martes 8 de diciembre de 2009

El cónclave de Copenhague

El cónclave de Copenhague, que reúne a 100 presidentes y jefes de Estado y a 20.000 delegados de 192 países hasta el 18 de diciembre, era la última oportunidad para conseguir un nuevo tratado de reducción de emisiones, más ambicioso que el actual protocolo de Kioto, que fuera capaz de impedir los efectos más perniciosos del calentamiento. En el peor de los escenarios dibujados por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU, formado por 2.000 científicos, la temperatura podría aumentar unos 6 grados y el nivel del mar ascendería 3,7 metros.
Hace justo 50 días, el primer ministro británico, Gordon Brown, resumió la situación: si no se consigue un acuerdo en Copenhague, el planeta se enfrentará a una "catástrofe". "No tenemos un plan B", dijo.Pero, a menos que haya un giro inesperado, habrá que inventar una alternativa a la cumbre danesa. "No habrá un acuerdo global y vinculante en Copenhague", zanja el economista maltés Michael Zammit Cutajar, presidente de uno de los dos grupos de negociación del cónclave. La verdadera negociaciónLa situación actual es crítica. Algunos de los países más contaminantes, como China, India y EE.UU., han reventado la cumbre al negarse a firmar un compromiso internacional de reducción de emisiones.
Sus anunciados recortes sólo se plasmarán en leyes nacionales. Además, aunque se lograra un acuerdo político no vinculante, las propuestas que hay encima de la mesa son insuficientes.El presidente del IPCC, Rajendra Pachauri, recordó hace una semana en Madrid que los países industrializados deben reducir sus emisiones entre un 25% y un 40% en 2020 respecto a los niveles de 1990 para evitar una subida de la temperatura de dos grados, que tendría consecuencias desastrosas para el planeta.Pero, después de 15 años de negociaciones la primera cumbre del clima tuvo lugar en Berlín en 1995, los miles de negociadores climáticos sólo han sido capaces de proponer un recorte global de entre el 8% y el 14% respecto a 1990, según un estudio dirigido por Niklas Höhne, uno de los coordinadores de los informes del IPCC.Si no se desbloquea la negociación en Copenhague, la temperatura subirá 3,5 grados, muy por encima del listón de dos grados exigido por la UE y absolutamente alejado de los 1,5 grados considerados admisibles por los países menos desarrollados.
Copenhague puede avanzar en otros frentes. Actualmente, nadie sabe cuánto emiten en realidad China o India. Los delegados reunidos en la capital danesa tendrán que crear un mecanismo internacional de vigilancia, una especie de Gran Hermano del CO2, para comprobar que las reducciones propuestas se llevan a cabo.
Pero el presidente chino, Hu Jintao, no acepta que ninguna potencia extranjera husmee en el desarrollo económico de su país. "Ésta es la verdadera negociación de Copenhague", opina Zammit Cutajar.
ExpectativasOtra de las batallas "fundamentales" de la cumbre, según la secretaria de Estado de Cambio Climático, Teresa Ribera, será dilucidar quién paga los platos rotos por el calentamiento global.
La Comisión Europea propone que los países ricos extiendan un cheque anual de 100.000 millones de euros, el 0,25% del PIB mundial, a los países pobres, los más afectados por el cambio climático, a partir de 2020. Pero no se sabe quién se hará cargo de la factura ni cómo. el reconocimiento del valor de la deforestación evitada, la compra de toneladas de CO2 que dejan de emitirse en las naciones en desarrollo y las partidas presupuestarias directas para adaptación son algunas de las formas de pago previstas, según Ribera.A juicio de la jefa de la delegación española en Copenhague, hay "expectativas de éxito" en acuerdos para frenar la deforestación, incrementar los recursos financieros, potenciar la transferencia tecnológica y obtener compromisos de los sectores de la aviación y el transporte marítimo. Pero lograr una reducción suficiente de las emisiones parece inalcanzable.
"Los países en desarrollo insisten en mantener el protocolo de Kyoto, que vincula sólo a los industrializados. Esto puede romper la cumbre", advierte Zammit Cutajar.El responsable de cambio climático de la ONU, Yvo de Boer, cree que el acuerdo vinculante llegará en junio de 2010, auguró la semana pasada. El tratado se firmaría en una conferencia improvisada en México, coincidiendo con el mundial de fútbol.
FUENTE: Kristen Neiling. Dirección y Producción
Agencia CPl.News ®


