11.9.08

Llegar

Me lancé tambaleando por el sendero que conducía a la casa. Como no encontraba las chanclas, y mi mente no acababa de aclararse, decidí ir descalza. Bueno, en realidad no lo decidí. Como un animal que no sabe hablar pero siente en su vejiga el pinchazo de la necesidad, más bien me resigné a los hechos. No era una gran distancia, apenas unos cien metros (quizá menos), algo que de día y en condiciones normales se recorren en cuestión de minutos. Pero era noche completa y yo no estaba en condiciones normales. Todavía afectada por los últimos estertores de la waska, la tierra me sostenía y a la vez se expandía a mi alrededor.
No había hecho ni veinte pasos cuando me entró un miedo de muerte: ¿qué hacía yo allí, sola y de pie en medio del campo a las tres de la mañana? Entonces intenté retroceder, pero al darme la vuelta vi que la fogata había desaparecido. Al parecer no había otra alternativa que seguir el rastro del sendero hacia la casa, cuya mole oscura me daba tanto miedo como las sombras, y las sombras tanto miedo como mi soledad.
Mientras caminaba hacia la casa, me acordé de Ulises, rey de Ítaca. Y las sombras se rieron de mí: ¿Qué pensabas?¿Que el viaje ha terminado? Recién empieza, ciertamente.
Así que continué. Cuando no hay alternativa y cuando lo único claro o medianamente claro que tienes es una mole oscura, hay que continuar. Sabes que a cada paso que dás corres el riesgo de tropezar con una piedra y romperte una pierna o los dientes, pero sabes también que tienes cinco sentidos, y quizá más, a los que realmente sometes a escrutinio en situaciones, digamos, que de supervivencia. El resto del tiempo, y aunque creas conocerles como a la palma de tu mano, te sirves de extensiones. Olvidas que brazos y manos sirven, por ejemplo, para guiarte en la oscuridad y no sólo para golpetear sobre un teclado o cogerte de un pasamanos en el Metro. Que los oídos están para algo más que para oir la taladradora hidráulica de Gallardón, o el olfato para distinguir el jamón de bellota del que venden en el Eroski. Por ejemplo. Que por ejemplo, el oído puede advertirte del arrastrar de una serpiente en medio de la oscuridad, y el olfato, entre otras cosas, puede servir también para saborear los intensos aromas del campo antes del amanecer. Que, llegado el caso y valiéndose de la alianza con los otros cuatro, la vista se adapta tan bien a la luz como a la oscuridad. Para todo eso sirven los sentidos, cuando se han acabado las extensiones. Interesante.
El suelo pinchaba un poco, pero a mí me interesaba más llegar a la casa. Andar me serviría para despejarme. Para dejar de sentir que las sombras me observaban. Recuerdo que durante el trayecto, que entonces se me antojó larguísmo, mi único pensamiento era llegar, tengo que llegar. De haberla visto, no hubiera tenido sentido volver a la fogata; yo tenía que llegar. Sabía cómo: andando, sólo que andar me resultaba dificilísimo. Casi diría que iba agazapada, dando pasos torpes, afirmando bien mis pies en la tierra para no caer, como debieron hacerlo los primeros homínidos cuando notaron que podían sostenerse erguidos sin sus manos. O como un bebé que se lanza a caminar por primera vez.
Por favor, condúceme.
Suerte que llegaran ellos, porque ya he dicho que mi mente no acababa de aclararse. Pero llegaron, y además de erguirme y empezar a caminar naturalmente, pude llegar a la casa no sin dificultades aunque sí con éxito, y sin haber tropezado en ningún momento. Una vez dentro, subí las escaleras, fui al baño, tomé un bocadillo de sandía y me tumbé en el sofá. Como las luces del salón estaban encendidas, me quedé un buen rato contemplando un póster de Shiva colgado en la pared. Perpleja.
¿Dónde estaban ellos?
¿Quiénes eran?
¿Qué eran?
Salí de la casa para dirigirme al bloque donde dormíamos los visitantes. En la oscuridad de la noche tropecé con Rosa, que andaba tan confundida como yo. Ni recuerdo lo que me dijo, todo lo que yo quería era cambiarme, limpiarme y acostarme en una cama. Así que empujé la puerta, bajé al rellano aún en construcción -lleno de piedras y completamente a oscuras-, repté escaleras arriba, encendí la luz y me metí en mi habitación.
Así me encontró Jota una media hora después:
- ¿Qué haces?¿Estás bien? - me preguntó bastante sorprendido.
- Sí, estupendamente.
- Pero… ¿cómo has llegado? ¡Y vas descalza!¿No te has hecho daño?
- No… ¡qué va!
Me pareció que estaba extrañado.
- Pero… ¿has venido sola?
No… ¡qué va!
Ahora que lo recuerdo, y que ya no tengo la cabeza hecha un lío, que no estoy meada y sí, en cambio, recién duchada y sentada delante de una pantalla escribiendo este post, tengo la plena certeza de que esa noche ellos me ayudaron a llegar a la casa. Que el trayecto entre la fogata y la casa fue parte de mi nacimiento, y que si volví a nacer, fue hacia atrás. Es una verdad como un templo.

El Penedés, 11-12 de agosto de 2008.

6 comentarios:

abcd dijo...

Llevo un buen rato ojeando tus últimas esperiencias con el yajé... veo que te ha sido de provecho. Por cierto, me dijeron que en Madrid hay un señor que se llama Villaescusa y se trabaja el tema muy bien ¿lo conocés?, me acordé al leerte. De todos modos parece que has hecho buenas elecciones a la hora de tomarla, con ángeles inclusive ;)
Te sigo.

Fata Morgana dijo...

Gracias por tus comentarios, ABCD, un gusto tenerte por acá de nuevo. Y sí, me suena Villaescusa, y le escribí hace tiempo pero no me respondió... trabaja con yajé en Toledo.
¿Cómo no sacarle provecho a la planta? Para mí ideal, porque no tuve abuela...
Un abrazo.

datlitauy...! dijo...

cuántas sensaciones!

qué cúmulo inmenso de imágenes, fragancias, sensaciones!

un placer recorrer ese camino...!

un placer recorrer tus palabras...!

Fata Morgana dijo...

Bienvenido, Datlita, y sí, esa experiencia fue pura sensación. >un besazo.

Anónimo dijo...

Navegando me encontré con el Kosmonauta del azulejo, volví a linkear desde ahí y me encontré con Fata. Leyendo un poco y hatando cabos, me doy cuenta de que son la misma persona. De momento, sigo acá. Con tu cuento de ¿suspense?¡ciencia ficción? Que importa igual, si mola. Para el caso me presento: soy Moha. Servidor. Besos.

Fata Morgana dijo...

Jeje, hola Moha... ¿me creerías si te dijera que no es ciencia ficción? Esto me trae a la memoria aquella vieja frase: "Hay cosas más allá de cielo y de la tierra de las que sueña tu filosofía, Horacio". Esas cosas no soñadas, y sí vividas, fueron las que inspiraron este relatillo.
Besos.