31.8.08

Mediterráneo


El cielo era una gran boca oscura llena de estrellas cayendo sobre un mar para los tuertos. Y yo estaba ahí, apoyada en la rambla de escayola, intentando ser vidente: ¿dónde terminaría uno y acabaría el otro?¿Sabrán nadar las estrellas?
Cuando ví que el Escorpión brillaba en toda su grandeza, con Antares en su flor de loto, supe que era buena señal. Así que me lancé a la playa. Once de la noche, y de lejos, pareciera que el chiringuito estuviera en llamas.
Pero no: son candelas clavadas en la arena. Docenas de candelas brincando entre cortinas de seda, esterillas, y la cítara de Nikhil Banerjee sonando en el equipo mientras la gente se bebe una copa tumbada en cojines de esparto. ¿Nikhil Banerjee?¿A quién se le habrá ocurrido Nikhil Banerjee justo esta noche? Sincronicidad.
Me quito las chanclas y me sumerjo en la arena. Tengo la saludable sensación de estar haciendo una travesura, con eso de permitir que el mar me lama los pies como una mascota. Con eso de que las estrellas se pronuncien en mi nombre aunque yo sepa tan poco sobre ellas, y ellas tanto sobre mí. Y deben saber, porque hacía mucho tiempo que no me sentía así de pequeña. Ni tan inmensa.

Mediterráneo, agosto de 2008

30.8.08

Integración

Arte y curación eran uno solo en la época de los chamanes, porque no existía el arte como tal. El arte no era una actividad separada de la comunicación con los espíritus y el acceso al poder y la sanación de enfermedades. Con los cambios graduales de la cultura humana, la especialización fue haciéndose cada vez más extrema. En las sociedades agrícolas, cierta gente hacía arte y cierta gente se concentraba en la curación. Arte y curación se fueron separando, hasta convertirse en disciplinas específicas. Aquel que hacía arte pasó a llamarse "artista", y "sanador" el que hacía curación. Pero el componente esencial que se conserva en arte y curación es la reconexión de arte y ciencia. El arte y la ciencia se distanciaron cuando fue necesario el conocimiento, para dar lugar a la medicina moderna. La ciencia se concentró entonces en la lógica lineal, separada de la práctica individual. El arte, la espiritual y la ciencia se distanciaron. La investigación nos ha demostrado que la persona que ora, la persona que hace arte y la persona que cura tienen la misma fisiología, el mismo patrón de ondas cerebrales y el mismo estado de conciencia.
Michael Samuels- Creatividad Curativa (1998)


La ilustración que estais viendo es una técnica mixta de 50x70 cm, de estilo naïf, realizada entre el 15 y el 28 de agosto de este año. Podría decirse que es mi primera ilustración después de mis experienicas con ayawuaska, y la primera en tres años. Lo cual es muy significativo para mí.
Si bien la imagen intenta reproducir, humildemente, parte del universo ayawaskero (por desgracia mi cámara no coje los detalles ni la profundidad de color del original; así que tendré que darle un toque de photoshop cuando lo tenga) hay en ella mucho de la imaginería edénica de mi infancia. Lo que resulta ser fiel al ciento por ciento, es la distorsión del espacio y la sensación de caos en búsqueda de armonía; de ahí el título: Integración.


28.8.08

Lo otro

Estoy realmente perpleja. Tanto es así, que decidí crearme este blog a fin de usarlo de bitácora vital para mi nuevo periplo a partir de mis experiencias con la ayahuasca. Para los que me conoceis, deciros solamente gracias por haberme acompañado en El k-osmonauta, habiéndome obsequiado con el regalo de vuestra lucidez y que, ajenos a la planta o no, habeis llenado de color y conocimiento mis horas por entonces todavía grises. Para los que recién empezais a conocerme, deciros también gracias por devolver mis comentarios en vuestros blogs y no blogs, y ofrecerme, desde vuestra experiencia, más conocimiento aún, desde otras perspectivas, todas enriquecedoras para mí, que soy una neófita en cuestiones enteógenas.
Cuando digo que estoy perpleja es que, ciertamente, lo estoy. Para empezar, siento que la planta todavía está dentro de mí y que me revela información a través de los sueños, algo que me resulta tan fascinante como perturbador. La experiencia de volver a nacer, como ya lo decía en el otro post, no es ni corta ni fácil, tanto más si la causa que te lleva a elegir una alternativa tan “radical” -en términos ortodoxos- como la ayahuasca, es una emergencia espiritual. Solemos relacionar la palabra emergencia con urgencia en un sentigo negativo, cuando en realidad el sustantivo proviene del verbo emerger. Y cuando el espíritu siente la urgencia de emerger… agárrate.
En mi caso, la emergencia empezó hace unos doce años. Sin entrar en detalles que me llevarían a un post tres veces más largo que Jurema II, diré que todo comenzó mientras me fumaba un cigarro tumbada en una escollera de cara al Atlántico, en una costa muy lejos de ésta. Algo me arrastraba imperiosamente a cortar amarras, con todo. Todo a lo que puede aspirar una burguesa de clase media, yo lo tenía y con creces. La materia, desde luego, estaba cubierta. Lo afectivo parecía que también. Lo que no estaba cubierto era lo otro.
Pero, ¿qué era lo otro?
Mi emergencia espiritual me llevó a cargarme un matrimonio, dos casas (bueno, una y media), una profesión, una cuenta bancaria… diría, casi, que me abandoné al exilio. Sin embargo, no puede haber peor exilio que aquel en el que te exilias de ti misma. Y como es natural cuando crees saber lo que quieres pero ni el entorno ni tu estructura cognitiva son los adecuados para que se realice tu deseo -y sobre todo, cuando el ambiente es tóxico-, primero me frustré y luego me enfermé. Y me enfermé fiero. Yo se lo contaba a mi gente por teléfono, y ni se lo creían ni podían entenderlo. Sabiendo que no lo entenderían jamás y que ya estaba demasiado lejos de todo aquello (no hablemos del Corralito, que por cierto a mí ni me tocó; y si lo aclaro es porque la gente suele regirse por tópicos), tuve que quedarme aquí. Sacar fuerzas de donde no tenía. Seguir excavando.
El punto más álgido del camino iniciático resulta ser que, en algún punto y nunca se tiene muy claro cuándo, de tanto excavar puedes irte por la alcantarilla.
Entonces emergió lo otro. Me encontró medio muerta en la impronta de lo que alguna vez había sido una herida verdadera; en la callosidad que dejan los cortes profundos que ya no sangran, ni duelen. Cuando llegas ahí sólo tienes dos alternativas: o cambias, o te quitas de en medio. Yo pasé por ahí, sé de qué hablo. Todo el valor que me faltó para ser honesta conmigo misma en el momento de la deflagración -que fue responsabilidad mía, y de nadie más-, lo tengo ahora para ser honesta con vosotros, en un ejercico de sinceridad que me sirve además de revisión.
La ayawuaska me ha devuelto suavemente a las orillas de mi corazón. Al recuerdo de lo que era, de lo que fui, de lo que siempre he sido, y que siempre he tenido tanto miedo de admitir:
libre.