UN DATO
Tabatinga es una pequeña localidad situada en el corazón del denominado trapecio amazónico, en la frontera entre Brasil, Perú y Colombia. Es una de las áreas más estratégicas del Amazonas, apostadero de contrabandistas y narcotraficantes, donde el ejército brasileño mantiene acuartelado al Octavo Batallón de Infantería de la Selva y un Comando de Control Fronterizo. Al caer la tarde, el pequeño puerto de Tabatinga, bañado por las oscuras aguas del río Amazonas, se convierte en un bullicioso mercado al que arriban los indígenas en sus canoas cargadas con frutas, verduras y pescado. La economía de muchas comunidades indias depende en gran medida de la venta de estos productos y del trueque.
Este año la época de lluvias parece que está llegando con retraso. Una gran sequía azota la cuenca amazónica, y el efecto inmediato es un descenso alarmante de las aguas que recorren en río más largo y caudaloso del planeta. Según los expertos consultados por Greenpeace Brasil, desde julio el río Negro ha experimentado una decrecida de más de trece metros. Técnicamente, la situación se puede denominar de sequía extrema. Así que si las aguas bajan, la navegación puede ser inviable en determinados tramos del río, dejando aisladas algunas comunidades indígenas. Los indios Ticuna que llegan a Tabatinga para comerciar temen que la situación empeore.
Cerca de Manaos, el río Manaquiri presenta un aspecto desolador. El diagnóstico de Greenpeace es nefasto: “La sequía ha dejado el río seco y ha matado miles de peces. Las canoas y los barcos han quedado encallados en la arena. Los peces muertos generan mal olor y el bonito Amazonas parece un basurero. La población que vive en la región, totalmente dependiente de los ríos, sufre para desplazarse, y el acceso al combustible, la comida y el agua potable queda restringido”.
“La sequía de este año, hasta ahora, está asociada con una variabilidad natural. Pero con el cambio climático estos fenómenos pueden intensificarse. Los datos de esta década muestran un aumento de estos fenómenos extremos”, señala Antônio Manzi, experto en biosfera y atmósfera amazónica. Según algunas proyecciones de Greenpeace, la selva amazónica corre el peligro de desaparecer completamente. Otros informes menos apocalípticos señalan una destrucción del 83% del Amazonas en 2100.
Brasil llega a Copenhague con la responsabilidad de quien atesora el mayor pulmón de planeta: aproximadamente el 60% de los 6,9 millones de kilómetros cuadrados de ríos y afluentes que conforman la cuenca amazónica.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva pondrá sobre la mesa de negociaciones una oferta que gira en torno a dos compromisos: una reducción de entre un 36% y un 39% de las emisiones en 2020, y una caída del 80% de la deforestación del Amazonas en la misma fecha. Lula resumía recientemente la propuesta con una de sus provocadoras frases: “Nosotros hablamos menos y hacemos más”. La declaración iba dirigida a EE UU y la UE, que el presidente brasileño señala como principales responsables del calentamiento global.


