24.7.08

Ayawaska II: Fata Morgana

1
Me resulta difícil hablar de esta experiencia, y tanto, que ni siquiera sabía cómo empezar el post. Tendré que ser muy valiente para hacerlo. En cualquier caso, la travesía que les narraba en el otro no deja de resultar en cierta manera paradójica, si se piensa en que pude haberla hecho hace ya muchos años en el continente del que provengo -la ayahuasca y yo somos casi vecinas- y que al final acabara haciéndola aquí, más cerca de la Caixa que de la Amazonía, y a un tiro de piedra de una capital europea hasta arriba de cocaína, calvetes con anillas en las orejas y argentinos de Castelar haciendo negocios en Suiza vía móvil.
No es de extrañar, si se piensa que la ayawaska viene cruzando el charco desde hace ya unos diez años a causa del intercambio cultural entre continentes, la apertura del chamanismo a Occidente, y la labor de científicos e intelectuales que han dedicado parte de su vida a la investigación de los enteógenos, como es el caso del Fundador. Así las cosas, la travesía ha tenido que ser aquí, donde a todas luces resulta ser una droga importada que, para muchos, se adscribe a la subcultura new age de los gurús con collares de cuentas y las profecías mayas. Nada más lejos de la verdad, pero esto lo dejaremos ya para otro post.
Para quienes no lo sepan, la ayawaska -en quéchua, soga del muerto- es un enteógeno. El término deriva del griego, en el que éntheos significa, literamente, "dios dentro de"; y génos, que significa "origen, nacimiento". Por tanto, su etimología es «devenir divino por dentro». En síntesis, se trata de un preparado vegetal que, al ser ingerido, provoca un estado alterado de conciencia. Intuyo que la distinción entre el significado de enteógeno y alucinógeno supondría entrar en una discusión de tipo filosófico, y no es el caso.
Durante el desayuno, y después de las correspondientes y afables presentaciones, las bromas, los comentarios acerca de la comida -algo predecible en España, ya que cuando no se sabe de qué hablar se habla de comida-, me dio por comentar mi no-experiencia con la gente que estaba sentada a la mesa. La mayoría calló, pero hubo uno que intervino diciendo que la primera vez suele pasar. Yo estaba convencida de que la ayahuasca no me había hecho efecto por culpa de una resistencia, y lo dije. Añadí, además, que mi motivo para probarla era la depresión. Entonces la tía que estaba a mi izquierda, una catalana muy altiva, me mira y me suelta en tono burlón:
- ¿Por qué dices culpa? - Y continuó comiendo tranquilamente.
Era todo bastante extraño, la verdad. Hubo quien expuso sus motivos y hubo quien no, pero a nadie le daba por contar su viaje. Inclusive llegué a creer que había más gente en mis condiciones -de no-experiencia-, pero que no se atrevía a contarlo. Diría, más bien, que se evitaba hablar sobre el asunto y en cambio se prefería mencionar la ayahuasca en términos teóricos, haciendo referencia a los periféricos de la situación sin entrar en ello a saco. Les habrá llamado la atención que yo contara mis motivos de forma tan espontánea (por cierto, el tema del bloqueo emocional que hay en Europa, se niegue o no por conveniencia, dá para otro post).
Me fijé en un tío con cara de querubín -Joan- que llevaba un buen rato mirándome fijamente.
-¡La depresión! -dijo, sacudiendo la cabeza-. La depresión no existe… Mi madre siempre lo dice: “La depresión no existe, la depresión es tristeza” -. Buscó mis ojos: - ¡Ea!¡Tú no tienes depresión! Alguien que habla como tú y se presenta como tú no tiene depresión… en todo caso tendrás el alma triste, que es cosa bien distinta…
De repente todas mis defensas se vinieron abajo y me quedé sin palabras.
