29.5.09

El Grial está ahí, delante de ti

Esto se lo escribí a un amigo de Colombia hace ya bastante tiempo:

Estando mejor, me daba cuenta de que en las mismas circunstancias uno puede ver las cosas de muy diferente manera. Quiero decir que no ha habido ningún cambio afuera desde la ayahuasca a hoy, lo que cambia en definitiva es la manera en que percibes la realidad.

Y él me respondió:
Precisamente se trata de eso, de mantener una posición de observador, de testigo permanente, procurando que el filtro de la realidad que es nuestro estado anímico permita permearla sin sesgos. Para eso hay que mantener ese filtro limpio, sin esos residuos o lastres que impidan contemplar todo el espectro, o por lo menos el mayor posible. Esto no significa que no debemos comprometernos emocionalmente, por el contrario, la vida se vuelve mucho más intensa pero con la clara conciencia de la permanente impermanencia, lo cual nos libera.

Ayer fue una jornada realmente curiosa para mí, ya que pasé por una media docena de estados de ánimo perfectamente discernibles y analizables por separado, no como suele sucederme a menudo, que las emociones quedan contenidas bajo un muro de apatía. En esta ocasión, la tristeza, por ejemplo, era tristeza en estado puro; la dicha, dicha pura; y otro tanto las demás. Lo tranquilizador fue que al encontrarme yo en la tristeza, en la pena, no sólo podía manifestarla libremente como pena, sino que al reconocerla como tal no tenía riesgo de confundirla, por ejemplo, con la ira, que es una emoción muy nociva y que, al menos en mi caso, funciona como catalizador a la vez que de barrera para evitar que se manifieste la pena, una emoción de la que suelo avergonzarme. Comprendí, después, que la ira es una emoción baldía -como la gramilla que ahoga el césped- y, que para colmo, en vez de filtrar la emoción original, la alimenta, con lo cual a ésta se le suman otras accesorias (la culpa, por ejemplo) que tras un análisis más o menos sencillo de la situación he llegado a la conclusión que parecen ser de naturaleza artificial. Es ahí, en el sitio de las emociones construídas artificialmente, donde actúa la cultura.
Si bien estoy en los prolegómenos de mi autoanálisis, una vez más resulta tranquilizador -muy tranquilizador, diría yo- saber que hay una parte de mí sobre la cual la cultura no puede influir. Se trata ahora de descubrir -en caso de que esto fuera posible- cuál es la emoción pura que me define (que no la que me gobierna) como ser humano, en este momento de mi vida.

Hace años, llorando a mares delante de una amiga, me dio por preguntarle entre hipos:
-¿Cómo hago para que deje de dolerme todo este amor?
Y ella, que es sabia, me dijo:
- Dándolo -. Se encogió de hombres. Ella también tenía los ojos empapados: - No tienes otra alternativa.

El Grial está ahí, delante de ti.

27.5.09

Jai guru deva om



Jai guru deva om.
Nada va a cambiar mi mundo.

