31.10.08

Dra. Jeckill & Miss Hyde

Estoy convencida de que no somos uno como conciencia, sino un conglomerado inconsciente de si mismo. Las plantas de poder nos ayudan a descorrer el velo, haciendo que el conglomerado se vuelva conciente. Lo que llamamos ego actúa como aglutinante de las múltiples entidades que conviven dentro de nosotros. En mi caso personal, hay una parte de mí que estuvo a punto de matarme. Pero repentínamente he tomado conciencia de que esa parte no es mía, que no me pertenece.
El que lea esto y quiera creerlo que lo crea; el que no y prefiera creer que voy colocada, está muy bien si quiere, y el que se sienta tentado a creer que podría tratarse de una psicosis, bienvenido sea también, que aquí estamos abiertos a todo. Al fin y al cabo, pss... este blog sólo intenta ser un diario público y no una cuidada bitácora literaria, como en su día lo fue El kosmonauta.
Tengo la certeza de que hay dos maneras de combatir al monstruo. Una es luchando contra él, y otra es potenciando la parte sana que las plantas de poder son capaces de mostrarnos -a veces muy dolorosamente, y otras de manera más amable. Yo elijo la segunda. En mi opinion, no es luchando contra el monstruo como se consigue la curación, sino potenciando el lado bueno, la chicha, lo que no puede ni podrá jamás ser dañado. Es decir, lo que soy.
El gran regalo de mis abuelos consiste en haberme enseñado a distinguir el uno de la otra. Ahora que lo sé, estoy preparada para el leñazo.
Creo.

30.10.08

Abuelo Aguacolla I



Esto que ven en la foto es el Yelmo, el risco mayor de la Pedriza. Fue tomada ayer por la mañana al llegar a la base, que se eleva 150 metros desde la pradera hasta la cima. La energía que hay allí es arrolladora.
Ayer supe que la Pedriza es macho y no hembra, como parece ser por su formas ondulantes y aparentemente suaves.
El abuelo Aguacolla -denominación indígena para el San Pedro, un cáctus que contiene mescalina y se bebe por infusión- nos acompañó a lo largo de la caminata de poder a los diecisiete que íbamos.
A esto se le llama también "búsqueda de la visión". Fue duro, pero me enseñó muchas cosas.
Los detalles se relatarán cuando logre reponerme de las agujetas.

24.10.08

Querida amiga

Para Sandra

Me decías esta tarde con todo el cariño que debería buscarme nuevos amigos, y yo te dije que no, que sólo busco gente con alma.
Me dijiste, también, que tus amigos son mis amigos; y yo te dije que no: que tus amigos son tus amigos, y no míos, ya que llegado el momento ellos no se mojarían por mí. Lo cual es comprensible porque yo nunca me mojaría por los amigos de mis amigos, sino sólo por mis amigos. Es decir por vos.
En tiempos de mi padre se decía que tener un amigo era como tener un tesoro. Hoy día debería decirse, más bien, que tener un amigo es como tener un trofeo. La amistad ya no pertenece a la esfera de lo privado sino que se ha vuelto un acto público a lucir. La amistad ya no es contertulio y confidencia, sino estar vinculado. Y yo, para estar vinculada de esa manera, la verdad es que prefiero la compañía de un buen libro, un árbol o una mascota.
Pero qué te voy a decir yo a vos que ya no sepas, amiga mía. Qué te voy a decir a vos, que sabés muy bien que el mundo está lleno de anacondas haciendo favores para salir en portada. Apadrinando, para que le dén la especial. O hundiendo al solitario, que cuando no hay testigos es fácil ejercer la cobardía con impunidad.
Qué te voy a decir yo a vos que ya no hayas visto en mí, y que sabés bien las veces que me he tenido que subir al tres de espadas para que no me dieran por detrás...
Porque cuando se ha perdido el alma y todo lo que queda es el trofeo, es de esperar que se haga el yo quiero porque puedo, aunque en el acto de hacerlo no muera tanto la víctima como el verdugo.
Así que… querida amiga mía, no me vuelvas a pedir que me busque nuevos amigos. Porque con vos me alcanza, y me honra ese tesoro que me dás. Yo no necesito lucirte como un trofeo, que para eso están los bares, las galerías de arte y las presentaciones. Y entre todas las cosas que te nombro, me basta con decirte que vos sabés muy bien que a mí todas esas pelotudeces me importan un carajo...
Porque amigo se dice muy fácil, sobre todo cuando se puede lucir. Decir persona, en cambio, son palabras mayores.