Según el director de Combate a la Deforestación del Ministerio de Medio Ambiente, Mauro Pires, “el 24 % del total de la reducción de emisiones anunciada por Brasil proviene de la reducción de la deforestación del Amazonas”. Pires habla avalado por unos excelentes datos registrados en las últimas mediciones del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, que apuntan a una caída del 45% de la deforestación entre agosto de 2008 y julio de este año. Es un récord histórico, aunque los más de 7.000 kilómetros cuadrados que se perdieron en el último año equivalgan a un área superior a la capital brasileña.
Brasil insiste en que la preservación del Amazonas tiene efectos globales, así que es responsabilidad de todos los países del mundo. El Gobierno de Lula creó hace menos de un año el Fondo Amazonas, de carácter privado y administrado por el Banco de Fomento. El objetivo es reunir donaciones de personas, instituciones y gobiernos que quieran colaborar con la causa. “Ya recibimos una donación de 140 millones de dólares (92 millones de euros) del Gobierno de Noruega, que se ha comprometido a desembolsar hasta mil millones de dólares (660 millones de euros) en 2015. Alemania también ha donado 22 millones de euros. Ahora en Copenhague esperamos nuevos anuncios”, declara Pires.
Pero, ¿cuánto cuesta frenar el deterioro del Amazonas? “Centenas de miles de millones sólo hasta 2020 para reducir la deforestación, fortalecer la economía local, consolidar el ecoturismo, y preservar la tierra indígena. Y el problema es que los países ricos no se quieren rascar el bolsillo”, sentencia el responsable del combate contra la deforestación.
En la misma línea se pronuncia la secretaria de Estado de Cambio Climático, Suzana Kahn: “nuestra oferta de reducir en un 39% las emisiones representará una disminución de mil millones de toneladas de CO2. Para que esto suceda, es necesario un flujo de financiación por parte de los países desarrollados. Brasil apoya la creación de un fondo global para que los países industrializados destinen el 1% de su PIB a la lucha contra el cambio climático”.
Greenpeace, sin embargo, denuncia que existen trampas en los cálculos realizados por Brasil para llegar a su generosa oferta de reducción de emisiones contaminantes. “En el sector energético los números fueron inflados. El Gobierno brasileño ha proyectado unas emisiones que están muy por encima de lo calculado por el Banco Mundial o la Agencia Internacional de Energía. Si inflas intencionadamente tus previsiones de emisiones y después prometes reducirlas en hasta el 39%, el resultado es que la reducción real es mucho menor”, afirma Marcelo Furtado, director de Greenpeace Brasil.

Branco Barón

por gentileza de TrovareL'América


miércoles 18 de noviembre de 2009

El mayor reto

Abandona toda esperanza de resultados.
Y entonces no habrá necesidad de ir a ninguna parte. Exclamaré desde muy dentro: "Me rindo." Y el silencio descenderá, la bendición me rociará.
...
Sin embargo, incluso el mendigo es ambicioso.


Photo/post: Robert Mapplethorpe

jueves 12 de noviembre de 2009

El Otro

Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo conciente la oscuridad, un procedimiento, no obstante, trabajoso, y por tanto, impopular.
-Carl Jung

