Disculpad la extensión de este post, pero nacer no es ni corto ni fácil.
El comienzoPodría escribirse un libro sobre todo lo que vi y me pasó la noche en que tomé la Juremahuasca. Doy fe. Y ojalá tuviera el talento de James Joyce para narrar con lujo de detalles, y minuto a minuto, mi odisea dentro y fuera de mí. Trataré, pues, de resumirlo lo mejor que pueda y con palabras -ya que es el único medio a nuestra disposición-, si bien muchas de mis visiones y experiencias están en el tiempo anterior a la formación del lenguaje, y prefiero reservármelas.
Éramos los mismos de la noche anterior en el temazcal, menos Antonella. Antes de la jurema se hicieron los rituales correspondientes y Jota fue sirviendo las pociones por turno. Primero me tocó a mí: una taza mediana, hasta arriba de ruda. Amarguísima. Y otra más, con la jurema.
Antes que nada, y sin ánimo de parecerme a esos esperpentos que aparecen en la tele y sueltan advertencias sensacionalistas, diré:
este post no es apto para lectores sensibles. Agarraos: el sabor de la jurema es lo más parecido a los jugos gástricos que haya probado jamás. Podría añadir algún detallín, pero tratándose de gente adulta, el resto lo dejo librado a vuestra imaginación.
El siguiente paso fue esperar dentro del inipi sentados, como corresponde, en círculo, alrededor de una vela y cada cual con su cubo, ya que la jurema es un purgante cuya finalidad es limpiarnos tanto física como espiritualmente, sea a través del vómito, sea a través de la defecación, sea a través de lo que sea.
Si bien es verdad que estaba acojonada, me sentía mucho más segura que en mi primera toma en la Fundación. Para empezar, se trataba de un grupo pequeño con el que empaticé desde el principio, y la sensación de estar realmente en contacto con la naturaleza (y no dentro de una sala de meditación tapizada de alfombras), sumado a mi curiosidad, hicieron, supongo, que me entregara a la experiencia en libertad.
Comenzaron los cánticos. Por momentos, crecía la tensión. No habían pasado ni diez minutos, que a Jota le da por vomitar. Al parecer, alguien que ya está limpio vomita casi de inmediato, si bien es verdad que la medicina hace su efecto igual. Luego le tocó el turno a Rosa, luego a David, y luego… creo que Jota apagó la vela; no lo recuerdo exactamente. Quedábamos por vomitar Andreu y yo. Estaba segura de que Andreu no vomitaría. Noté que se mantenía en posición de observador, y me recordó mucho a mí en mi primera toma de Ayahuasca (igual es sólo una impresión).
A la hora, sin embargo, llegué a la conclusión de que yo tampoco iba a vomitar. Inclusive se me habían quitado las náuseas, me había tumbado y ya empezaba a tener las primeras visiones. Surgían naturalmente, muy vívidas, bellísimas, llenas de color. Visiones nocturnas de animales marinos, de especies que existen actualmente y que no obstante me eran mostradas en los tiempos en que fueron creadas. Mejor aún: en el momento en que eran creadas. Pulpos, peces, lagartijas, serpientes, moluscos, iguanas, plantas subacuáticas, libélulas, corales, anémonas… Cada criatura encajaba perfectamente una junto a la otra, yuxtaponiéndose, en una trama maravillosa que ondulaba ante mis ojos como un tapizado que tuviera, no obstante, vida propia. Era un banquete vital a la vez perfecto y caótico, donde cada criatura ocupaba un espacio en el infinito entramado de la vida, comportándose, a la vez, de forma independiente. La vida en su estado puro, es decir, dándose vida a si misma en la fiesta silenciosa de la reproducción.
Me quedé embelesada viendo todo aquello -no sé si más embelesada que estupefacta o más estupefacta que embelesada- y en un momento me dio por abrir los ojos e incorporarme. El inipi me pareció altísimo. Estaba segura de que podía ponerme de pie dentro de él sin tocar el techo. No había notado que hubiera una lámpara de hierro colgada de allí, así que la toqué para cerciorarme de que no era obra de mi imaginación: ¿cómo podía tocarla, estando el techo tan alto?