Gracias.

19.10.08

Pequeña negligencia médica

Hace dos días amanecí con la cara hecha un pan de pueblo. Ya al despertar y sin haberme visto aún en el espejo, noté que tenía el maxilar derecho muy inflamado, y que la inflamación me llegaba casi hasta el ojo. Al mirarme en el espejo deduje que se trataría de la muela que perdió el empaste la semana pasada. El típico flemón de toda la vida. De esos que te hacen recordar a la más odiada de tus tías, la que tenía unos mofletes a lo Mr. Magoo. Ideal para lucir un sábado por la noche.
Cualquier persona en su sano juicio lo que haría es ir al médico a que le ponga un antibiótico y un antiinflamatorio para que baje la infección. Que es lo que yo hice. Y es aquí cuando comienza una odisea que trataré de narrar a grandes rasgos, porque no quiero desperdiciar mi tiempo y mi energía en ciertos profesionales a quienes tanta gente defiende como si se tratara de una cofradía de seres iluminados: los médicos.
El indivíduo de mi ambulatorio -un chaval muy joven sin ganas siquiera de coger el boli, recuérdese que estamos hablando del sábado por la tarde- le echó un vistazo a mi boca y me dijo que no se veía flemón, que lo único que podía ponerme era un Ibuprofeno de 600 con dieta blanda. Mucho más tranquila -el médico sabe- regresé a mi casa y me tomé el intiinflamatorio. Por la noche me fui a un concierto de tango, donde la criatura que tenía debajo de la mejilla derecha recrudeció. Poco pude disfrutar del concierto, y mucho menos de los vinos argentinos que ofrecían a la postre.
Hoy por la mañana desperté con la cara de pan de pueblo y una inflamación que me impedía una visión completa. Vuelta al ambulatorio, donde me atendió el mismo muchacho del día anterior, que sin mover ni una pestaña y sin mostrar la más mínima empatía por mi dolor o mi fiebre, empezó a apuntar algo en una planilla y me recomendó acudir al Hospital La Paz para que me hicieran una placa. En mi ambulatorio no tienen aparato de radiología, y según pude comprobar hace unos días mientras acompañaba a mi madre en una visita de rutina al médico, cuando una mujer mayor se desplomó con un síncope ante nuestras narices, tampoco disponen de desfibrilador.
Como no tengo coche, cogí el autobus y me comí los 45 minutos de viaje hasta el La Paz. En recepción me tomaron los datos y me derivaron a la sala 2; pero al llegar a la sala 2 me dijeron que no era allí, sino en otra parte de Urgencias. Es decir que la tía de administración que me tomó los datos no sólo no tenía ni idea de qué me pasaba -y esto a pesar de haber visto la orden del médico del ambulatorio-, sino que me derivó al sitio equivocado. Media hora perdida.
Llego al pabellón donde supuestamente me verá el médico especialista y me apunto nuevamente en recepción. Un mundo de gente y una energía de la hostia, seres humanos enfermos y de mala leche, un calor insoportable y las típicas paredes de hospital color pis. Pero no me atiende un especialista, sino uno que se hace llamar filtro. El tío apunta mis datos en plan funcionario, le echa un vistazo a mi boca y me dice que no vé necesario tomar una placa, que no cree que haya infección y que va a ponerme un ibuprofeno.
Yo me quedo de piedra. ¿Cómo que no me va a tomar una placa?
Es que en el Hospital no se ocupan de casos de odontología y además a él no le parece que yo necesite nada más que ibuprofeno. Le pregunto si es una broma, porque llevo 24 horas tomando ibuprofeno y la inflamación, en vez de ceder, crece. Él me responde que me quede tranquila, ya que el que sabe es él, porque él es el médico, y que por favor comprenda, no discuta, y deje pasar al que sigue porque detrás de mí hay otros 234 pacientes en espera. Eso sí, aconseja, que como él es el filtro, va a derivarme a otro colega que me verá y hará una valoración seguramente similar a la suya, donde por supuesto no me harán una placa. El tiempo de espera para ver a su colega es de cuatro horas.
Me voy del Hospital echando leches. La fiebre crece, el autobus que no llega. Otros 45 minutos de vuelta a casa pensando en las hierbas apropiadas para bajar la infección: ¿aceite de ruda, quizá? Mi abuela decía que eso iba bien. O no, mejor un enjuague de agua con sal cada dos horitas, y por supuesto leche, mucha leche, que eso es lo que me sobra ahora mismo. ¿Alguien conocerá una curandera?