Sobre las tres de la tarde me entró un cansancio como no recuerdo haber experimentado en años, como si hubiera andado leguas por el desierto y necesitara descansar durante días y días. Me tumbé a dormir en el sofá -cosa rara- con la caja boba prendida en un canal de esos donde te venden milagros montados a una máquina de adelgazar. Una siesta breve aunque relajante, de no más de 45 minutos, en los cuales literalmente desaparecí. Luego, a lo largo del día, he visto que se trataba de un cansancio largamente amortizado en la parte de mí que se agazapa bajo la corriente del tiempo, donde el mundo físico transcurre con la aparente certeza de una cinta mecánica. Y donde nos convertimos en indivíduos mecánicos actuando mecánicamente por efecto del afuera, que aprieta las tuercas para que el sueño parezca real.
Así durante años. Con las tuercas bien ajustadas, hasta que empiezan a aflojar.
Hemos de creer que unas semanas de vacaciones en la playa, o una temporada de sueño reparador podrán reponer las energías perdidas en el tiempo invertido en la máquina. Sin embargo, no. Descansará el cuerpo, pero la mente continúa en pie. La mente, ese poliedro que creemos conocer hasta donde llegan las últimas investigaciones de lo neuro y lo cerebro, esa punta de iceberg consituida por terminales nerviosas y conecciones cableicas de alto y bajo voltaje que nos diferencia, supuestamente, de los animales, y nos hace ser y construir. Nadie sabe lo que hay debajo de la mente, en el territorio de lo innombrable -y no por sagrado, sino por desconocido-: todo lo incognocible no merece ser definido (por la mente, ahí está el chiste).
Pero existe. Se presenta una tarde cualquiera en forma de cansancio con su posterior sueño reparador -sueño sin soñar, y un puro descanso sin ensueño-, y despiertas fresco como una lechuga, como si no hubieran sido 45 minutos sino 4 semanas las dormidas. Cura de sueño, nunca mejor dicho. Con re-conocimiento de un cansancio oculto bajo el grueso y a menudo demasiado ingenuo pelaje del ser biomecánico, que se desconoce a si mismo cuanto más pretende conocerse. Entonces surjen las certezas, que habrá quienes llamen mitos, o arquetipos. Partes de la mente que, como es lógico, podrán leerse diacrónicamente y tienen, como es lógico también, su explicación ajustable con tuercas. Reparación del cansancio, pero con tristeza posterior. Una tristeza en estado puro, nada de estados depresivos ni mala leche post-hipnos. Sólo tristeza. Algo oscuro, y no obstante limpio. Más bien un claroscuro con más de luz que de sombra, y una penumbra nunca mejor iluminada que hasta hoy. Entonces dejas que se manifieste, mientras pasa. Localizas tu dolor a la altura del cuarto chakra, lo vives, te vas al estudio, dibujas -es mi caso-, lo incorporas a tu rutina diaria, intentas ponerlo fuera de ti, lo observas, le das vueltas entre los cinco dedos de la mente como si fuera un pincho -algo pequeño, pero molesto, una piedra en el zapato- y te cuentas que, habiéndolo visto, ya no puedes más con él. Mejor dicho: no lo quieres. Y lo tiras.
Hora de empezar con las elucubraciones de lo que, desde mi más profunda y bendecida ignorancia harta ya de la dialéctica justificatoria del ego, llamo con una sonrisa el no sé qué. Celebro el no sé qué de mi a medias madurez, ésa que da órdenes a mis glándulas lagrimales para quedarme en babia delante de una Luna llena que sube, y sube y sube sobre el horizonte, por encima de un tejado. Me como mis lágrimas, riendo además, del gran fraude que me creo cada vez que pretendo justificar mi propia creación. Y todo a base de palos recibidos y devueltos, de acuerdos y desacuerdos montados deliberadamente, de amores y resentimientos justificatorios, de nihilismos concluyentes, de víctimas culpógenas y victimarios a los que habría que matar para que el mundo fuera más justo, de venganzas vox populi sin pena de muerte física, de perdones injustificados, de enanos y grandotes que pasados los años y las generaciones, y por ley, invierten sus roles, y el enano se hace grandote y el grandote envejece, se marchita y muere en soledad.
Todo parece absolutamente justificado desde la instancia del Ego-saurio, constructor de infiernos y paraísos. Paraísos, mejor. Y los infiernos siempre se agradecen, todo más cuando sean de otro. Dan letra a la poesía y a los guardias carcelarios. De ahí esa vieja afición al Diablo, que crea y que mata, una versión de Dios pero al revés. Dios es aburrido: el Diablo divierte. El Diablo es un clínico de la duda, un confidente incondicional, y siempre que le dejes entrar en casa, fijo que estará, inclinado en irónica reverencia, ambicioso y manso como un niño a la hora de los cuentos. El Diablo inspira, nos hace humanos, literaliza la acción que congela el paraíso, la convierte en verbo, volatiliza todo lo que es posible y hace posible todo lo que bulle en el reino de la imaginación. Nos mata, y nos vuelve a hacer. Renace de sus propias cenizas en forma de creación, de droga, de fluído, de fruta, de sombra, de asesinato, de parto, de reto, de aleph. De universo. El Diablo es celebrado con ovaciones cuando llega, sobre todo en los tribunales. Conocerle puede ser el viaje más extraordinario; trascenderle ya es otro cantar. Mejor dicho: creer que le conoces (y que le trasciendes). Porque el Diablo reside en la casa del no sé qué y es el más grande de todos los maestros. Maestro de maestros.
Tarde de siesta sin ensueño, con dibujo, con dolor-ya-fuera-de-mí y diablo cavilante sobre una hoja de papel. En el reino de la mente todo es posible gracias al Diablo, el Otro. Ése a quien debemos la alquimia celeste de Shiva, y cuya naturaleza servil hemos decidido olvidar en beneficio de nuestra propia creación. Ése al que hemos resuelto oponer a Dios, y que en su rango ilusorio de príncipe de la Oscuridad ya no es un siervo, sino El Opositor. Muy lejos del tiempo, en el no sé qué, y donde nada transcurre con la aparente tranquilidad de una cinta mecánica, Dios se harta de reir.