26.5.09

Bancos del tiempo

Y yo, que soy una ingenua. Que siempre me había preguntado cómo se haría para vivir sin dinero. Hasta hace unos años pensaba que era la única orate capaz de imaginar un mundo donde se realicen transacciones sin intercambio de dinero. Si te lo piensas bien, sólo dos cosas necesita el bicho humano para seguir funcionando sobre el planeta en su instancia física: comida y vivienda. Hemos sobrevivido durante miles de años sin necesidad del dinero tal como le conocemos, hasta que llegó la agricultura: si yo tengo la tierra y el fruto y tú no, pues tú me das a cambio un bien abstracto al que otorgarle algún tipo de poder equivalente al valor del fruto.
Por eso me dan risa los new-ecologic defensores de la tierra a ultranza, ya que detrás de toda esa parafernalia de “tén la tierra” para salvar el alma de la opresión capitalista y toda la mar en coche, no hay más que hipocresía. Esa gente es tan capitalista como los que cotizan en bolsa; la diferencia es que en vez de especular con un bien abstracto escrito en cifras, especulan con la tierra. Aunque a muchos no les resulte conveniente ni agradable hablar de ello, éste es un orden ficticio.
El tiempo del trueque ha llegado (¿o más bien debería decir que ha vuelto?). Y he visto que no soy la única orate empeñada en ganarle la guerra al dinero. Como tengo vivienda y de momento no paso hambre -debería quitarme unos kilitos, la verdad-, me he apuntado a una nueva modalidad virtual (y real): el banco del tiempo. Gente que tampoco cree en la transacción convencional. Llevo un tiempo en ello, y me ha soprendido comprobar que no sólo se hace innecesario el dinero, sino que además la gente se apunta al libre ofrecimiento sólo porque le apetece; harta, quizá, de las relaciones basadas en una simple transacción cargada de metal. En el banco del tiempo rige la ley de la gauchada, el principio aborígen de: yo cebo el mate, vos hacés las tortas fritas. Hay de todo, como en botica, puedes ofrecer lo que quieras, y a cambio seguro que algo te darán. La única exigencia es que la transacción no esté basada en el dinero.
Para daros un ejemplo, anteayer necesitaba un fotógrafo: hoy ya tengo 3 ofrecimientos, y uno de ellos ¡vive en Manzanares el Real! La otra está en Santa Fe, Argentina (saludos, Marita) y da la “casualidad” que llega a España a mediados de junio. Prueba evidente de que hemos puesto la moneda de cambio en la punta de la pirámide, dándole un rango que no merece: el de la comunicación y el amor.
Saludos, amigos míos, los bancos del tiempo están por todas partes. Somos capaces de proveer a otros, también de proveernos, y todo lo que se necesita es una buena cuota de voluntad y otra de buen humor. También de buen amor.

9.5.09

Bendición

Existe una ciencia del espíritu que olvidamos cuando nos separamos de la Tierra. Los chamanes la conocen desde que existe la especie; ellos la recogieron mucho antes de que alguien le pusiera un nombre. Nuestra ciencia occidental, ¿cuántos años lleva sobre el planeta? Acabaremos llegando a las mismas conclusiones que ellos, pero sus nombres nunca saldrán en la Wikipedia (cuando eres parte de todo, no importan los nombres).

Entonces, sólo se me ocurre decir
gracias,
infinitamente.

5.5.09

Peregrino


Ayer mientras escribía Mushin II, tuve la tentación de extenderme más sobre las jaras, pero veo que Tula lo hizo un poco por mí en su comentario. Agradecida quedo, amigo mío, por haber captado la esencia, en la que no he querido extenderme para ir directamente al grano.
Sólo decir que siento un especial cariño hacia esta sencilla y a la vez espléndida flor salvaje de los montes, muy grande, que sin desprender un perfume ni de lejos tan precioso como el jazmín, suelta una resina muy olorosa que además de impregnarlo todo, me recuerda a la trementina, cuyo aroma me resulta embriagador. He leído además que, por su naturaleza restauradora de terrenos empobrecidos a causa de los incendios, la jara es hija del fuego. Curioso.
Bien, este mes comienzo mi formación en psicología transpersonal, y estoy contenta. También un poco abrumada. El año del búfalo se presenta movido; tengo por delante un largo proceso de renacimiento y pienso compartirlo por aquí y fuera de aquí, que para eso quiero formarme. El camino es largo; tedioso, jamás. No sé cómo puede haber gente que tenga planeada su vida de aquí a veinte años, y ya piensen en lo que cobrarán de jubilación sin haber llegado aún a los treinta. Antes de llegar, ya tienen comprada su parcela en la cima. Inclusive hay quienes pierden su capacidad de asombro antes de llegar a los veinte. Una vida basada en el cálculo.
El fracaso no existe; sólo la sensación del mismo nos convierte en seres pronosticados y pronosticables, incapaces de aprehender el infinito que vive en cada instante. Es la eterna historia del rey solo en su cima.
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p/d: algo que no os he contado: la foto de portada es un diente de león en su etapa floral de plumerillo, que en Argentina lleva el nombre vulgar de panadero. He visto que aquí los hay muy pequeños. Me gustó la habilidad del fotógrafo para captar la esencia de lo etéreo en algo tan sencillo.