Al llegar al pueblo me encuentro con dos amigas que merecen el capítulo del sainete. Carmen, Nieves… saludos. Las dos horrorizadas, que qué te ha pasado en la cara. Ya casi llorosa, les cuento mis desventuras entre algodones, médicos que parecen funcionarios y placas que se niegan, y ellas, muy majas las dos, se ofrecen acompañarme al ambulatorio porque aquí sola ni caso que te hacen, hija. Después pude comprobar que tienen toda la razón.
Vuelta al ambulatorio y vuelta a tocar el timbre en urgencias. Esta vez tardan en salir. Al tercer timbrazo sale una muchachita joven a la que le comento, casi bisbeando, que vengo a echar cuenta de lo que me sucedió en La Paz, y que preciso, urgentemente y sea como sea, que me pongan un antibiótico. Curiosamente, llevaba en la mano un libro titulado Al trasluz de la ayahuasca, una investigación realizada por cierto reputado antropólogo, que por esas cosas de mi tremenda informalidad e ingenuidad a flor de piel no me dio por meterlo en el bolso porque llevaba uno pequeño, y además nunca creí que a esta señorita le diera por echarle un vistazo enojoso y por demás desconfiado. Lo llevaba encima para leerlo mientras viajaba en el autobus.
Pasando del libro, de su actitud defensiva y del calor asfixiante que hacía en el consultorio, le dí detalles de mi peripecia con su colega del hospital. Y no tuve la mejor idea que soltarle la siguiente frase:
- Me pasé por allí pero el tío se negó a hacerme una placa.
Entre ceremoniosa y ofendida, ella va y me suelta:
- El médico.
Me pidió el informe y se lo dí. Cuando supieron que me había largado antes de ver al especialista, tanto ella como el auxiliar me riñeron. Entonces empecé a narrarles la forma en que me había tratado el esperpento que se hacía llamar a si mismo filtro, y la manera en que minimizó mi caso, asegurando que su colega -en ningún momento se me dijo que se tratara de un especialista, ya que los especialistas no pasan consulta los fines de semana- no iba a añadir nada más a su ya rimbombante diagnóstico.
Intuyo que no me creyó, y además volvió a reñirme, insistiendo en aquello de por qué me había marchado. Que en ese informe había una orden de ver a un ¿otorrino? Que obviamente me tenía que ver el especialista en máxilofacial (por cierto: ¿vosotros sabeis si un otorrino y un maxilofacial son la misma cosa?). Que la culpa era mía por haberme marchado antes. Que lo más probable era que tuviera una infección machaza. Que un antibiótico no hace magia, y que seguramente tendrían que drenar mediante cirujía. Como broche de oro donde demostró claramente que en la escuela de medicina debió suspender una media docena de veces la asignatura de psicología, añadió que además podía darme una trombosis.
En cuanto al médico del La Paz, se mostró sumamente empática, y mientras muy a regañadientes y presionada tanto por mí como por mis dos saineteras amigas me extendía la receta de una antibiótico, le dio por decir que por ser domingo es probable que hubiera dado con un colega estresado.
- Está claro que un colega estresado - le dijo Nieves con su mejor cara de no haber roto un plato-, debería pedirse una baja.
Vamos, que lo que había empezado siendo una aparente inflamación sin importancia en un diente infectado se deslizaba ostensiblemente hacia una trombosis. Todo vale para ellos cuando se trata de guardarse las espaldas entre sí.
Pero la culpa seguía siendo mía. Mía, por haber exigido que me pusieran un antibiótico y me sacaran una placa, que es lo que haría cualquier facultativo responsable. Mía, por haberme marchado indignada de uno de los hospitales más grandes de Madrid, con las manos vacías, dolorida, maltratada, subestimada como paciente por un matasanos que mejor debería irse al Congo y reaprender la ciencia médica sin insumos, valiéndose nada más que de un estetoscopio y unas cuantas hierbas.
Porque al fin y al cabo de qué sirven los insumos y tanta inauguración con cintitas de colores del último gran hospital de alta tecnología si quienes lo gestionan son unos negligentes. De qué sirven las máquinas si los humanos se comportan como robots y convergen todos en una ética de autodefensa que convierte la medicina es una mafia alienante donde el paciente, si se queja, es un caso psiquiátrico al se le dá lexatín porque seguramente se tratará de un ataque de ansiedad (no digo que todos, pero si hay médicos incapaces de tratar a un ser humano como tal, no me extraña que confundan una infección en la mandíbula con un ataque de ansiedad).
Me pasó a mí, y más de una vez. Me viene pasando desde hace años, y todo lo que pueda poner aquí, es poco. Esto es lo que tenemos. Y yo sigo con mi infección.