- No me extraña, estando tan lejos de tu tierra y con las consecuencias que eso conlleva en un medio tan hostil como éste -continuó -. ¿Quién te ha dicho que tienes depresión?¿El médico? El médico lo que hace es diagnosticarte una depresión endógena, es decir ponerte una etiqueta, darte un antidepresivo y a otra cosa. Luego lo que sucede es que te sientes culpable por estar enferma, cosa que no es así, y te tomas el veneno, pero el alma sigue triste.
Lo que decía era tan cierto que no pude sostenerle la mirada.
- Diablos, me vas a hacer llorar… - lo cierto es que ya estaba llorando - ¿Cómo sabes eso?
- Soy psicólogo, ya lo he visto - respondió él con toda naturalidad.
Pasé el resto del día pensándome si merecía la pena tomarme ayahuaska o no. Tampoco tenía prisa en marcharme, así que tomé un baño en la piscina y me puse a hablar con un médico de Gerona, muy majo, que iba con Joan.
Según me explicó, no es que la ayahuaska sea como en el peyote, que posee una sóla sustancia (mescalina), sino que es un brebaje combinado que consta de una IMAO (inhibidor de la monoaminoxidaza, una encima presente en el estómago) y DMT (un alucinógeno, presente también en el cerebro, que al parecer es el responsable de ciertas imágenes hipnagógicas e incluso de los sueños). La IMAO inhibe las funciones de la enzima, permitiendo que ésta no elimine el DMT. Si sólo tomáramos DMT, el estómago lo expulsaría y su efecto alucinógeno quedaría neutralizado. Pero no sucede así, lo cual convierte a la ayahuaska en un brebaje bastante sofisticado, que no podría jamás haber sido descubierto por casualidad. Algo sorprendente, si se piensa que lleva siendo usada en la Amazonía desde hace unos 5000 años por tribus que, viviendo aisladas y en total desconocimiento las unas de las otras, sabían cómo realizar el preparado de las dos plantas juntas y en proporciones específicas, sin haber tomado contacto jamás entre sí. Raro.
Nuestra conversación se prolongó hasta después del almuerzo. Se nos unieron nuevamente el psicólogo -un verdadero cachondo- y Ágata, una chiquilla muy maja que también hacía su experiencia por primera vez y que no pensaba repetir. Como a las cuatro o cinco de la tarde localicé a Irene y le dije, ya más decidida, que quería probar otra toma, sólo que el problema era cómo me volvía a Madrid al día siguiente, ya que iba sin coche, y sin coche, no había manera de bajar a Barcelona. Como la gente no se pensaba marchar hasta el día siguiente y yo no tenía pasaje de regreso, iba a precisar a alguien que bajara directo a Madrid por la mañana temprano; eso me daría el margen de tiempo suficiente para coger el pasaje a Madrid y, una vez allí, coger uno que me llevara a la Sierra. “Imposible”, me dijo, “la gente no se marcha hasta las seis después de la tercera toma”. Nada, pues, a quedarnos hasta el día siguiente entonces; si conseguía pasaje, bien; y sino podía pasar la noche en un hostal e irme a la playa hasta el martes. No es que me muriera de ganas de volver al calorón de Madrid, precisamente.
Después de la siesta -hacia las siete- comenzaron los truenos. “El monte nos bautiza”, pensé, recordando mi ascensión al cerro Uritorco en año ‘93 (Córdoba, Argentina, 2000 metros). Mejor que no lloviera mucho, bromeé, porque la carrera hasta los barreños iba a parecerse mucho a los patinazos del día en que llovió en Woodstock, pero peor, con el suelo de baldosas mojadas. “Imposible”, me deslizó al oído el psicólogo; con ironía “aquí somos todos gente muy seria”. Carcajadas. Sea como sea, ya había algunos deambulando por la terraza en actitud instrospectiva y mirando el cielo como si nunca hubieran visto un relámpago. Tiburones sedados por la ayahuaska.