Los cánticos proseguían, y yo no sabía si era Jordi, una grabación o si estaban sonando dentro de mi cabeza. Se lo pregunté y él me respondió que, en efecto, era una grabación, que estaba allí para acompañarme.
Mi mente comenzó a detenerse.
Los icaros
Lo noté porque no había manera de que pudiera localizar el reproductor de audio con la vista, y eso que había luz dentro de inipi. Estaba convencida de que Jota me gastaba una broma. Esa música no existe. Evidentemente, había cosas que yo no podía ver. Es más: había cosas que sólo podía ver dentro de mí. Como la música, por ejemplo.
Cuando entró la corriente de aire yo nisiquiera me sorprendí, sino que le sonreí tranquilamente. Es raro que entre una corriente de aire en una noche tan serena. Sea como fuere, estaba segura de que no era una corriente de aire cualquiera, sino una que venía a acompañarnos. Quizá la corriente de aire quisiera hacer el viaje con nosotros. Le dí la bienvenida por dentro, y ella ocupó su lugar junto a Jota, que se veía enorme, oscuro y ceremonioso. El techo del inipi, que más que techo era una cúpula iluminada desde fuera por la Luna, me pareció tan precioso como aterrador. Esto se está apoderando de mí, recuerdo haber dicho.
Hice una arcada, pero no conseguí vomitar.
Supe entonces que, por mucha resistencia que pusiera, mi mente iba a detenerse por cojones, y que la planta me llevaría a donde ella quisiera llevarme. Es más fuerte que yo, dije.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la música de los icaros. Esos hombres sabían exactamente lo que a mí me estaba pasando…¿o era que me inducían a viajar por ciertos lugares a su antojo? Si bien resultaba en todo momento tranquilizador, lo que yo no entendía era si los icaros me inducían a viajar o, siendo que mis visiones coincidían con el contenido de sus cánticos, esas voces sabían lo que estaba pasando por mi cabeza.
En cualquier caso, ignorar los icaros resultaba literalmente imposible. Era como si me hubiera montado a un carro y me llevaran, siendo el carro mi conciencia y el conductor los icaros; y aunque el viaje fuera sumamente agradable, no dejaba de parecerme a todas luces inquietante. Cuando mi cuerpo empezó a moverse al rítmo hipnotizante de los cánticos, me pregunté una vez más si era por obra de mi voluntad, o no. Me movía hacia los costados, hacia atras y hacia delante, y luego en círculos… Intenté dejar de moverme ¡pero no podía! Peor aún: si intentaba detenerme, los movimientos crecían y la sensación, antes placentera y de gran libertad, se volvía desagradable. Creí estar ejecutando una danza india.
Empecé a sentirme embotada, aturdida, extraña. Me pareció oir a Jota diciendo que la jurema había sido preparada con mi energía: Te sientes mareada… ¡y claro!¡esto es medicina!¿tú que te creías? Confusión. Y yo que siempre me había preguntado si con los enteógenos es posible alucinar con los ojos abiertos ¡resultaba que ahora le veía con los ojos cerrados!
Algo me cogió de la coronilla y tiró de mí hacia arriba, suavemente, pero con firmeza. Empezó a sonar un icaro en quéchua. Me sentí agradecida y más cerca de la tierra, libre, sin forma, y aún sin salir de mí, apareció ante mis ojos una talla gigantesca, de aspecto vegetal y al mismo tiempo pétreo, abandonada en la espesura. Supe, en ese instante, que era la talla de un guerrero, que era yo misma, y que los guerreros no van por la vida con la cabeza baja, sino en alto. Como supe también que en realidad ese guerrero no estaba abandonado, sino en lo alto de una sierra a cuyos pies se levantaba una grandísima ciudad. Estaba amaneciendo y todas las viviendas se veían iluminadas. La última vez que vi algo parecido fue el día en que llegué a España, lo cual me dejó un recuerdo imborrable: espigones iluminados, docenas de radiales sobre una lengua oscura e inmensa, al alba, sobre el mar.
Pero eso no era España, ni había espigones, ni yo estaba en un avión, sino flotando a gran altura, en el monte, junto al guerrero, en el amanecer de una próspera ciudad iluminada que se extendía al pie de un valle. Recuerdo haber pensado: ¿Cómo harán para iluminarse, si no tienen luz eléctrica?
