16.11.08

La sábana santa

Hace poco la Iglesia Católica tuvo que admitir públicamente -ora pro nobis- que la famosa Sábana Santa de Turín es un fraude.
Indudablemente, señores míos, los tiempos se acaban: la única pista de la que disponía el Vaticano, y toda la cristiandad, para probar la existencia de Jesucristo, es falsa. Absolutamente. La gran ironía es que la santa sábana perteneció a un hombre del medioevo que tuvo un final aciago, muy similar al que según relatan los textos bíblicos tuvo el pobre predicador de Nazareth.
La Iglesia Católica sucumbe a los resultados del mejor chiste de la historia. Y, lo que es peor, se lo gasta a si misma. Caso cerrado. Eso sí, que sobre las causas del fallecimiento y su coincidencia histórica con los métodos aplicados por la Santa Inquisición no se habla.

Lo cual no quiere decir que la sábana santa no exista. Yo, por lo menos, sigo creyendo que en alguna parte andará. Y ya sabeis que lo mío es la fe. O sino, mirad...

13.11.08

Abuelo Aguacolla II

Bien, sigo con el Abuelo bullendo por mis venas.
Más allá de mi experiencia personal, he de decir que ese día el Abuelo nos dio caña a todos, incluídos los guías. Hubo un momento, inclusive, en que llegué a sentir tanto en mis huesos como en mi cabeza que estaba canalizando el dolor de todo el grupo.
“¿Tú quieres saber de tu abuelo?”, me decía Aguacolla; “tu abuelo fue un hombre sabio; era sabio en lo suyo, él hizo lo que tenía que hacer y lo hizo bien. Pero no tiene que importarte tu abuelo ahora, porque tu abuelo está en el pasado y tú en el presente. Ahora tienes que aprender cómo ser sabia”.
Yo, que quería saber de mi abuelo, ahora sé tanto de él como tan poco de mí. La soberbia dá risa.
Llegamos a la pradera del Yelmo a eso de las dos y nos refugiamos en un vivac. Arriba brillaba el sol, pero hacía un frío que pelaba. El guía cogió su tambor y se puso a tocar. Cantamos, tomamos mate de coca y comimos un poco. El frío crecía y podía oirse hasta el más ligero murmullo; tanto, que hasta el ruido de las pisadas en el ripio sonaban a pisada de mamut. Luego se nos dijo que podíamos dar una vuelta y estar una media hora a solas, hasta el nuevo toque de tambor. Así que nos desperdigamos y cada uno elegió su lugar.
La pradera es enorme, y dio la casualidad que justo ese día habían subido tres caballos a pastar. Dos castaños y un tordillo. Un hecho curioso es que se nos acercaran alegremente como si nos conocieran de toda la vida. Yo me salí de la fila para ir hacia uno de los castaños, que venía hacia a mí a trotecito. Fue amor a primera vista. De inmediato se me pidió que no me saliera de la fila; pero el caballo me siguió hasta al vivac, y al ver que no le hacían caso se marchó.
Luego volvimos a vernos y dimos rienda suelta a nuestro romance de “qué bonito eres”, caricias y besos. Al tío le faltaba hablar. Tenía un pelaje precioso, brillante, muy suave. Su energía era completamente diáfana, como la de un niño de tres años, y noté que su inteligencia me partía en dos: mi ignorancia es infinita.