27.8.08

Piedras en el camino

Como le decía hoy a un amigo:
Ahora veo claramente que el camino está lleno de piedras.

Antes también las veía. Siempre las ví. La diferencia es que ahora tengo fuerzas para esquivarlas. O, en su defecto, hacer con ellas lo que tenga que hacer. Incluso algunas hasta podría tallarlas.

La mejor lección que me dieron en el colegio fue:
La energía no se crea ni se destruye; se transforma. Y hasta las piedras más agudas pueden tallarse… siempre y cuando haya voluntad.

No es que no me importe que el camino esté lleno de piedras. De hecho me preocupa, y mucho. Sin embargo… insisto: también podría tallarlas. Seguro que para cada piedra habrá una solución, sea buena o mala… seguro que la hay. Siempre y cuando pueda yo seguir existiendo, y no haciéndome la loca con la idea de que, seguramente, la que debería quitarme de en medio soy yo.

22.8.08

Jurema II: Nacer

Disculpad la extensión de este post, pero nacer no es ni corto ni fácil.

El comienzo
Podría escribirse un libro sobre todo lo que vi y me pasó la noche en que tomé la Juremahuasca. Doy fe. Y ojalá tuviera el talento de James Joyce para narrar con lujo de detalles, y minuto a minuto, mi odisea dentro y fuera de mí. Trataré, pues, de resumirlo lo mejor que pueda y con palabras -ya que es el único medio a nuestra disposición-, si bien muchas de mis visiones y experiencias están en el tiempo anterior a la formación del lenguaje, y prefiero reservármelas.
Éramos los mismos de la noche anterior en el temazcal, menos Antonella. Antes de la jurema se hicieron los rituales correspondientes y Jota fue sirviendo las pociones por turno. Primero me tocó a mí: una taza mediana, hasta arriba de ruda. Amarguísima. Y otra más, con la jurema.
Antes que nada, y sin ánimo de parecerme a esos esperpentos que aparecen en la tele y sueltan advertencias sensacionalistas, diré: este post no es apto para lectores sensibles. Agarraos: el sabor de la jurema es lo más parecido a los jugos gástricos que haya probado jamás. Podría añadir algún detallín, pero tratándose de gente adulta, el resto lo dejo librado a vuestra imaginación.
El siguiente paso fue esperar dentro del inipi sentados, como corresponde, en círculo, alrededor de una vela y cada cual con su cubo, ya que la jurema es un purgante cuya finalidad es limpiarnos tanto física como espiritualmente, sea a través del vómito, sea a través de la defecación, sea a través de lo que sea.
Si bien es verdad que estaba acojonada, me sentía mucho más segura que en mi primera toma en la Fundación. Para empezar, se trataba de un grupo pequeño con el que empaticé desde el principio, y la sensación de estar realmente en contacto con la naturaleza (y no dentro de una sala de meditación tapizada de alfombras), sumado a mi curiosidad, hicieron, supongo, que me entregara a la experiencia en libertad.
Comenzaron los cánticos. Por momentos, crecía la tensión. No habían pasado ni diez minutos, que a Jota le da por vomitar. Al parecer, alguien que ya está limpio vomita casi de inmediato, si bien es verdad que la medicina hace su efecto igual. Luego le tocó el turno a Rosa, luego a David, y luego… creo que Jota apagó la vela; no lo recuerdo exactamente. Quedábamos por vomitar Andreu y yo. Estaba segura de que Andreu no vomitaría. Noté que se mantenía en posición de observador, y me recordó mucho a mí en mi primera toma de Ayahuasca (igual es sólo una impresión).
A la hora, sin embargo, llegué a la conclusión de que yo tampoco iba a vomitar. Inclusive se me habían quitado las náuseas, me había tumbado y ya empezaba a tener las primeras visiones. Surgían naturalmente, muy vívidas, bellísimas, llenas de color. Visiones nocturnas de animales marinos, de especies que existen actualmente y que no obstante me eran mostradas en los tiempos en que fueron creadas. Mejor aún: en el momento en que eran creadas. Pulpos, peces, lagartijas, serpientes, moluscos, iguanas, plantas subacuáticas, libélulas, corales, anémonas… Cada criatura encajaba perfectamente una junto a la otra, yuxtaponiéndose, en una trama maravillosa que ondulaba ante mis ojos como un tapizado que tuviera, no obstante, vida propia. Era un banquete vital a la vez perfecto y caótico, donde cada criatura ocupaba un espacio en el infinito entramado de la vida, comportándose, a la vez, de forma independiente. La vida en su estado puro, es decir, dándose vida a si misma en la fiesta silenciosa de la reproducción.
Me quedé embelesada viendo todo aquello -no sé si más embelesada que estupefacta o más estupefacta que embelesada- y en un momento me dio por abrir los ojos e incorporarme. El inipi me pareció altísimo. Estaba segura de que podía ponerme de pie dentro de él sin tocar el techo. No había notado que hubiera una lámpara de hierro colgada de allí, así que la toqué para cerciorarme de que no era obra de mi imaginación: ¿cómo podía tocarla, estando el techo tan alto?
Los cánticos proseguían, y yo no sabía si era Jordi, una grabación o si estaban sonando dentro de mi cabeza. Se lo pregunté y él me respondió que, en efecto, era una grabación, que estaba allí para acompañarme.
Mi mente comenzó a detenerse.