2
Hacia las diez y media comenzó la segunda ceremonia. Pasada la hora, se nos invitó a una segunda toma del brebaje y un rato después el Fundador sugirió que podíamos sacar nuestras sillas a la terraza, ya que hacía una noche preciosa. Nos envolvimos en edredones y salimos. Pero el suelo estaba empapado y yo, que iba descalza, no encontraba un sitio oportuno donde apoyar los pies. Opté por el caño de mi comodísima silla plegable, notando que mi vecino -un tío bien grande- se afanaba por buscar un sitio donde poner los suyos, de forma tal que en vez de disfrutar de la “preciosa noche” y el canto de los grillos, por ahí todo lo que se oía era algún que otro suspiro y pies trepando por los caños.
Se oyó la voz del Fundador:
- Igual si alguien quiere entrar no tiene que esperar a que se lo digan…
Yo cogí mi silla y entré. Me sentí realmente relajada al ver la sala casi vacía y en penumbras, con los dos cirios encendidos al centro. La textura de las alfombras me resultó muy suave, así que tuve el impulso de abandonar la aciaga silla y tumbarme en el suelo. En posición fetal. Noto se me acerca alguien: “¿Estás dormida?”. “No”, respondí. ¿Y qué, si me diera por dormir? Todo lo que quería era que me dejaran en paz, que se olvidaran de mí y no me molestaran.
Recuerdo haber visto una larguísima cuerda extendiéndose hacia el infinito, a través de la bruma. La imagen se aclaró un poco más y noté que de la cuerda salían miles de nervaduras hacia los costados, muy finas, cuya textura me sorprendió. Era como estar de pie sobre el tallo de una hoja en la dimensión de las hormigas. Al otro lado había una luz blanca, evanescente, donde, sólo por una micronésima de segundo, creí ver a mi padre. Pero él no me veía a mí. Ciertamente, la única que le echaba de menos era yo.
Los pensamientos acudían a mi mente a gran velocidad: ideas de autocompasión, de desamparo, de frustración. Entonces me entraron ganas de llorar. Lloré mucho, la verdad. Lloré por mi padre, por el amor perdido, por lo que tuve y por lo que perdí, por lo que es, por lo que no es, y por ser yo el último eslabón de una cadena familiar enferma. Supe que tenía que aceptarlo, que nisiquiera se trataba de algo que yo hubiera elegido, sino de algo que es, lo cual no me hace más libre por serlo, sino por saberlo. Y lloré tanto, que en un momento dado tuve que incorporarme. Poseo algo de entrenamiento, y sé que en estos casos hay que respirar hondo, a fin de que el llanto no te ahogue y haga su trabajo positivamente.
Muy de tanto en tanto, y siempre que alguien se mostraba angustiado, el ayudante del Fundador sacudía rítmicamente unas ramas que producían un sonido similar a un sonajero o un palo de lluvia, y le daba por silbotear una melodía tribal, con lo cual la persona se calmaba. Yo no necesité que lo hiciera, porque no me sentía angustiada ni estaba teniendo un mal viaje, sino todo lo contrario: si bien la luz me hacía llorar, me devolvía también una cierta capacidad de asombro que creía haber perdido para siempre, iluminándome completamente, y el dolor -que ya lo conocía de sobra- convertido en llanto, resultaba ser nada más que una forma de energía saliendo de mí como algo que, si bien ya no me pertenecía, no tenía por qué avergonzarme, y tanto, que en lugar de vencerme, me erguía. Era como si algo me dijera: “Éste es tu dolor, así es tu dolor, pero no lo vivas encogida: yérguete”.
Me erguí, pues, naturalmente, y así me mantuve muchísimo rato sin ninguna dificultad, cosa rara, si se piensa que siempre tuve problemas para mantener la espalda recta (debido a mi escoliosis, supongo) y cuando hacía meditación tenía que buscarme un sitio donde apoyarme. Sin embargo, nisiquiera me dolía el cuello. Además, cuanto más me erguía mejor me sentía y el llanto se disipaba. Poco a poco la luz que me iluminaba fue desapareciendo y tuve la necesidad de abrir los ojos. Tener y sentir es lo mismo, pensé. Eché un largo vistazo a mi alrededor y no noté nada que me llamara la atención, lo cual me pareció estupendo. Lo noté cuando volví a cerrar los ojos: a mi derecha, alguien que llevaba mucho rato tumbada en un colchón riéndose como una niñita, lloraba ahora con un dolor tan quedo como inmenso. Supe que alguien le había hecho un daño enorme quitándole algo, y que ella -siendo probablemente una niña- en su momento no había tenido ocasión de recuperarlo.
Todos tenemos nuestras heridas, pero vamos por la vida llorando y lamentándonos de tonterías; y tanto, que la mar de las veces acabamos quejándonos de asuntos que en realidad deberíamos celebrar. ¿Qué es lo que pretendemos mostrar?¿Acaso crees que el otro no lo notará?¿Acaso crees que el otro no se sentirá profundamente solo al notar algo que tú ignoras de ti mismo? Nada más que una hormiga sobre la palma de una hoja, esto es lo que somos. Fantástico, si ése es precio que debemos pagar a fin de valorar lo que hay.
Esto no es cosa del cristianismo; es pura praxis: lo que pasa es que a las nuevas corrientes neopositivistas les conviene achacarlo todo a una religión -ya se sabe que religión y fe son dos cosas bien distintas, pero vete a hacerselo entender a quienes se han quedado varados en el trauma que les dejó, no sin razón, la Edad Media, con las barbaridades que hizo la Santa Inquisición, una doctrina que se exportó a nuestro continente con intenciones algo más radicales que la ayahuaska-, a fin de justificar su propia prepotencia, su alienación y su esquizofrenia moral, algo contra lo cual se rasgan las vestiduras de la misma manera en que luego acaban entrando al trapo por conveniencia.
Pero el dolor de verdad -que es el que te hace crecer-, es otra cosa. Ciertamente, la gente no se atreve por miedo, ya que esto es como una colonterapia, una gastroenteritis, una purga o una dieta extrema. Vamos, que puedes pasártelo mal, y eso no le hace gracia a nadie. Ni a mí, que me lo pensé mil veces antes de hacerlo. Después de todo vivimos en un mundo donde se prevee que, razón por la cual es raro que alguien se atreva a hacer algo o vivir una experiencia que no esté prevista. Nos quedamos, pues, con las etiquetas sociales, con el yo soy, es decir con los periféricos. Pero la ayahuaska golpea justamente en el corazón del meollo. Así que la gente la prueba para interpretarse. Dada mi escasa experiencia con la planta, mi única conclusión es que seas quien seas y seas como seas, o creas en lo que creas -si es que crees, y sino, también- la planta sólo podrá dejarte algo bueno.