18.10.08

Valor

Porque no puede haber nada mejor que vivir una vida libre, modesta y simple en una sociedad igualitaria. Me costó reconocer que esto no es más que un bello sueño; que la libertad es más importante que la igualdad; que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad; y que, si se pierde la libertad, nisiquiera habrá igualdad entre lo no libres.

- Karl R. Popper, Búsqueda del término.

12.10.08

Púlsar

Y yo sigo escuchando a Federico...
Con el olor de la hierba que se levanta por la noche, después de la lluvia.
Con lo inefable cebándose en una especie de tristeza (la pérdida del Edén; una putada).
El Dios en el que yo creía simplemente... ¡no existe!
Es mucho más grande (y quizá ni siquiera sea Dios).

Es.
Soy.
Somos.

10.10.08

Cuando sobran las palabras

Y eso que yo siempre las tengo a flor de labios; sólo que con ellos...



Vídeo/post: Tábula Rasa, de Arvo Pärt, con la compañía de danza de Miguel Robles

9.10.08

Buena mateada

A mi madre, matera vieja, por una hermosa tarde matera bajo los chopos.

Para los extranjeros es conveniente preparar el mate bien dulce y en lo posible, tibio. A nadie le apetece quemarse la lengua, todo más si la infusión fuera a probarse por primera vez. Yo aconsejo que además se le añada una cascarita de naranja y una pizquita de café. Pero lo que debe hacerse, antes que nada, es explicarle al neófito qué es lo que se va a hacer y cómo debe hacerse.
El mate es un brebaje cuya etimología, en lengua guaraní, significa yerba grande, o hierba grande. Naturalmente, en épocas de la llamada Conquista, la Iglesia Católica llegó a prohibir el uso de la yerba mate por considerarla una “hierba del demonio”. Normal, si se piensa en que los indígenas eran utilizados como mano de obra gratuita -que no barata- y las horas destinadas a la ceremonia eran robadas a las horas de trabajo. Se bebe en algunos países de Sudamérica, a saber: Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile.
El equipo de mate consiste en un termo con agua caliente, una calabacita de barro, latón o madera llamada mate (del término quéchua mati, calabacita para beber), y una bombilla de metal o pajita por la que se sorbe la infusión. También las hay en oro y en plata con piedras preciosas y semipreciosas, pero ésas no están al alcance de todos, y además queman, y mucho.
En el Uruguay, donde el matero suele ser nómade o trashumante además de sedentario, se dispone de un equipo de mate hecho a la medida del consumidor, una costumbre ya extendida inclusive por Argentina debido a la inmigración. En las ferias artesanales es posible encontrar entonces un equipo consistente en un estuche, generalmente de cuero y en ocasiones ricamente repujado, que se diseña para meter tanto el termo como el mate. Una especie de mochila en bandolera, muy práctica además, que sirve para llevarlo mientras el matero va andando. Aquí también los he visto.
Para quienes estamos habituados a la idiosincrasia matera, hablar de la mateada en sí como ritual es casi una tautología. Porque en su sentido más profundo, la ronda de mate o mateada es un ritual. Y como buen ritual -en sintonía, además, con el juego- consta de una terminología y unas reglas, sin las cuales no sería ni juego ni ritual. Tanto es así que decir que hay baile en palo, o baile en palito, es una clave para dar a entender al cebador que la yerba se ha aguado y las partes peor molidas suben a la superficie, con lo cual se hará necesario cambiarla. Claro que siempre después de beberlo, porque nada peor que rechazarle un mate a alguien: quedará claro que le rechazas a él. Y es ahí donde reside, justamente, el propósito del ritual: en compartir.