Los icaros
Lo noté porque no había manera de que pudiera localizar el reproductor de audio con la vista, y eso que había luz dentro de inipi. Estaba convencida de que Jota me gastaba una broma. Esa música no existe. Evidentemente, había cosas que yo no podía ver. Es más: había cosas que sólo podía ver dentro de mí. Como la música, por ejemplo.
Cuando entró la corriente de aire yo nisiquiera me sorprendí, sino que le sonreí tranquilamente. Es raro que entre una corriente de aire en una noche tan serena. Sea como fuere, estaba segura de que no era una corriente de aire cualquiera, sino una que venía a acompañarnos. Quizá la corriente de aire quisiera hacer el viaje con nosotros. Le dí la bienvenida por dentro, y ella ocupó su lugar junto a Jota, que se veía enorme, oscuro y ceremonioso. El techo del inipi, que más que techo era una cúpula iluminada desde fuera por la Luna, me pareció tan precioso como aterrador. Esto se está apoderando de mí, recuerdo haber dicho.
Hice una arcada, pero no conseguí vomitar.
Supe entonces que, por mucha resistencia que pusiera, mi mente iba a detenerse por cojones, y que la planta me llevaría a donde ella quisiera llevarme. Es más fuerte que yo, dije.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la música de los icaros. Esos hombres sabían exactamente lo que a mí me estaba pasando…¿o era que me inducían a viajar por ciertos lugares a su antojo? Si bien resultaba en todo momento tranquilizador, lo que yo no entendía era si los icaros me inducían a viajar o, siendo que mis visiones coincidían con el contenido de sus cánticos, esas voces sabían lo que estaba pasando por mi cabeza.
En cualquier caso, ignorar los icaros resultaba literalmente imposible. Era como si me hubiera montado a un carro y me llevaran, siendo el carro mi conciencia y el conductor los icaros; y aunque el viaje fuera sumamente agradable, no dejaba de parecerme a todas luces inquietante. Cuando mi cuerpo empezó a moverse al rítmo hipnotizante de los cánticos, me pregunté una vez más si era por obra de mi voluntad, o no. Me movía hacia los costados, hacia atras y hacia delante, y luego en círculos… Intenté dejar de moverme ¡pero no podía! Peor aún: si intentaba detenerme, los movimientos crecían y la sensación, antes placentera y de gran libertad, se volvía desagradable. Creí estar ejecutando una danza india.
Empecé a sentirme embotada, aturdida, extraña. Me pareció oir a Jota diciendo que la jurema había sido preparada con mi energía: Te sientes mareada… ¡y claro!¡esto es medicina!¿tú que te creías? Confusión. Y yo que siempre me había preguntado si con los enteógenos es posible alucinar con los ojos abiertos ¡resultaba que ahora le veía con los ojos cerrados!
Algo me cogió de la coronilla y tiró de mí hacia arriba, suavemente, pero con firmeza. Empezó a sonar un icaro en quéchua. Me sentí agradecida y más cerca de la tierra, libre, sin forma, y aún sin salir de mí, apareció ante mis ojos una talla gigantesca, de aspecto vegetal y al mismo tiempo pétreo, abandonada en la espesura. Supe, en ese instante, que era la talla de un guerrero, que era yo misma, y que los guerreros no van por la vida con la cabeza baja, sino en alto. Como supe también que en realidad ese guerrero no estaba abandonado, sino en lo alto de una sierra a cuyos pies se levantaba una grandísima ciudad. Estaba amaneciendo y todas las viviendas se veían iluminadas. La última vez que vi algo parecido fue el día en que llegué a España, lo cual me dejó un recuerdo imborrable: espigones iluminados, docenas de radiales sobre una lengua oscura e inmensa, al alba, sobre el mar.
Pero eso no era España, ni había espigones, ni yo estaba en un avión, sino flotando a gran altura, en el monte, junto al guerrero, en el amanecer de una próspera ciudad iluminada que se extendía al pie de un valle. Recuerdo haber pensado: ¿Cómo harán para iluminarse, si no tienen luz eléctrica?
Entonces mi perspectiva se puso en oblícuo y despegué. Volé a mucha altura sobre la ciudad. Vi un enorme ejército de hombres yendo a la guerra al atardecer, en la sombra y bajo un cielo de tormenta. Los hombres se volvieron hacia mí, me miraron, y poco a poco noté como se iban convirtiendo en muñequitos de barro o arcilla con cara de bobos. La maravillosa escena se transformaba en un cómic. Eso me dejó claro que tenía que bajar para enseñarles alguna cosa, que no podía quedarme allí arriba, tan lejos, sino compartir con ellos mi conocimiento. ¡Ajá, el poder!, pensé; es lo contrario del amor. Y otra vez me hallé en el inipi.
Jota me extendió su mano y yo se la cogí:
- Roxana, te hemos recuperado.