3
Cuando se encendieron las luces yo estaba muy en paz. Por una parte me sentía aliviada de que la experiencia hubiera resultado, en cierta forma, light; y por otra no estaba tan segura de que eso fuera todo.
Jaja, chiquilla, qué ingenua eres.
El Fundador sugirió a uno de los chicos que se pusiera al piano para interpretar un tema de Gurdjieff, y apenas empezaron a sonar las teclas, me di cuenta de la que el viaje no había hecho más que empezar. Soy bastante sensible a la música, pero en esa ocasión mi oído no estaba interesado en integrar la melodía en un todo armonioso sino en escuchar los acordes por separado, y de ser posible, de principio a fin. Como el pianista temblaba, me pregunté si lo estaría haciendo por nerviosismo o acaso era que el tema estaba hecho para que el pianista temblara, pero la idea me hizo gracia y me eché a reir. Entonces la alfombra que tenía delante de mi vista se levantó, quedando suspendida a unos centímetros del suelo en lo que debió ser un segundo, para volver a su posición habitual. El corazón me dio un vuelco. Por favor, no me hagas esto, pensé. Empezaba a sentirme ligera, no lo que se dice absolutamente colocada, pero si bastante ligera, y no obstante sobria.
Me entró una puntada en el intestino, muy fuerte, y al cabo de cinco minutos el dolor ya se había apoderado de casi todo mi aparato digestivo, incluídos útero y ovarios. Mientras el Fundador hablaba -dando por terminada la sesión-, pensé en hacerme reiki en la tripa, pero el dolor no se aliviaba. Otra puntada, más fuerte aún, me obligó a cerrar los ojos con un ¡ay! que hizo volver a los que estaban más próximos, y ví como una culebra de color castaño oscuro daba un coletazo dentro de mis entrañas. Me entraron náuseas.
El Fundador:
- Bien, si alguien quiere decir algo…
- Yo sí, no sé si esto me está subiendo o bajando, pero me siento fatal así que… me voy.
Y salí disparada rumbo a los barreños, oyendo las discretas carcajadas a mis espaldas.
Al llegar a la zona-barreño me encontré con Irene y las cuidadoras, todas con cara de estar planchando en una fiesta.
- Creo que voy a vomitar - susurré.
- ¡Y qué me dices a mí! Vomita…
Su tono me sonó brutal y bastante impropio de una psicóloga, pero ahora que lo pienso, debe ser un coñazo que habiendo aguantado a una docena de colocados vomitando a lo largo de varias horas haya alguien que le dé por hacerlo justo cuando se supone que por fin puedes irte a cenar. También es verdad que con la ayahuaska se exacerba la percepción.
La única que se mostró empática fue Ágata, que me ayudó a descender los dos escalones que conducían a los barreños. Solidaridad de quien la noche anterior había tenido que ser auxiliada por lo mismo. Claro que cuando vi lo que había en los barreños me eché para atrás. Sin embargo, en vez de darme asco el asunto empezaba a resultarme divertidísimo. Me senté en una silla junto al barreño, descojonándome.
Ágata me seguía la corriente. Me trajo un té -que al final no me enteré si era para vomitar o para no vomitar-, me lo tomé, y esperé. Nada. Al rato ya no tenía ganas de vomitar, y aunque persistía el dolor en las entrañas, mi interés se volvió hacia la gente. Al notar su indiferencia, el asunto ya no me resultaba tan divertido; más bien me desconcertaba. Me desconcertó, sobre todo, la actitud de Joan, que pasó a mi lado dándose masajes en la tripa con cara de satisfacción, me miró de reojo, y se marchó. Todo empezaba a amplificarse o -tal vez- a verse tal como era. Hubo gente que no salió de su mutismo desde que entró hasta que se marchó, y sólo hablaban con ciertos indivíduos de su misma condición sobre temas que parecían estar vedados al resto de los mortales. Comprendí que quien es egoísta no es mejor ni peor; sólo se trata de una naturaleza. La diferencia con mi percepción habitual es que entonces no me molestó, sólo me tocaba observarlo sin que me inhibiera o me decepcionara.
-Tú quédate si quieres, yo me voy a la cama -le dije a Ágata, segura de que ya no iba a vomitar.