El cebador o anfitrión es quien organiza la ronda de mate, invitando a los contertulios, siempre con una finalidad amistosa. En Argentina, donde los muros lindantes entre casas suelen ser bajos (no en los llamados coutries, donde te ponen un paredón alto como un frontón), lo más habitual es ofrecer un mate al vecino si éste se apunta a una charla amistosa acerca de cómo está el tiempo. Y si entremedias hay chiste, está claro que no te quedará otro remedio que ofrecerle un mate. Si la mateada informal se prologa algo más de una hora, es probable incluso que el convidado te invite a su casa, donde se continuará la ronda, esta vez en manos del convidado. Si es así, es que ha nacido una amistad. Y son amistades que se prolongan por años. De hecho todavía la conservo con Quique y Vero, mis antiguos vecinos de Mar del Plata, cuya amistad empezó tal como la estoy contando, entre muros lindantes. Pequeños propietarios, como diría Arlt, pero sin rencillas.
Es una suerte tener amigos así. Como lo es, también, contar con una tradición y una manera de ser que no cambia porque cambien los vientos, las políticas y los nombres de las comunidades, sino porque hay algo que el ritual conserva, además de la conciencia inalienable de ritual, y es la confianza inspirada en el respeto por la tradición. Una tradición que obviamente no se racionaliza, pero que está implícita en la acción misma de matear. De ahí que se hable de rondas, donde el convidado se inclina hacia el cebador, y la ronda suela ser generalmente abierta a otros posibles convidados ante la pregunta de “¿Querés un mate?”, un gesto dador de invitación a la apertura. Lamentablemente, en épocas de crisis identitarias a nivel de especie, la apertura está cambiando y las rondas se reducen cada día más.
Otro detalle interesante es la confianza basada en la necesidad. Como ya he dicho antes, entre los materos se organizan rondas que pueden llevarse a cabo tanto en casa como en sitios públicos. Si se dice, por ejemplo “Vamos a tomar mate a la playa” no es lo mismo que decir “Vamos a la playa para tomar mate”. Primero es tomar mate; dónde, ya se decidirá. Debido a las circunstancias y por la razón de que una buena mateada puede demorar horas, es normal que el agua se acabe y sea necesario echar mano de alguien que te haga la gamba (no es terminología matera, pero puede entenderse como pedir un favor) para conseguir agua caliente en el primer bar que encuentres. A nadie se le ocurriría preguntarte para qué la quieres y jamás te la negarán, porque el agua es gratis; lo que sí es que podrían preguntarte cómo la quieres, muy caliente, medio caliente o tibia, porque hay para todos los gustos. Todo lo cual hace que el horizonte se amplíe y sepas que es posible contar con la colaboración de extraños para aquello de que la buena mateada se pueda prolongar.
Si el mate es en familia, lo más probable es que el cebador coincida con el dueño de casa, y si el cebador es persona muy mayor tén por seguro que no tendrás que decirle que hay baile en palito, porque lo sabrá. El diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo. Por viejo matero, más. Y según he podido observar en ciertas familias de costumbres todavía arraigadas, es la abuela o el abuelo el que suele iniciar a los niños, que se lo toman encantados, cuanto más dulce, mejor. Hay plena confianza en aquello que se comparte, y que no es sólo un brebaje, sino también parte de tí. No hay un mate con bombilla por cada comensal: la gracia consiste en compartirlos, tal como si fuera una pipa de la paz.
Por eso los enfermos de males contagiosos quedan excluídos, temporalmente, de la ronda hasta que se pongan bien. A nadie se le ocurriría compartir un mate con un griposo o un jettatore (gafe), pero es de esperar que si pretendes dar y recibir confianza estando sano, aceptes un mate como signo de integración y hospitalidad. Porque siempre y cuando me parezca que eres digno de fiar, yo me fío de ti.
¿Y tú?