Photo/post: Una vista desde la cima del monte Arunachala, residencia de Shiva según los hindúes.

domingo 8 de noviembre de 2009

Otra sobre Dios

Dice Gianni Vattimo (Clarín):
¿Por qué tanto interés en demostrar que Dios no existe? Es una pregunta que, ciertamente, gente como Hitchens refutaría, o al menos zanjaría de inmediato, diciendo que la verdad merece ser conocida más allá o más acá de cualquier interés. Sin embargo, eso de por sí torna sospechoso su enfoque. Como enseñó Nietzsche, quien habla de la verdad como un valor supremo muestra que todavía cree en un dios último. Pero entonces, si no puede, y no debería, invocar el amor por la verdad, ¿por qué a Hitchens le preocupa tanto la demostración de la no existencia de Dios? Sobre todo, teniendo en cuenta que, como observan muchos semi-creyentes, si Dios existe, la verdad es que hace sentir muy discretamente su presencia.
Podemos aventurar una hipótesis, que vale no sólo para Hitchens sino para todos los numerosos ateos militantes que comparten su mismo programa. Quieren demostrar que Dios no existe porque "perturba", o mejor: porque constituye un límite para nuestra libertad. De ahí que tenga sentido oponer a Nietzsche al ateísmo racionalista de Hitchens y otros semejantes. ¿Someterse a la verdad es realmente mejor, para nuestra libertad, que someterse a Dios? Si tomamos, por ejemplo, el iusnaturalismo en la ética y la filosofía del derecho, someterse a la ley (derechos y deberes) "natural" ¿es realmente mejor que someterse a Dios?
Los ateos racionalistas deberían ser más coherentes. Tendrían que adoptar el lema que servía de título a un texto anárquico de hace un tiempo, de Hans Peter Duerr (si no me equivoco): Ni dieu ni mètre –ni dios ni metro–. Ni dios ni orden racional del mundo que deban ser respetados; o también: ni dios ni verdad científica asumida como base para una conducta racional. En suma: el orden objetivo que la "razón" descubriría en la realidad, y que estaría al alcance de la razón de "todos", es tan poco liberador, y peor quizá, que el dios de la tradición. Naturalmente, el dios cuya no existencia se demuestra según Hitchens es el dios de nuestra tradición –una entidad personal que habría creado al mundo y al hombre y con la cual el hombre puede ponerse en comunicación para conocer su voluntad, sus propósitos, su eventual plan de salvación–. ¿Podemos decir el dios cristiano? Si es así, y creo que es así, considerar a este dios como un obstáculo a la libertad y a la responsabilidad del hombre tiene poco sentido; o por lo menos, se funda en un error, pues de quien nos quieren liberar es del dios-poder que quiere imponernos su autoridad a través de todo tipo de exigencias y prohibiciones. En esto, puedo estar más de acuerdo con Hitchens que un creyente.
Para los creyentes, al contrario, justamente para salvar la propia fe, sobre todo en este momento de la historia en que el multiculturalismo nos ha hecho conocer tantas experiencias religiosas distintas, es decisivo separar a dios de toda disciplina clerical, de toda pretensión de poder de imposición sobre la libre elección del hombre. Desde el punto de vista del interés por la libertad, en cambio, se debería reconocer que la idea de un dios personal que nos comunica su voluntad y sus propósitos es mucho más aceptable que la de un orden objetivo que, ciertamente, como en Spinoza, nos invita a "no llorar ni gozar, sino solo entender" la necesidad lógica de todo. No precisamente un gran avance para la libertad que se intentaba salvar.
Es cierto que de este dios tenemos noticias sólo a través de textos mitológicos, nunca lo descubrimos en una experiencia sensible o mediante un procedimiento científico ordenado. No es un "fenómeno", diría Kant; o, como escribe en cambio más claramente Bonhoeffer, "un dios que está (como una cosa, un objeto de posible experiencia) no está". Y sin embargo, todos tenemos el sentimiento, sí, como una impresión de fondo de la que no podemos liberarnos, de que nuestra existencia fue hecha posible, en sus aspectos afectivos, de evaluación, de elecciones morales, solo por esa herencia mitológica, en cuyo interior, por otra parte, maduró también la mentalidad científica de la que Hitchens quiere ser defensor.
El dios cuya no existencia es demostrada (sin turbarnos en absoluto) por Hitchens es el que, por el contrario, pareció tan a menudo demostrable (de San Anselmo a Descartes) a los filósofos; si ese dios existiera, adiós libertad, estamos de acuerdo. Pero es justamente el "dios de los filósofos", al que ya Pascal consideraba poco creíble. Las iglesias, y en primer lugar la Iglesia católica, pensaron que debían predicar al dios de Jesucristo como si fuera ese dios "demostrable"; y cometieron ese error por puros motivos de poder –el Dios que la razón "demuestra" parece portador de una autoridad más absoluta y universal (pensemos en cómo la Iglesia insiste en el hecho de que "por naturaleza", el matrimonio "naturalmente" heterosexual es indisoluble, y así puede prohibir el divorcio también a los no creyentes. Y así sucesivamente). El dios en el cual siguen creyendo los creyentes no tiene nada que ver con el dios, inexistente, de Hitchens. Su libro puede, en cambio, ayudar a todos a liquidar la siempre resurgente tentación de identificar la palabra divina con alguna autoridad despótica, llámese la iglesia o la "ciencia".