Pero ella se ofreció a acompañarme hasta la habitación, llevando una bolsa de plástico, por si las moscas. Mientras subíamos las escaleras yo sentía que me iba un poco de mí, como si me saliera unos centímetros de mi cuerpo, hacia arriba, aunque manteniéndome en él todo el tiempo. Si bien el efecto psicomotriz era similar al que se produce tras haber fumado unos cuantos porros y muy inferior al de una borrachera -en mi caso, al menos, me mantenía en pie perfectamente, y al andar lo mismo- al tumbarme en la litera y cerrar los ojos comprobé que el afecto alucinatorio era bastante potente, una situación de doble realidad en que si los abría no veía más que la litera de arriba, pero si los cerraba, veía la luz.
Antes de narrar la parte final de esta experiencia debo decir que entremedias sucedió una cosa que, por ser demasiado personal, no voy a contaros -lo siento-, y que no obstante acabaría precipitando la descarga emocional que vino después. Estoy completamente convencida de que si yo no me hubiera abierto a la ayahuaska como lo hice, ésta me hubiese llevado, quizá, por otros senderos, pero no por ése, que era justamente el que estaba necesitando.
Eso que sucedió hizo que me tumbara en la cama hecha un mar de lágrimas, cogiéndome el pecho con las dos manos en forma espontánea.
- Me duele - gemí -; ay, cómo me duele…
Lo dicho: directo al meollo. Con las manos de Ágata sobre las mías. Con la luz al otro lado del mundo, muy lejos, en el infinito. Ya no se trataba de un llanto que pudiera controlar, sino de uno que debía salir con la presión de un vómito. El verbo es importante: he dicho debía, porque era imperativo que saliera, como salen todas las cosas que sobran, como se rompen los diques que ya no sirven, mientras repetía una y otra vez me duele, me duele, me duele, ay cómo me duele, cada vez más alto, hasta que se escuchó bien alto, y alguien que ni yo ni Ágata habíamos visto se levantó de una de las literas y vino directo hacia mí.
La había visto la tarde del día anterior, al llegar, y me llamó la atención desde el principio. Una mujer muy callada y extraña, que andaba por toda la casa en actitud esquiva y evitando hablar con la gente. Como el Fundador trabaja con drogadictos, y conociendo la actitud que tienen algunos de ellos -trabajé en los CAD de Madrid como arteterapeuta- no sé por qué me dio por pensar que la tía era una ex-drogadicta recuperada. Lo fuera o no (en cualquier caso dá igual), esa mujer sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Ahora que lo recuerdo, pienso en una enfermera en jefe tratando de reanimar a alguien en un quirófano. Como decía, vino directo hacia mí, me hizo unas caricias muy dulces, muy solícitas, me besó en la frente, y con toda resolución apoyó sus dos manos sobre mi corazón y empezó a masajearlo con energía.
Entonces el pecho se me llenó de luz. Una luz idéntica a la que estaba al otro lado del mundo, que conectó con la mía -su gemela, su reflejo- a través de un haz evanescente por el que empezaron a subir miles, millones de partículas blancas, como cascaritas. Yo quería alcanzar la luz, pero mis manos chocaban contra la litera y me reía maravillada. Esa luz me infundió libertad y frescura, aunque, ciertamente, no sabría decir cuál de las gemelas era la que me producía esas sensaciones, si la de arriba o la de abajo, lo único que importa ahora es que después de aquello me sentí liberada, desnuda, inocente, feliz. Suspiré con un alivio enorme, entre risas y lágrimas, oyendo la voz de Ágata que me preguntaba, muy preocupada, si todavía me dolía el corazón.
- No - le dije -; no era un dolor físico.
Nos quedamos un buen rato cogidas de las manos, yo en las nubes, ella con la cabeza apoyada en mi vientre. La otra chica se marchó tan sigilosamente como había aparecido, y yo permanecí en la litera viendo como una flor gigantesca -en su estructura muy similar a un girasol, sólo que visto de noche- se posaba sobre mí, girando como un tíovivo. Esa flor tenía una cantidad infinita de pétalos de todos colores dispuestos en forma radial, tan vagos en su contorno como perfectamente definidos. Recuerdo haberme quedado con uno en particular, de color lila -mi color favorito- y haberle observado muy de cerca, pensando que yo nunca podría lograr un color como ése. Qué colores, le decía a Ágata, riendo; nunca he visto algo así. Y ella, también riendo, me respondió: Ya lo sé. La flor iba y venía, apareciendo y desapareciendo; y finalmente empezó a marcharse muy despacio: "Por favor, no se vayan", supliqué.
¿A quiénes se lo decía?
Me lo pregunto hoy, y supongo que me lo seguiré preguntando durante mucho tiempo. En cualquier caso... les echo de menos.