Entonces mi perspectiva se puso en oblícuo y despegué. Volé a mucha altura sobre la ciudad. Vi un enorme ejército de hombres yendo a la guerra al atardecer, en la sombra y bajo un cielo de tormenta. Los hombres se volvieron hacia mí, me miraron, y poco a poco noté como se iban convirtiendo en muñequitos de barro o arcilla con cara de bobos. La maravillosa escena se transformaba en un cómic. Eso me dejó claro que tenía que bajar para enseñarles alguna cosa, que no podía quedarme allí arriba, tan lejos, sino compartir con ellos mi conocimiento. ¡Ajá, el poder!, pensé; es lo contrario del amor. Y otra vez me hallé en el inipi.
Jota me extendió su mano y yo se la cogí:
- Roxana, te hemos recuperado.
Las lágrimas
A partir de aquí mis recuerdos se confunden y me resulta especialmente espinoso narrar lo que vino. Llegué a sentirme, eso sí, muy mal, ya que nunca antes había experimentado realmente el poder alucinógeno de la medicina, no tanto, quizá, porque el preparado de la Fundación no fuera bueno; sino porque todavía no estaba lista para recibirlo.
Hubo un momento en que llegué a pensar que la única que viajaba era yo, ya que había perdido completamente el sentido del tiempo. Rosa estaba fuera disfrutando de la noche, David meditaba en posición yogui, Andreu ni se movía y Jota parecía dormitar. Yo viajaba, estando y no estando. En cualquier caso, estuviera donde estuviera no me hacía mucha gracia estar allí. Quiero decir que estar en dos lugares a la vez no resulta agradable. O quizá en tres. Porque estaba dentro de mí, fuera de mí y en el inipi.
Para ser precisa, la dimensión fuera de mí correspondía al estado de ojos cerrados, en cuyo caso se trataba de un orgiástico torbellino de visiones de todos colores, referentes al mundo animal y vegetal, por decirlo de alguna manera y para dar alguna referencia, como pudo describirlo Borges en El Aleph.
La dimensión en el inipi me presentaba a mis compañeros como seres por momentos amenazadores, por momentos burlones y por momentos reconocibles, a quienes pretendía llegar mediante el lenguaje, que ya empezaba a fallar. Además, cuando cerraba los ojos, el inipi se transformaba tanto, que hubo un momento en que no supe si lo que veía, lo veía realmente, o lo estaba haciendo a través de la conciencia.
Y la dimensión dentro de mí, que me hacía sentir increíblemente embotada y a la vez ligera. No hay límites, dije; y David saltó: ¿Cómo? Creí oir la pregunta: ¿En la realidad? Y yo respondí: No, en la realidad sí que hay. Después de eso recuerdo haberme echado a llorar.
El llanto me enseñó a entender varias cosas:
1) que cuando era niña no me permitían llorar porque los fuertes no lloran, y tanto, que con el tiempo yo misma me impuse el mandato de no llorar (o quizá lo llevara incorporado mucho antes de nacer);
2) que el llanto es una forma de energía sanadora, tan natural como cualquier otra; como pueden serlo, por ejemplo, las palabras, o la risa;
3) que cuando el corazón se rompe es preciso llorar para que éste se recomponga, pero en compañía;
4) que mi corazón es como es… ¡y es fantástico!
Éste fue mi primer contacto con los tiempos en que todavía no había palabras, y las formas de la naturaleza se expresaban al rítmo de las emociones. Hubo un tiempo -en mí, y en todos nosotros- en que no había palabras, sino sólo emociones. Las palabras funcionan como una barricada que impide visualizar las emociones tal como son, y yo las estaba visualizando a través de mis lágrimas.
Nunca creí que el llanto tuviera forma, color y movimiento. Recuerdo exactamente lo que sucedía mientras lloraba y mis lágrimas se convertían en salvas de color y de luz. Era que el dolor se convertía en dicha, porque la dicha original nunca había dejado de estar allí, cubierta de dolor, pero viva. Por primera vez en mi vida, conectaba conmigo misma realmente. Por primera vez me revelaba tal y como soy ante mí misma, y también ante los demás, gente a la que apenas conocía, y que no obstante me conocía. Sentí el poder de mi amor, de un amor que necesita se reconducido, pero que es perfecto tal como es.