¿Seguirán empeñados los ateos en aplicar sobre el Dios metafísico las premisas que vienen aplicando desde hace siglos sobre el dogma? Lo cierto es que, dejando a un lado el dogma, mismas pruebas hay de la existencia de Dios como de su no existencia.
Parece que los ateos sólo estuvieran capacitados para demostrar la no-existencia del Dios del dogma que es, paradójicamente, su manera de creer en Él. Sino, ¿por qué habrían de darle tanto poder, llevando el tiempo que llevan empeñados en negarle?

Feliz Cumpleaños, Fata Morgana.

martes 3 de noviembre de 2009

Si conoces a Buda

Últimamente hay una gran proliferación de autores que se vuelven best-sellers, con su consiguiente derivación viral en la red. Cito ejemplos como Eckhart Tolle, Ronda Byrne (El Secreto), Gary Renard (La desaparición del Universo), David Icke, etc; todos ellos autores de origen anglosajón. No es casual que, siendo así, sus enseñanzas siempre o casi siempre estén vinculadas a un rendimiento económico. Millones de personas en todo el mundo que jamás han oído hablar de la filosofía perenne encuentran en estos autores la llave maestra para una nueva percepción.
Lo que tienen en común es que se basan, a grandes rasgos, en la premisa de que el universo conocido es ilusorio. Una construcción mental. Siendo la mente humana tan sumamente poderosa como para proyectar desde el ratón del ordenador al universo entero, ¿por qué no ha de cambiar la percepción en beneficio de si misma? Nada que no se haya experimentado, escrito o pensado desde tiempos antediluvianos.
Tanto en España como en otros continentes hay investigadores y empiristas serios, pero que ni gozan del suficiente crédito a nivel mass-media, ni se forran (tampoco creo que les importe). A mi entender, la clave del éxito anglosajón no está en las verdad de sus afirmaciones, sino en su inteligente manera de exponer el mensaje: llegan a todo tipo de público, y son muy recomendables para quienes hacen sus pinitos en el nuevo paradigma.
Comencé a leer “gente rara” hacia los diecinueve años. El primero -siempre lo recordaré- fue El tercer ojo, de Lobsang Rampa (extraño personaje). Pasó un tiempo antes de que llegara a Muchas vidas, muchos maestros, de B. Weiss, Tus zonas erróneas, de Dyer, Usted puede sanar su vida, de L.Hay, El libro de los secretos, de D.Chopra, y todos los de los ángeles; para aterrizar en Carlos Castaneda y El libro de los espíritus, de Allan Kardec. Algunos quedaron en Argentina y otros los conservo con cariño en mi biblioteca madrileña.
Luego me compré una licuadora. (Nota: en esto debería explayarme más, pero sé que el buen lector comprenderá que de haberme quedado en ese estadío seguiría creyendo más en el mensajero que en el mensaje. El mensaje es demasiado antiguo como para endilgarle nombres y apellidos, y por ser reflejo verbal de la verdad, no necesita ser explicado, y mucho menos defendido).
Esta entrada no pretende abrir una polémica sobre si ciertos autores son o no legítimos, sólo pretende mover a la reflexión.
Hace tiempo charlaba con un amigo de Barcelona sobre la propagación viral de ciertos mensajes que pululan por la red: cuántica, biofísica reduccionista, mutaciones del ADN, cambios del eje magnético terrestre, calendario maya, la energía Kryon, y ese largo etcétera que incluye la acupuntura, la sanación con cristales, los chitauris de Credo Mutwa, las regresiones, las 14 dimensiones de Sixto Paz, los archivos akáshicos, la ley del karma, los power points reenviables con fondo musical de Kítaro, los mensajes marianos de Iker Jiménez, y California como meca espiritual de Occidente.
Al final de la charla cada cual llegó a sus propias conclusiones. No diré la suya, no me corresponde; pero la mía sí que la puedo decir, y es que: no importa el mensajero, sino el mensaje. Parece de perogrullo, pero no lo es tanto si se piensa en que, conociendo el mensaje, sabremos separar el grano de la paja.
El problema de la sobreinformación es que la gente se guía más por el mensajero que por el mensaje. En el fondo, y por mucho trabajo de “desarrollo personal” que se pretenda, parece ser que el humano posmoderno sigue apostando más al maestro fuera de si mismo, que al si-mismo. De ahí que unos defiendan a capa y espada (no puede haber nada más paradójico que defender a capa y espada una verdad sustentada en la experiencia, y no en una creencia) al maestro Chiripa, porque como él no ha habido nadie después del Buda; y otros miren con desprecio al devoto de Chiripa argumentando que sí hubo alguien: Filomeno. Hasta es posible que, en esencia, los dos lleven razón, sin embargo nunca conseguirán ponerse de acuerdo, porque ignoran las fuentes. Y ahí reside el quid de la cuestión: en la fuente.
Poca gente se pregunta de dónde provendrán las verdades afirmadas por gente como Ronda Byrne. Pero el conocimiento no es una moda pasajera, nisiquiera una aventura psiconáutica de temporada, sino un viaje fascinante, por momentos inefable, del que no suele haber retorno. Esto ya lo sabían los grandes buscadores desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, para muchos, esos libros siguen sin abrirse.