El corazón es como una col: la parte más deliciosa está en el meollo.
Photo/post: Pedro Strukelj

2 comentarios:

Analía dijo...

Espero que no te importe que repita esto aquí, ya que me dejaste la dirección:

"Hola, Fata
me quedé flipada con el post. Mientras te leía, y conociendo la enorme sensibilidad que tenés, no podía imaginar otra cosa para tu experiencia que esto mismo que contás. Más que esto, no sé qué decir... además de añadir que estas cosas merecen un respeto absoluto, ya que abrir tu corazón de esta manero no es cosa de todos los días en un espacio de estos.

Lástima no haber podido vernos... aquí en Graná, el mar y tó lo demás.
Un gran, gran abrazo, con la seguridad de que la experiencia te ha echo crecer como un boabab y que el proyecto que sé que tenés, salga pronto. BESAZO :)

21/07/08 10:05".

Fata Morgana dijo...

A los fines de que los comentarios hechos en mi antiguo blog no se perdieran, he decidido agregarlos en la sección comments de este post, con mi gratitud hacia sus respectivos autores.


KY-BOY dijo:
Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

1. Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

2. De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.

3. Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.

4. El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y Su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

5. Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

6. Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

7. Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.

8. Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.


San Juan de la Cruz

21/07/08 10:31

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ABCD dijo:
"¿Quien coño te crees que eres?". Uno tendría que preguntárselo más a menudo sí. Pero hablando del yajé, es verdad que los desplantes y las alteraciones emocionales que produce te remueven como una coctelera, y realmente la toma no tendría mucho sentido si pensáramos solamente en lo que alucina, ya que eso es momentáneo, y lo que uno busca es una modificación cognitiva a largo plazo, cosa que sucede.
Gran post, muy bien contado todo, algunas cosas me sonaron familiares. Date tiempo y disfruta el resto del viaje, con esa capacidad de asombro que te devolvió el yajé y ahora sabes que tienes.
Un gran abrazo!
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CHINCHU dijo:
Tuviste mucha suerte de que nada más y nada menos que los de la "Societat X" (ejem) te incluyeran en su elenco, Hipatia... algo te habrán visto para que lo hicieran, así que nada de autocompasiones y adelante. No se me ocurre más, sabés que a veces soy un poco abrupto, pero la puerta que buscabas se abrió, ya habrán otras experiencias, otros experimentos, con ayahuasca o sin huasca, lo importante es que te animaste y te metiste con jeta por donde andabas buscando, te doy mi enhorabuena entonces, y a seguir empujando puertas herméticas ;)
Un besote.

CHINCHU