mí también me gusta), y por eso piensas que he perdido la razón. Quizá no te equivoques: un loco es alguien que está más cerca de la razón de lo que creemos. De hecho, la razón nos desconecta de la naturaleza. La razón interpreta la naturaleza, impidiendo que ésta nos llegue tal cual es, e impidiendo que tú te veas tal cuál eres. Sin tu decodificador mental. Es decir, sin tu software, el mismo que piensa que por tomar ayahuasca o jurema o decir "¡ahó!" en lugar de "amén" puedo estar metida, por ejemplo, en una secta.
Te equivocas. Veo que confundes medios con fines, y que quizá necesites formatear tu software. Piénsatelo.
Un beso.