4.5.09

Mushin II


Hoy fui a andar. Todas las jaras están ya completamente abiertas, y el sol brilla en Madrid. Bajé por el sendero que lleva al monte con destino a mi playa favorita, una a la que sólo voy entre semana, porque los fines siempre me la pillan.
En algún momento tuve el impulso de desviarme hacia el río. Sin saber muy bien por qué, me quedé viendo un estanque color ámbar, entre el manantial que baja de la montaña y las piedras que siembran el lecho. Como dijera Quevedo, el Manzanares es “un arroyo aprendiz de río”; y no sé por qué, siendo tan íntimo, el pobre se ha llevado tan malas notas entre algunos poetas. Yo, que vengo de ríos grandes, puedo garantizar que la grandeza no es garantía de poesía.
El agua saltando entre las rocas producía un rumor delicado, hipnótico, que me atrajo de manera instintiva. Las ondas irisadas del estanque se volvieron súbitamente sedantes. No es que anduviera nerviosa, de hecho me hallaba de excelente humor. Sólo puedo decir que ése, justamente ése, era el único lugar donde yo tenía que estar en ese momento (las palabras empiezan a resultarme insuficientes, diría que banales; las palabras empiezan a decepcionarme: ni hablar de sus teóricos). Así que tendí mi loneta mejicana y me senté. A orillas del río. Junto al estanque. Me lo pedía el cuerpo. Más que eso: me lo pedía algo.
No acostumbro meditar. Tengo amigos que meditan veinte minutos al día, y les envidio, porque yo no puedo. Mejor dicho, no podía hasta hace poco. Sin embargo, últimamente empieza a volverse una necesidad, y es que los beneficios de la meditación no se reconocen realmente hasta que se vuelven una necesidad natural y no una disciplina.
Que fue lo que me pasó hoy. La meditación es medicina natural, de ahí que haya quienes prefieran el yoga, la poesía, la música, o la simple contemplación de la naturaleza, a la terapia tradicional.
Pero, ¿qué hay cuando la sanación, sencillamente, sucede?
Antes de sentarme, dije en voz alta y al aire: Ésta es la frecuencia; y aquel rumor delicado, hipnótico, del río saltando entre las piedras de granito, me capturó como no recuerdo que me haya sucedido jamás. Aquel sonido masajeaba mi cabeza. No podría explicar en palabras lo que sucedió después: sólo puedo decir que el pensamiento desapareció. Quizá no totalmente, pero tengo la completa certeza de que cualquier cosa que estuviera pasando por mi cabeza en ese momento, cercana al pensamiento, no revestía de la menor importancia para mí.
¿Cómo puede haber pensamiento cuando eres tan feliz?
Observé toda la naturaleza, con sus árboles, sus piedras, su río, su rumor, su brisa y su rabioso cielo azul... y me pregunté: ¿Esto es un sueño, o es real? Sonreí, y mi sonrisa se me antojó ajena a la ya conocida, y completamente nueva.
Permanecí así, en actitud de infinito agradecimiento, durante un tiempo igualmente infinito, a la sombra de un chopo y con los rizos mecidos por la brisa, con la vista fija en las irisadas ondulaciones del río. No me dí cuenta de que, en efecto, había hallado la frecuencia, hasta que una sombra oscura se asomó a mi cara y me sobresaltó. No había nadie más allí, pero me pegué el gran susto de mi vida...
Sólo entonces supe que todo el rato había estado despierta.

No es cuestión de palabras. Sin embargo, las palabras han llegado hasta mí tal como yo quería: para ver que sólo son otro instrumento de una percepción mayor.