La voz de Jota: ¡El corazón, así es el corazón!¡Hay que abrir el corazón! Roxana, cuando tú te sanas, me sanas a mí… Roxana, gracias. Yo no acaba de creérmelo:
- ¿Cuando yo me sano…?
- Sí, cuando tú te sanas, yo me sano.
Y yo de una pieza.
- ¡Roxana!
- Sí…
-Quiérete.
El vómito psíquico
No recuerdo en qué momento, si fue antes o después de mi extraño diálogo con Jota, que apareció Rosa por el inipi. La buena mujer hablaba de cosas que yo no entendía y me pareció que los demás se apuntaban al diálogo, en plan: ¿Qué tal la noche? Estupenda. Yo me sentía cada vez más pequeña y más confusa. Ella se volvió hacia mí y creo haberle oído decir: Tú eres una mujer con una gran, gran energía… ¡pero la conduces tan mal! Tienes que aprender a conducir esa energía. Parloteos, visiones, confusión. Roxana, eres una mujer muy valiente (¡ya lo creo!).
Fue el principio de mi descenso a los infiernos. Que se rieran, me hacía bajar más, y peor. Si miraba a Rosa, la veía como una bruja asomada a la puerta del inipi con la cara sonriente y no obstante sombría. ¿Qué quería esa mujer de mí?¿Se estaba burlando?¿O estaba complotada con los otros para hacerme algún tipo de daño? Si miraba a los chicos, les veía como a tres lobos hambrientos y de ojos fosforescentes a punto de saltar sobre mí. Así que los cerraba, y aparecían criaturas extrañísimas, pegajosas, tan hermosas como grotescas. Oí la voz de Jota diciendo alegremente: ¡David! Hemos encontrado a la mujer de fuego. El aire se volvía denso y malicioso dentro del inipi, haciendo que me sintiera oscura y espesa. Pensé que se reían de mí, y tuve miedo. No había por donde escapar.
Hice una arcada, sintiendo como esa cosa subía a través de mi esófago. Vomité.
Si recuerdo haber vomitado es porque sé que lo hice, pero estoy segura de no haber vomitado en estado conciente, sino en otro. En cuál, que me lo expliquen, si es que alguien puede. En cualquier caso, después de cada arcada necesitaba abrir los ojos y ver el vómito dentro del cubo, para cerciorarme de que realmente estaba vomitando, y sobre todo, que seguía estando allí.
No sé cuántas vidas vomité, pero han de haber sido muchas.
Resulta acojonante la manera en que nos aferramos a la negatividad. En ocasiones incluse llegamos a quererla. La negatividad (llámese hucha en quéchua, seres, demonios, karma en sánscrito, o lo que sea) puede ser asombrosamente seductora. Es más: el que lea este relato y crea que está libre de esa negatividad, se equivoca. Sólo los iluminados están libres de esas criaturas. Nosotros estamos a su merced constantemente. Las llevamos a cuestas sin saberlo. Y lo que es peor: las vamos sembrando a nuestro paso, también sin saberlo. El virus de la negatividad se expande como un reguero de pólvora a lo largo y a lo ancho del planeta.
Ahora comprendo un poco más la estrategia de ciertas artes marciales, donde en vez de aceptar el golpe, el experto esquiva (el intento) de agresión. Con el virus pasa esto: en vez de esquivarle astutamente, le combatimos, en la creencia de que así nos desharemos de él, cuando en realidad sólo le dejamos entrar. Y una vez dentro, ya me dirás tú cómo le sacas. El secreto del triunfo sobre el virus está, pues, no en combatirle, sino en neutralizarle.