Las lágrimas
A partir de aquí mis recuerdos se confunden y me resulta especialmente espinoso narrar lo que vino. Llegué a sentirme, eso sí, muy mal, ya que nunca antes había experimentado realmente el poder alucinógeno de la medicina, no tanto, quizá, porque el preparado de la Fundación no fuera bueno; sino porque todavía no estaba lista para recibirlo.
Hubo un momento en que llegué a pensar que la única que viajaba era yo, ya que había perdido completamente el sentido del tiempo. Rosa estaba fuera disfrutando de la noche, David meditaba en posición yogui, Andreu ni se movía y Jota parecía dormitar. Yo viajaba, estando y no estando. En cualquier caso, estuviera donde estuviera no me hacía mucha gracia estar allí. Quiero decir que estar en dos lugares a la vez no resulta agradable. O quizá en tres. Porque estaba dentro de mí, fuera de mí y en el inipi.
Para ser precisa, la dimensión fuera de mí correspondía al estado de ojos cerrados, en cuyo caso se trataba de un orgiástico torbellino de visiones de todos colores, referentes al mundo animal y vegetal, por decirlo de alguna manera y para dar alguna referencia, como pudo describirlo Borges en El Aleph.
La dimensión en el inipi me presentaba a mis compañeros como seres por momentos amenazadores, por momentos burlones y por momentos reconocibles, a quienes pretendía llegar mediante el lenguaje, que ya empezaba a fallar. Además, cuando cerraba los ojos, el inipi se transformaba tanto, que hubo un momento en que no supe si lo que veía, lo veía realmente, o lo estaba haciendo a través de la conciencia.
Y la dimensión dentro de mí, que me hacía sentir increíblemente embotada y a la vez ligera. No hay límites, dije; y David saltó: ¿Cómo? Creí oir la pregunta: ¿En la realidad? Y yo respondí: No, en la realidad sí que hay. Después de eso recuerdo haberme echado a llorar.
El llanto me enseñó a entender varias cosas:
1) que cuando era niña no me permitían llorar porque los fuertes no lloran, y tanto, que con el tiempo yo misma me impuse el mandato de no llorar (o quizá lo llevara incorporado mucho antes de nacer);
2) que el llanto es una forma de energía sanadora, tan natural como cualquier otra; como pueden serlo, por ejemplo, las palabras, o la risa;
3) que cuando el corazón se rompe es preciso llorar para que éste se recomponga, pero en compañía;
4) que mi corazón es como es¡y es fantástico!
Éste fue mi primer contacto con los tiempos en que todavía no había palabras, y las formas de la naturaleza se expresaban al rítmo de las emociones. Hubo un tiempo -en mí, y en todos nosotros- en que no había palabras, sino sólo emociones. Las palabras funcionan como una barricada que impide visualizar las emociones tal como son, y yo las estaba visualizando a través de mis lágrimas.
Nunca creí que el llanto tuviera forma, color y movimiento. Recuerdo exactamente lo que sucedía mientras lloraba y mis lágrimas se convertían en salvas de color y de luz. Era que el dolor se convertía en dicha, porque la dicha original nunca había dejado de estar allí, cubierta de dolor, pero viva. Por primera vez en mi vida, conectaba conmigo misma realmente. Por primera vez me revelaba tal y como soy ante mí misma, y también ante los demás, gente a la que apenas conocía, y que no obstante me conocía. Sentí el poder de mi amor, de un amor que necesita se reconducido, pero que es perfecto tal como es.
La voz de Jota: ¡El corazón, así es el corazón!¡Hay que abrir el corazón! Roxana, cuando tú te sanas, me sanas a mí… Roxana, gracias. Yo no acaba de creérmelo:
- ¿Cuando yo me sano…?
- Sí, cuando tú te sanas, yo me sano.
Y yo de una pieza.
- ¡Roxana!
- Sí…
-Quiérete.