viernes 30 de octubre de 2009

La experiencia

Ya, ya sé que debería actualizar. Pero es que últimamente ando mucho por el mundo real y no me queda tiempo para el virtual... sin contar conque estoy metida en mi novela, en la pintura, en cursos, bajando y subiendo todo el día (de Madrid a la Sierra, de la Sierra a Madrid), con lo cual se vuelve algo complicado retomar el blog.

Sin embargo, me paso un momentín para dejar una sentencia tan sencilla como útil. Casi como una receta de cocina. Algo que merece ser recordado más a menudo:

Ninguna verdad necesita ser defendida. Basta conque sea experimentada.

Photo/post: David LaChepelle

jueves 8 de octubre de 2009

GRIPE A: ¿pandemia o estrategia políticorporativa?

La doctora Teresa Forcades nos habla de la Gripe A en esta impresionante entrevista "indie" que vale la pena ver y difundir. Más allá de toda la info amarillista sin mucho sustento científico que circula por la Red, esta monja benedictina y doctora en medicina nos expone con objetividad y valentía las consecuencias de una posible vacunación masiva... a nivel mundial.
Este vídeo ya está volando por todos sitios, entre otros ha salido hoy en La Vanguardia digital. Agradezco mucho la alerta de mi amiga y maestra Tina Lindhard a través de Jordi Vila-Vila y la Fundación Ananta.