Le pedí a Jota que me diera un paliativo, ya que al parecer después del vómito el efecto del preparado aumenta. Y yo me sentía fatal: básicamente, aplastada. Él no se hizo rogar y me pasó una botellita amarilla. Recuerdo que me sentía muy mareada, como desdoblada -tanto, que si hubiera querido salir del inipi no lo habría logrado-, pero aún así conseguí coger el frasco. Como pude, le eché un vistazo, lo abrí y me bebí un trago. No se me ocurrió olerlo antes, algo que seguramente hubiera hecho de estar sobria. Pero recordad que mi mente estaba ralentizada, y no podía razonar (ya veis que razonar no viene tan mal a la hora de saber, entre otras cosas, si vas a tomarte un veneno o no), con lo cual acabé bebiéndome una solución no ingerible llamada agua de Cananga, concretamente un perfume que se usa para ciertos rituales, incluída la jurema.
Después de tragarlo, miré a Jota horrorizada: ¡Esto es perfume!, chillé. Y él que no salía de su asombro: ¡Claro que es perfume!¡Pero no es para que te lo bebas, es para que te lo frotes! Como para reforzar sus palabras (que llegaron demasiado tarde), se pasaba las manos por los brazos. No tardé en vomitarlo, afortunadamente. ¿A quién se le ocurriría tomarse el agua de Cananga? ¡Pues a mí!
Bébeme, dijo el Veneno.
Algo tendría que decirme el agua de Cananga. Lo supe después de vomitarla, cuando volvieron las arcadas y la Cananga se apoderó de mí. De hecho, lo que yo llamo el vómito psíquico no llegó hasta después de que me la bebiera. Tuve que preguntar a mis compañeros qué era lo que había sucedido exactamente durante el vómito, porque no estoy segura de haber estado allí.
Para que tengais una idea, por cada arcada sentía que me vomitaba a mí misma. Las alucinaciones llegaban como un flash. Todo mi ser se desdoblaba, se retorcía, se daba vuelta a sí mismo como un calcetín, saliendo. Recuerdo haber sido empujada hacia fuera a través de un canal multicolor, rugoso, helicoidal, que sólo hoy he logrado identificar, quizá, como el ADN.
Para graficarlo: imagínate que te lanzan a muchísima velocidad dentro de un ascensor y te detienen de repente: bien, aquí estoy de nuevo, delante de mi cubo. Imagínate que el ascensor es translúcido y se desliza vertiginosamente a través de la corriente primaria de la vida, y que mientras bajas, una pantalla panorámica te va mostrando, con todo detalle, en cámara lenta y a todo color, el espectáculo más extraordinario que hayas visto nunca: tu propio nacimiento. No hablo de los típicos vídeos del feto nadando en líquido amniótico, sino de algo realmente difícil de poner en palabras.
Imagínate que mientras vomitas, sabes que estás naciendo, y que en el acto de nacer te estás pariendo a ti mismo, y que a la vez eres la vagina por la que empiezas a nacer. Y que mientras naces, te exorcisas.
El fuego
Poco a poco fui tomando conciencia de que quizá fuera necesario salir. El que me animó bastante para ello fue Jota, que era el único que quedaba en el inipi además de mí: Sal, Roxana, ve con los demás, ve hacia la vida, hacia el fuego… que es vida.
Me arrastré como pude fuera del inipi, me incorporé, tambaleé… Tuve muchas ganas de orinar, pero estaba muy oscuro y no me atreví a adentrarme en la maleza (finalmente terminé orinándome encima mientras estaba sentada en la hierba, con gran alivio de mi parte).
El fuego, debo ir hacia el fuego. Llegué tambaleando hasta la preciosa fogata que ardía desde el comienzo de la ceremonia, y me uní a los demás.
Entonces sentí que alguien a mis espaldas empezaba a masajearme. Me dí la vuelta, y al principio no vi a nadie. Luego noté que era Rosa y me tranquilicé. Pero tuve miedo, también, porque sus masajes me hundían, y pensé: ¿por qué esta mujer quiere hundirme?
En algún momento debo haber llegado a la conclusión de que no era así, porque me incorporé y la abracé. La abracé con todas mis fuerzas y con todo mi amor; tanto, que ella tembló. Aflojé mi abrazo y así nos quedamos largo rato, la una en la otra.
Tú eres parte de mí.
Esa noche supe que, al nacer, olvidamos quienes somos.
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Gracias, amigos míos. Gracias Conciencia Profunda por permitirme recordar. Gracias Gran Espíritu. ¡Ahó!