El vómito psíquico
No recuerdo en qué momento, si fue antes o después de mi extraño diálogo con Jota, que apareció Rosa por el inipi. La buena mujer hablaba de cosas que yo no entendía y me pareció que los demás se apuntaban al diálogo, en plan: ¿Qué tal la noche? Estupenda. Yo me sentía cada vez más pequeña y más confusa. Ella se volvió hacia mí y creo haberle oído decir: Tú eres una mujer con una gran, gran energía… ¡pero la conduces tan mal! Tienes que aprender a conducir esa energía. Parloteos, visiones, confusión. Roxana, eres una mujer muy valiente (¡ya lo creo!).
Fue el principio de mi descenso a los infiernos. Que se rieran, me hacía bajar más, y peor. Si miraba a Rosa, la veía como una bruja asomada a la puerta del inipi con la cara sonriente y no obstante sombría. ¿Qué quería esa mujer de mí?¿Se estaba burlando?¿O estaba complotada con los otros para hacerme algún tipo de daño? Si miraba a los chicos, les veía como a tres lobos hambrientos y de ojos fosforescentes a punto de saltar sobre mí. Así que los cerraba, y aparecían criaturas extrañísimas, pegajosas, tan hermosas como grotescas. Oí la voz de Jota diciendo alegremente: ¡David! Hemos encontrado a la mujer de fuego. El aire se volvía denso y malicioso dentro del inipi, haciendo que me sintiera oscura y espesa. Pensé que se reían de mí, y tuve miedo. No había por donde escapar.
Hice una arcada, sintiendo como esa cosa subía a través de mi esófago. Vomité.
Si recuerdo haber vomitado es porque sé que lo hice, pero estoy segura de no haber vomitado en estado conciente, sino en otro. En cuál, que me lo expliquen, si es que alguien puede. En cualquier caso, después de cada arcada necesitaba abrir los ojos y ver el vómito dentro del cubo, para cerciorarme de que realmente estaba vomitando, y sobre todo, que seguía estando allí.
No sé cuántas vidas vomité, pero han de haber sido muchas.
Resulta acojonante la manera en que nos aferramos a la negatividad. En ocasiones incluse llegamos a quererla. La negatividad (llámese hucha en quéchua, seres, demonios, karma en sánscrito, o lo que sea) puede ser asombrosamente seductora. Es más: el que lea este relato y crea que está libre de esa negatividad, se equivoca. Sólo los iluminados están libres de esas criaturas. Nosotros estamos a su merced constantemente. Las llevamos a cuestas sin saberlo. Y lo que es peor: las vamos sembrando a nuestro paso, también sin saberlo. El virus de la negatividad se expande como un reguero de pólvora a lo largo y a lo ancho del planeta.
Ahora comprendo un poco más la estrategia de ciertas artes marciales, donde en vez de aceptar el golpe, el experto esquiva (el intento) de agresión. Con el virus pasa esto: en vez de esquivarle astutamente, le combatimos, en la creencia de que así nos desharemos de él, cuando en realidad sólo le dejamos entrar. Y una vez dentro, ya me dirás tú cómo le sacas. El secreto del triunfo sobre el virus está, pues, no en combatirle, sino en neutralizarle.
Le pedí a Jota que me diera un paliativo, ya que al parecer después del vómito el efecto del preparado aumenta. Y yo me sentía fatal: básicamente, aplastada. Él no se hizo rogar y me pasó una botellita amarilla. Recuerdo que me sentía muy mareada, como desdoblada -tanto, que si hubiera querido salir del inipi no lo habría logrado-, pero aún así conseguí coger el frasco. Como pude, le eché un vistazo, lo abrí y me bebí un trago. No se me ocurrió olerlo antes, algo que seguramente hubiera hecho de estar sobria. Pero recordad que mi mente estaba ralentizada, y no podía razonar (ya veis que razonar no viene tan mal a la hora de saber, entre otras cosas, si vas a tomarte un veneno o no), con lo cual acabé bebiéndome una solución no ingerible llamada agua de Cananga, concretamente un perfume que se usa para ciertos rituales, incluída la jurema.
Después de tragarlo, miré a Jota horrorizada: ¡Esto es perfume!, chillé. Y él que no salía de su asombro: ¡Claro que es perfume!¡Pero no es para que te lo bebas, es para que te lo frotes! Como para reforzar sus palabras (que llegaron demasiado tarde), se pasaba las manos por los brazos. No tardé en vomitarlo, afortunadamente. ¿A quién se le ocurriría tomarse el agua de Cananga? ¡Pues a mí!
Bébeme, dijo el Veneno.
Algo tendría que decirme el agua de Cananga. Lo supe después de vomitarla, cuando volvieron las arcadas y la Cananga se apoderó de mí. De hecho, lo que yo llamo el vómito psíquico no llegó hasta después de que me la bebiera. Tuve que preguntar a mis compañeros qué era lo que había sucedido exactamente durante el vómito, porque no estoy segura de haber estado allí.
Para que tengais una idea, por cada arcada sentía que me vomitaba a mí misma. Las alucinaciones llegaban como un flash. Todo mi ser se desdoblaba, se retorcía, se daba vuelta a sí mismo como un calcetín, saliendo. Recuerdo haber sido empujada hacia fuera a través de un canal multicolor, rugoso, helicoidal, que sólo hoy he logrado identificar, quizá, como el ADN.
Para graficarlo: imagínate que te lanzan a muchísima velocidad dentro de un ascensor y te detienen de repente: bien, aquí estoy de nuevo, delante de mi cubo. Imagínate que el ascensor es translúcido y se desliza vertiginosamente a través de la corriente primaria de la vida, y que mientras bajas, una pantalla panorámica te va mostrando, con todo detalle, en cámara lenta y a todo color, el espectáculo más extraordinario que hayas visto nunca: tu propio nacimiento. No hablo de los típicos vídeos del feto nadando en líquido amniótico, sino de algo realmente difícil de poner en palabras.
Imagínate que mientras vomitas, sabes que estás naciendo, y que en el acto de nacer te estás pariendo a ti mismo, y que a la vez eres la vagina por la que empiezas a nacer. Y que mientras naces, te exorcisas.

El fuego
Poco a poco fui tomando conciencia de que quizá fuera necesario salir. El que me animó bastante para ello fue Jota, que era el único que quedaba en el inipi además de mí: Sal, Roxana, ve con los demás, ve hacia la vida, hacia el fuego… que es vida.
Me arrastré como pude fuera del inipi, me incorporé, tambaleé… Tuve muchas ganas de orinar, pero estaba muy oscuro y no me atreví a adentrarme en la maleza (finalmente terminé orinándome encima mientras estaba sentada en la hierba, con gran alivio de mi parte).
El fuego, debo ir hacia el fuego. Llegué tambaleando hasta la preciosa fogata que ardía desde el comienzo de la ceremonia, y me uní a los demás.
Entonces sentí que alguien a mis espaldas empezaba a masajearme. Me dí la vuelta, y al principio no vi a nadie. Luego noté que era Rosa y me tranquilicé. Pero tuve miedo, también, porque sus masajes me hundían, y pensé: ¿por qué esta mujer quiere hundirme?
En algún momento debo haber llegado a la conclusión de que no era así, porque me incorporé y la abracé. La abracé con todas mis fuerzas y con todo mi amor; tanto, que ella tembló. Aflojé mi abrazo y así nos quedamos largo rato, la una en la otra.
Tú eres parte de mí.

Esa noche supe que, al nacer, olvidamos quienes somos.
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Gracias, amigos míos. Gracias Conciencia Profunda por permitirme recordar. Gracias Gran Espíritu. ¡Ahó!