martes 6 de octubre de 2009

Asuntos del cerebro


Acabo de ver un programa en Documentos TV, de la 2, que me ha dejado entre indignada y atemorizada. Parece ser que últimamente, en USA, crecen “de forma exponencial” los casos de transtorno bipolar en niños. El programa giraba en torno al uso correcto o incorrecto de medicamentos psiquiátricos para combatir el supuesto brote de TAB. En esta ocasión entrevistaban a los padres y también a algunos de los niños.
Cualquiera que sepa, mínimamente, lo que es un transtorno bipolar y haya visto el programa, llegará a la conclusión de que esos niños más que padecer un TAB dán la impresión de estar profundamente enfermos, pero no de TAB.
Basta con ver a una niña de unos doce años en el consultorio de su psiquiatra llorando porque su padre se iba a Irak. Mientras la niña lagrimea, el profesional aconseja a su madre subir un pelín la dosis del ansiolítico que la chavala viene tomando desde los cuatro años, a fin de que su compartamiento se haga adaptable a eso de tener que ir al colegio. Cosas de la adaptabilidad al orden social.
Aunque el programa cuestiona la ética médica de recetar o no a los niños todo tipo de psicofármacos que no han sido debidamente probados en laboratorios, en ningún momento define las características del transtorno bipolar, no se ve a ningún niño que muestre tales características de forma comprobable, y ninguno de los profesionales entrevistados plantea otra alternativa que no sea la medicación. Se habla de transtorno bipolar, pero se omite que la denominación completa del transtorno sea transtorno afectivo bipolar. A nadie le da por hablar de afectividad, ni se hace mención a las posibles causas en relación con el núcleo familiar y su inserción en un determinado marco social.
En el programa, los padres aparecen como meros robots acatando ciegamente tanto el diagnóstico como la receta del nuevo doctor Benway, y comentando en consulta los pobres resultados de la medicación. Padres gordos como pavos del día de Acción de Gracias con sus chavales igualmente fofos, o llenos de acné, niños rubios de mejillas sonrosadas dando saltos de sillón en sillón -como cualquier niño- y hablando de cómo matarán al compañerito de clase…
Las fantasías de una niñita de cinco años, encantadora, acerca de cortarle la cabeza a no sé quienes. Y sus padres, ovillados en un rincón sin atreverse a abrir la boca, no sea que la niña vaya a degollarles.
Padres que no saben qué hacer con sus niños, rebosantes de grasa apisonada contra el hipotálamo, asustados porque el niño “no encaja” y no puede estarse quieto. Niños que ya no se duermen sin un sedante. Que de día funcionan como antenas receptoras de un sistema reventado y moribundo. Niños intentando ser convertidos en animales adiestrados por cuatro matasanos con licencia -que para colmo se dán el lujo de cobrar una pasta, en un sistema donde sabemos bien que la salud no es ni será pública jamás-, bajo consentimiento de unos padres mal alimentados, manipulables y robotizados que al no saber qué hacer con sus propias vidas, anestesian las de sus hijos.
No se habla de las causas: sólo se intenta tapar los síntomas. Tapan un agujero y se abre otro al que darán en llamar “daños colaterales”.
De ahí que se cuestione el uso de psicotrópicos en niños, y de ahí que nuevos preclaros salgan en la tele con nuevas teorías -uno (de origen oriental, el tipo justo del que si le preguntas de dónde es te dirá que de Connecticut)- proponía empezar a medicar al niño antes de que se desarrolle el TAB. Es decir, que al menor síntoma: chute. Otro, proponía algo mejor: repetir el experimento que se hizo con los niños enfermos de cáncer, por el doctor Benway de Pensilvania. ¿En qué consiste?, le preguntan. Pues básicamente en que los agrupas a todos por tipo, y empiezas a experimentar para ver resultados.
Parece ser que su propuesta ha tenido amplia repercusión en el ambiente médico.
El caso más grave y cuestionable que se presentaba, era el de un muchacho de dieciseis años, que lleva más de diez usando ocho clases de medicamentos: ansiolíticos, pastillas para dormir, antidepresivos, estabilizadores del ánimo… todo eso, al parecer, para un chaval de grandes orejas que a los cuatro no respondía a la orden de ven a comer que la comida se enfría.
Había que ver al chaval con esos años: delgadillo y ojeroso, con los padres gordos de siempre. Doce años después: el mismo chaval, mucho más feo, mucho más fofo y mucho más infeliz. Tiene la expresión agotada de un hombre de cincuenta años, y comenta con cierta ilusión que el programa de medicina alternativa (yoga, creo) recetado por su médico de cabecera, le dá muy buenos resultados con el tic crónico que le provoca el coctel de medicamentos. Una se lo imagina seis horas diarias “tictineando” delante de la tele o jugando al Guitar Hero.
Sin embargo, parece ser que la gran pionera en el tratamiento del transtorno bipolar en niños americanos es una entidad llamada Asuntos del cerebro. En el documental se ve una doctora con cara de no haber roto un plato, explicando a un niño y a sus padres el funcionamiento de su cerebro, y las zonas afectadas que darían lugar al TAB.
Suerte que la psiquiatría haya evolucionado unos cuántos minutos desde la lobotomía y el electroshock: ahora por lo menos le explican a esta gente cómo se lo harán, y siendo que el tratamiento es indoloro y garantiza una muralla infranqueable entre las emociones y el mundo, tanto el niño como el padre se sienten aliviados. Aliviados de haber encontrado un remedio para su "enfermedad". Aliviados de aceptar por decreto que en la tierra de los tuertos, el ciego es rey.