Al rato el caballo y yo nos fuimos cada cual por su lado -debo admitir que me costó un poco quitármelo de encima- y me senté en una de las piedras-dolmen que hay en la Pedriza para dejar una ofrenda. Una piedrecita que llevaba colgada del cuello desde hace unos… siete años (la comezón), y que ya empezaba a pesar. Naturalmente, me quedé con mi turqueza mexicana y me senté a ver el Yelmo, que se alzaba justo delante de mis narices. En uno de sus pliegues creí ver a la Sacerdotisa (segundo arcano del Tarot), enorme ella, con su manto azul grisáseo cayendo sobre la pradera en un ángulo de 40º.
Al principio me pareció impresionante, espléndida, pero luego vi que su rostro no era el de una mujer joven sino el de una anciana atenazada por la muerte. Me vino a la cabeza mi abuela paterna, de quien todo lo que recuerdo es justamente eso: el rostro gris de una mujer agonizante. Es el recuerdo más antiguo de mi vida. Ella falleció cuando yo tenía poco menos de un año, y antes de morir pidió verme, así que me llevaron. Pero al parecer yo me pegué un susto de muerte, nunca mejor dicho, así que mi madre me apartó. A los diez años yo preguntaba quién era esa mujer gris con el semblante lleno de sufrimiento, y sólo así me enteré de que era mi abuela. (Un consejo: nunca lleveis a un niño al encuentro con la muerte, no importa cuál sea el deseo del moribundo. Éste ya ha hecho su vida, el niño nisiquiera sabe distinguir entre una cosa y la otra. Sobre todo si el moribundo no tiene una buena muerte, el niño no debería presenciarlo. Es cosa de locos).
Me acerqué todo lo que pude para ver el rostro de la Sacerdotisa anciana, y supe que no era una Sacerdotisa, sino una beata. Una de ésas que van por los pueblos cotilleando vidas ajenas. Una tuerta cuyo único ojo sano, medio oculto bajo el velo, se dejaba insinuar enorme y desorbitado, horrorizado y muerto de miedo. Me la quedé viendo buen rato. Primero sentí lástima de ella, pero luego la desprecié y me alejé diciendo algo así como: “Vete al carajo, yo no soy como tú; yo no tengo miedo”.
Más tarde nos reunimos en el vivac hombres, mujeres y caballos. En eso a uno de los guías le dio por silbotear para hacerse el graciocillo, y todos nos echamos a reir. Pero a los caballos no les hizo ninguna gracia. Fue todo tan rápido que yo ni me enteré, porque estaba con mi caballo. Sólo sé que un momento más tarde uno de los compañeros estaba tumbado en el suelo cogiéndose el culo y chillando.
El pobre hombre no se podía ni mover: “Uy uy uy, es que me ha hecho daño, tío; me ha hecho mucho daño”, gemía. Primero hubo que cerciorarse de que todos sus huesos estuvieran en su sitio, que al parecer sí. Después una chica se ofreció para hacerle reiki, pero el tío, como es natural, no quería ni que le tocaran. ¿A quién se le ocurriría querer que le hagan un reiki después de una coz?
En eso el sol se ocultó de repente y empezó a nevar. Cuando el compañero coceado pudo levantarse, el guía ecuatoriano nos ordenó a todos que subiéramos a las piedras, porque los caballos -excepto el mío, será que tuve suerte- seguían molestos. Y las personas, acojonadas. Yo no entendía qué pasaba, para mí estaba todo bien. Magníficamente, diría yo. ¿Qué daño podían hacernos unos caballos, si son como chavalitos de tres años? Algo raro estaría pasando para que esos dos caballos se encabritaran sin ninguna razón...
Empezamos el descenso bajo la nieve. Los detalles prefiero reservármelos; no creo que cuenten y me quedo con lo bueno. Lo que sí puedo hacer, de todo corazón, es dejaros una cosa:

Recuerda siempre que tus pasos pueden determinar no sólo tu propio destino, sino también el de los que vienen detrás. Así que mira bien dónde pisas.

9.11.08

Alfa/Omega

Así es como empezó y es así como podría terminar. Igual dicen que todo depende del cristal conque se mire, así que...

Buenas noches, y hasta... otra.

Vídeo/post: Ashes and Snow- Feather to Fire, de Gregory Colbert

8.11.08

Vamos a andar

La montaña siempre está ahí, el que puede que no vuelvas eres tú.

Como ya os había adelantado, recientemente realicé una escalada en grupo a la Pedriza, habiendo previamente consumido un cactus alucinógeno llamado Sampedro. La persona que me invitó -un psicólogo madrileño con una larga experiencia tanto en plantas de poder como en sus efectos, y colega, además, de un importante investigador en la materia conocido tanto en Europa como en Sudamérica- ponía en su e-mail que íbamos a andar. Conociendo los rigores del clima en la montaña, el día anterior a la faena le envié un e-mail para preguntarle si en caso de lluvia se suspendería, a lo cual me respondió que de todas maneras pensaban hacerlo. Por suerte esa mañana amaneció relativamente soleado.
Si entrar en detalles de lo que sucedió, y a propósito de una conversación que tuve hoy con una amiga del pueblo y montañera de toda la vida, se me ocurre que no estaría nada mal hacer una breve reflexión sobre la ética que aplica cierta gente en el trabajo con las plantas de poder en contextos naturales. Hablamos de una experiencia realmente intensa y muchas veces peligrosa, donde las connotaciones románticas del chamanismo a la europea con supuestos “chamanes” originarios no está regulada ni controlada, porque naturalmente se sale de lo regulable. Y yo, que soy una loca que se va a la aventura, y que por muy entusiasta o muy desesperada me fío de cualquiera que tenga un título y se apoye en investigaciones comprobables, he descubierto esta vez que la búsqueda de la visión no me interesa lo más mínimo si ello constituye un peligro para mis huesos.
Cosa buena que pienso deberían tomar en cuenta quienes promueven este tipo de actividades, ceremonias, rituales, o como se llamen, antes de invitar a cualquiera bajo el rótulo erróneo de vamos a andar, sin advertir al incauto de que en realidad haremos una senda de 3 ó 4 horas en ascenso, es decir trepando -que no es lo mismo que andar- por una montaña granítica sin ningún tipo de agarre, y a la cual es mejor acudir bien equipado con botas de montaña, un buen anorak, una buena mochila y sobre todo un buen monitor, y no tan sólo un guía-chaval que todo lo que desea es tomarse un Sampedro para sentirse el león del desierto. Todo más si hay amenaza de lluvia o llovizna y la previsión meteorólogica -que yo no la miré, y creo que ellos tampoco- anuncia nevadas en alta o media montaña.
Lo que digo es que antes de realizar semejante experiencia -aunque llueva, y cualquier buen montañero sabe que salir a la montaña con mal tiempo no debe hacerse- nada cuesta explicar claramente al neófito el itinerario, no utilizar eufemismos (vamos a andar, que te jodan) y advertir de los posibles inconvenientes que podrían presentársele, a fin de que la experiencia resulte realmente fructífera y no una tortura de prueba-resistencia, y para algunos de nosotros, un papelón o un bochorno. Sin contar con los riesgos que corren los mismos organizadores, que por exceso de confianza, por temerarios o por ingenuos, acaban descubriendo que quizá deberían haber hablado claro antes de salir a la escalada, porque ya se sabe que si somos un grupo -una familia, en términos chamánicos-, si uno se queda varado nos quedamos todos, y esto tiene mucho que decir sobre la experiencia en un plano no ya material, sino en otro bastante más profundo.
Y si para colmo después de haber llegado a la base todo lo que hacemos es cogernos de las manitas y agradecer al apu montaña yan y a Dios y a María Santísima habernos devuelto sanos y salvos (bueno, casi) para luego págame los 50 euros y si te he visto no me acuerdo, pues yo no sé qué más puedo contaros, amigos míos, que no podais imaginar -además de las agujetas y que tanto el supuesto chamán como el Sampedro me pusieron de muy mala leche.
Sólo decir que la Pedriza es montaña a tomar en cuenta, que es fácil perderse y también es fácil romperse una pierna o los dientes, que hay mucho riesgo de que te pille una nevada en pleno descenso, que para alguien sin entrenamiento el descenso es difícil y peligroso, que el agua hace que el granito se vuelva patinoso como un cristal, y sobre todo, que cuando alguien dice que no puede más, es que no puede más, y de nada sirve soltarle un rollo en plan tú puedes, porque quizá esa persona realmente no pueda, y si tú no lo entiendes es que o eres estúpido o un temerario, con lo cual la experiencia podría acabar -suerte que no acabó- con un helicóptero del 112 rescatando a alguien con una pierna rota.
Eso sí, que 15 personas a 50 euros por cabeza son 750 euros en un solo día. No está mal. Pensándolo bien… creo que mañana me inscribo en el club de montaña, total lo tengo cerca, y como pienso seguir con esto de las plantas de poder, pss… veo que es buen negocio. Bien montado se tienen el chiringuito estos chamanes europeos.

Sol de Brujas, sobre la Pedriza- pobre, que ella, no tiene ninguna responsabilidad. Nosotros sí.