18.8.08

Ser vegetal

Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comais del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá.

-Pío Baroja (El árbol de la ciencia).

17.8.08

A propósito de un e-mail

Esta mañana recibí un e-mail muy curioso de una amiga preocupada por, según sus propias palabras, “mi bienestar actual”. Al parecer ha estado leyendo Fata Morgana y ha llegado a la conclusión de que mi estado mental está en peligro (y eso que todavía no leyó mi viaje con Jurema, que está ya en desarrollo y será publicado más adelante). Me ha reprochado, inclusive, haber dejado El kosmonauta del azulejo para mudarme aquí. No entiende que hay etapas que se queman y terminan. “Tén cuidado con las sectas”, me dice; “mira que esta gente se aprovecha de la gente vulnerable como tú; hoy día hay mucho timador, ya me entiendes”.
Cómo si yo no lo supiera…
Conozco a esta persona y sé que es buena mujer. Inclusive le agradezco que se preocupe, ya que en las mismas circunstancias habrá quien lo piense y no lo exprese -sea por escepticismo, sea por desidia, sea por lo que sea- pero ella se ha atrevido, lo cual me mueve a reflexión. Y no sé qué pensareis vosotros, pero que alguien mueva a reflexión en estos tiempos ya es cosa a tomar en cuenta.
Sólo decirte, amiga mía, que mi intención no es entrar en polémica contigo sino contar mis experiencias, en un intento de hacer un ejercicio de sinceridad que me ponga en contacto primero conmigo misma, y luego con vosotros. Sé que eras sincera en tu e-mail, y lo valoro, pero también debo decirte que te equivocas. Ni estoy en una secta ni mi estado mental está en peligro. Si he de decirte la verdad, nunca estuve más cerca de la cordura que ahora; y lo único que espero es que me dure.
Antes, cuando estaba loca, yo no vivía en la Tierra sino en otro lugar. Estaba desconectada de mí. Quizá lo que vaya a decirte te parezca tonto, pero ahora, cuando voy por la calle, miro el cielo y me siento. No tengo ninguna prisa, pase lo que pase, ya que lo que tenga que pasar, pasará. Y si no, también. No hay ningún romanticismo en ello, sino puro pragmatismo.
Nos empeñamos en retorcer la naturaleza a nuestro antojo, como si nos perteneciera, como si no tuviera voluntad y conciencia propias. La tratamos como tratamos al poliestireno expandido y a los circuitos integrados, y lo que es peor, proyectamos esa dinámica a todos los seres de la naturaleza, empezando por nosotros mismos. Hacemos usufructo de la naturaleza de la misma manera en que hacemos usufructo del ser humano. Esto es algo que tú sabes tan bien como yo. Te digo más: es algo que sabemos todos, y sabemos que no está bien. ¿Por qué, pues, seguimos haciéndolo?¿No será que lo sabemos pero no lo sentimos, y aún así nos encanta hablar sobre ello, aunque después las cosas sigan tal cual?
Saber y sentir deberían ser la misma cosa. Esto es lo que hemos olvidado.
Entonces, cuando alguien decide inventigar-se, surjen las suspicacias. Y la suspicacia tiene su residencia fija en la razón. Por eso El kosmonauta del azulejo te gustaba más (que lo aprecio, créeme, porque a mí también me gusta), y por eso piensas que he perdido la razón. Quizá no te equivoques: un loco es alguien que está más cerca de la razón de lo que creemos. De hecho, la razón nos desconecta de la naturaleza. La razón interpreta la naturaleza, impidiendo que ésta nos llegue tal cual es, e impidiendo que tú te veas tal cuál eres. Sin tu decodificador mental. Es decir, sin tu software, el mismo que piensa que por tomar ayahuasca o jurema o decir "¡ahó!" en lugar de "amén" puedo estar metida, por ejemplo, en una secta.
Te equivocas. Veo que confundes medios con fines, y que quizá necesites formatear tu software. Piénsatelo.
Un beso.