Vídeo/post: José Larralde, el último gaucho vivo.

5.10.08

Final de la primera etapa

El conocimiento se diluye. Es evanescente.
Ahora, más que nunca, tengo la plena y dolorosa certeza de que soy el eslabón suelto de una cadena rota. Eso me dá también otra certeza: la de saber que la esencia del conocimiento no se irá.
Los que presumen de tener la tradición y el linaje son afortunados. Pero no deberían presumir de ello, sino agradecerlo. Más afortunado es quien habiendo perdido tradición y linaje los recupera dentro de si sabiendo que el peor enemigo del amor es el poder.
Difícil acertijo, que para algunos podría sonar inclusive soso. Sólo que, en determinadas circunstancias, los conceptos se convierten en certezas.
Así pues, declaro el día de hoy como el final de la primera etapa. Con el Sol en Libra, en el Equilibrio. O, más bien, en su búsqueda.

4.10.08

Infancia

Intentad abrir los ojos, intentad mirar ¡sólo mirar! Hay quien dice que es peligroso, pero es porque miran y piensan con palabras. Y lo importante es ver sin pensar, para poder pensar después. ¡Ver y pensar!, no se pueden hacer ambas cosas a la vez. Mira el árbol sin pensar. Mira todas las cosas vivas que no están hechas por el ser humano. Sólo míralas, eso es lo que digo a la gente joven. No hay que trastornarles con demasiados pensamientos. Es importante que los jóvenes salgan a los bosques, a la Naturaleza... ¡y miren! Eso es lo que deberíamos enseñar en las escuelas, además de pensar y nombrar...
- Albert Hofmann

Leo esto y me asalta un recuerdo antiquísimo.
En la escuela donde yo hacía la primaria había un enorme jardín al que se llegaba a través de una glorieta. Con lo grande que era el colegio, llegar hasta allí era toda una odisea; pero valía la pena si se piensa que una vez dentro nos metíamos bajo un árbol frondoso en forma de copa invertida, uno de esos en cuyo corazón de hondonada anidan niños y pájaros. Allí nos quedábamos el resto de la tarde, seguras de estar jugando un juego secreto cuyas reglas no se escriben con palabras. La sensación de estar ahí abajo era única, mejor que cualquier clase de lo que fuera.
No he vuelto a experimentar algo así en muchos, muchos años, hasta hace poco más de un mes, en el río y junto a un árbol casi tan mágico como aquél que conocí en mi infancia.
Ahora sé lo que significa. El acertijo ha sido desvelado.

2.10.08

Hoy

Esto es lo que me dijo el agua:

Escucha, pero sigue tu camino. Cuando sientas, no trates de explicarlo; sólo siente. Coge de cada uno lo mejor y descarta lo peor, y si no sabes bien qué escoger, simplemente espera: el tiempo de la elección llegará cuando tenga que llegar.
Hoy sé únicamente lo que tengas que ser.

Photo/post: La chopera, Manzanares el Real.