15.8.08

Urbanita en el temazcal


Llegué a la casa de Jota el domingo pasado por la noche. Me fue a recoger a la estación del Villafranca del Penedés con dos amigos más, y a la media hora ya empezaba a sentir que la historia estaba escrita antes de llegar. Cosa rara. Es como cuando dices “yo a estos ya les conozco”, y luego piensas “calla, deja ya de tonteras”.
Una casa rústica en medio de la montaña- concretamente una masía algo antigua, tiene unos mil años-, sin luz exterior. No suelo ser tan arrojada. Quiero decir que en otras circunstancias me hubiera cortado mucho, pero yo me sentía como si estuviera en casa, y a la vez dentro de uno de esos sueños en los cuales vuelves a encontrarte con viejos amigos. Supe que pasara lo que pasara, sólo tenía que dejarme llevar.
Todo muy sencillo, “a la criolla”, como diríamos en Argentina. Luego el tío va, me presenta a su familia, coge una silla, se me sienta delante y me suelta lo del temazcal. Y yo que ni sabía lo que era un temazcal. Pues nada, entonces, a mí los saunas me sientan fatal. Se me baja la tensión, no soporto el calor… Además ¿a quién se le ocurriría meterse en un sauna en agosto? Y eso que él pensaba que a mí iba a encantarme la idea; pero no: en principio yo iba por la medicina india, lo del temazcal era ya otro cantar. Lo malo, dijo, era que sin temazcal no podía haber medicina. O jurema, que es una variedad de la misma, aunque más purgante. Es decir, que con la jurema vomitas, o vomitas. Y tanto, que no me dí cuenta de la importancia que tiene el temazcal hasta después de haber probado la jurema.
Al ver que no había alternativa, acepté el desafío del temazcal y nos fuimos todos para el campo, siguiendo un sendero tan sólo iluminado por la luna y nuestra propia intuición. Que en mi caso resultó ser un fiasco, ya vereis por qué.
En la zona señalada para la ceremonia había un iglú construído con unas ramas y cubierto con una lona y unas cuantas mantas, una fogata, y una bandera de algo ondeando en la brisa. Hacía fresco.
Nos reunimos todos en torno al fuego y Andreu se puso a tocar el digeridoo. Mientras las piedras se cocían, David le acompañaba de vez en cuando con un pandero. Como sólo nos alumbraba el fuego, tuve la impresión de que la naturaleza-hasta el momento, en sombras- formaba un gran masa compacta que nos contenía como un gran útero. Descubrí que la oscuridad es la frontera de mi temor. Y ahora sé que siempre ha sido así. Es natural: muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de guiarnos en la oscuridad sin más elementos que nuestros propios sentidos. ¿Cómo se guiarían nuestros antepasados antes de que alguien, por obra de la casualidad y en beneficio de la comunidad, descubriera el fuego? Misterio.
Antes de entrar en el iglú (inipi), Jota nos preparó uno a uno mediante un ritual. Mi única preocupación era cómo iba a hacer yo para entrar por la diminuta puertecita. Nunca pensé que dentro habría un agujero -lo dijeron, pero lo olvidé- y que al entrar me rompería la crisma.
Y de pronto ahí estaba yo, medio dentro y medio fuera, toda despatarrada y chillando porque acababa de romperme la crisma contra el agujero. Rosa, que ya estaba dentro, me lo advirtió cuando ya era demasiado tarde. Creí que me había roto los dientes o asunto similar, sin embargo -parecía- sólo se trataba de un raspón, así que tras las consabidas comprobaciones de que no me había roto ningún hueso, ningún diente, ninguna nariz, se prosiguió con la ceremonia.
Una vez dentro, y ya todos acomodados alrededor del aciago agujero, Jota empezó a cantar y el clima se volvió muy acogedor. Mientras David iba introduciendo las piedras candentes dentro del agujero, los cánticos crecían.
Cuando ya estuvieron todas -creo que son siete- se cerró el inipi y nos quedamos en completa oscuridad. Crecía el calor. “Bien”, pensé; “si llego a desmayarme, sólo espero que no sea dentro de agujero, no vaya a ser cosa que además me cueza”. No tenía donde reclinar la espalda, ya que los contornos del inipi son de lona y el suelo estaba muy duro y desparejo.
Y yo que siempre había soñado con hacer un ritual a lo indio, pero de verdad… ya empezaba a descubrir mis limitaciones de urbanita occidental: ¡diablos!¿dónde está el respaldo?¡y el suelo es de tierra!¿qué tal si hay hormigas? Y de las rojas, que pican. Peor aún: ¡arañas!
Una catarata invisible de agua aromatizada iluminó las piedras, de evidente textura porosa, con una salva de estrellas diminutas. Ya no era sólo el calor lo que crecía, sino también el vapor. Creí que me asfixiaba. Aunque el perfume resultaba embriagador, también es verdad que el aire empezaba a quemar. Puerta.
Salimos al aire fresco de la noche, agradeciendo -al menos yo- su existencia. En el temazcal son cuatro puertas, al parecer una por cada elemento.
En la segunda se hicieron invocaciones y se repitió una vez más el ritual del agua aromatizada con incienso, mirra y madera. Más vapor, más calor y más supervivencia. A estas alturas ya no pensaba en las hormigas (que las quiero, sí, las quiero, pero no me apetece que me piquen), ni en las arañas, sino en mis rodillas, que ardían. Me tumbé en el suelo, y agradecí a la tierra que me sostuviera. Resiste. Si hace mucho tiempo hubo otros que lo hicieron ¿por qué no iba a hacerlo yo? Todo lo que sobra, se tira. Puerta.
Salimos al aire fresco de la noche y nos metimos en la piscina. Más que una piscina, un estanque de agua de manantial. Regresamos al inipi y nos preparamos para la tercera puerta. A estas alturas las hormigas habían dejado de importarme, definitivamente; y no creía que después de haberme roto la crisma contra el agujero, las arañas -si es que habían- se atrevieran conmigo a tan altas temperaturas. Luego pensé en el tiempo que llevan sobre la Tierra y me sentí absurda. Soy un sápiens sápiens ¿tecnológicus?, pero no puedo con mis rodillas. Me arden. Me duelen. Resiste. Si hace mucho tiempo hubo otros que no perdieron sus rodillas ¿por qué iba a perderlas yo? Invocación. Puerta.
No recuerdo haber salido del inipi en la tercera puerta, y ahora sé -o creo saber- que fue por la tierra. Lo que recuerdo, eso sí, es haber agradecido una vez más al aire su existencia. Respira. Y, oh: no estoy sola. ¡No estoy sola! ¿Por qué me lo olvido tan a menudo?¿Por qué olvido que yo necesito de ellos y ellos de mí? Agua, salva de estrellas, sonajeros, panderos, cánticos. La alegría de nuestro guía me sacaba del sopor, invitándome a resisitir: Cuando crees que todo ha terminado, es que todo vuelve a empezar. Por cada gota que me salpicaba del torrente, mi cuerpo era puro agradecimiento. Intenté cogerme de una rama del inipi, pero ardía. Me pregunté, entonces, cómo era posible que resistiera yo. Invocación. Cuando llegó mi turno, dije: Agradezco al sudor que me limpia. Y cinco voces respondieron al unísono: ¡Ahó!
Puerta.
Salimos del inipi tambaleando, aliviados, ligeros, limpios. Hubo quien se fue a celebrar a la piscina, pero yo preferí quedarme junto al fuego. Ésa fue la primera vez que el fuego me trajo de regreso.

13.8.08

Jurema I


Para mis amigos y hermanos del Bolet (los visibles y los invisibles).

No hay bien ni mal: hay vida. El espíritu y la materia no van por cuenta propia: son la misma cosa. La voluntad de la naturaleza es inquebrantable: no puede haber quebrantamiento en el dínamo eterno del ciclo vida-muerte, sino sólo celebración y éxtasis. Esto es así porque tiene que ser así, porque siempre ha sido así, y porque seguirá siendo así hasta que se acabe, y vuelva a empezar.
Ciertamente, la Naturaleza es bella, pero también monstruosa: de otra manera ¿cómo podría ser tan exhuberante? Por eso, aunque haya dualidad, todo es Uno en el caos de la luz y la oscuridad, y la única verdad rotunda es que no es que la vida tenga o no un sentido, sino que sea, y punto. La búsqueda del sentido parece ser una limitación impuesta por la mente, que separa, que limita, que construye fronteras artificiales, asfixiando el instinto.
El dios glóbulo se está pariendo a si mismo a cada instante, y nosotros, y todos los seres que hay sobre la Tierra y fuera de la Tierra, los visibles y los invisibles, nos estamos pariendo a cada instante a través de él. También está muriendo, para que la vida continúe. Esto es perfecto. Es como tiene que ser. Es básico, sencillo, profundo y aterrador.
Todo esto me lo contó la Abuela.

4.8.08

Vida/muerte/vida

Construyo mi primer espejo con esta frase de Milan Kundera:
Le fastidiaba la pequeñez que hacía de la vida una semivida y de las personas semipersonas. Quería poner su vida sobre la balanza en cuyo otro platillo está la muerte. Quería que cada uno de sus actos, que cada uno de sus días, que cada hora y cada segundo fueran capaces de dar su talla frente a la medida máxima que es la muerte.

Benditas sean las dos.

3.8.08

Matad al toro

El pueblo donde vivo huele a sangre. Llevan ya tres días encerrando becerros, persiguiendo vaquillas y matando toros con gran pompa, celebrando la sangre del tótem con fiestas nocturnas, pasodobles, bandas de grandullones pesados como mastondontes, y comilonas en la casa de mi prima la del pueblo.
Por la mañana, a eso de las nueve y media o diez, sale la charanga y va por las calles despertando a la peña con sus tambores y trompetines de corte militar: ¡Hala!, levantaos que ya es hora, que comienza la fiesta... Matad al toro.
Por la tarde el aire ya huele a sangre. Es una sangre invisible que se filtra entre los garitos de los gitanos, los chiringuitos grasientos hasta arriba de garrapiñadas y de chorizo, los peluches que sirven de trofeo a los tiradores de tiro al blanco, los juguetes fosforescentes que venden los chinos en la plaza, las peinetas de las marujas disfrazadas de damas cañís que elijen la sombra en los palcos, y los telones que adornan el escenario donde por la noche se celebrará, a rítmo de coplas, tangos y batucadas... el triunfo del hombre sobre la bestia.
Pero antes, la sangre bajará desde el ruedo hasta el casco del pueblo y se instalará allí, mojándolo todo sin hacerse notar, con el empecinamiento ancestral de una especie que sabe que ha venido al mundo sólo para morir.
Por eso yo nunca me lo paso bien la primera semana de agosto; y sobre todo si es domingo, estoy francamente triste. ¿Cómo podría sentirme bien, en un pueblo que huele a sangre? Nunca me gustaron las películas en blanco y negro, a menos que sean buenas.
Habrá que esperar al martes, que la fiesta se termina de una buena vez. Habrá que ver como la gente hace su cola en la plaza del pueblo con sus platos y sus cacerolas, se monta su mesa, y empieza la eucaristía del guiso de toro con patatas (becerro, en realidad, ya que la carne de toro no se come: después de la lidia se vuelve tóxica). Palas mecánicas transladarán el manjar desde la Iglesia hasta la plaza en grandes paelleras humeantes. Y a comer.
Doy fe.


2.8.08

Sobre el amor

(Últimamente me resulta mucho más fácil sentir que escribir).
Me engañé a mí misma, creyendo que alguien se había llevado algo que era mío; pero nunca lo hizo. Hoy por la mañana, al despertar, descubrí que esos sentimientos siempre fueron míos, y que mi capacidad de generarlos sigue intacta. Ya no duele tanto saber que, en su momento, alguien no les prestara atención: ¿por qué iba a hacerlo, si esos sentimientos eran míos? Resulta difícil de entender, pero su comprensión es no obstante liberadora.
Yo me negaba a volver a amar por miedo a los daños colaterales, y aunque eso siga siendo posible, me siento bendecida por conservar el valor de seguir amando. El que espera recibir a cambio en la misma medida, ama muy poco, y el precio de amar muy poco sabemos bien cuál es: el cálculo, la suspicacia y la soledad.
Amar sin cálculo no es asunto de pordioseros emocionales, sino de valientes. No creo que sea cuestión de santos: las personas más libres que existen son aquellas que aman naturalmente, sin que en al acto de amar medie lo que llamamos voluntad, ya que cuando ésta interviene estamos haciendo un esfuerzo, y siempre que se hace un esfuerzo no hay alegría en el acto de amar, sino un ansia de retorno.
Amar con aviso de retorno.
Amar con evidencia de futuro (¿cómo puede haber evidencia de algo que todavía no existe?)
Amar en su justa medida.
Amar dando siempre un poco menos.
Amar con el tiempo.
Amor correspondido.
¿Por qué no, amar por amar? Y sobre todo: amar por amar sabiendo que por ser mía esa capacidad -y no el destinatario, cosa que suele confundirse bastante y es lo que, creo, conduce al sufrimiento- me pertenece, me engrandece, y me hace libre para seguir amando porque sí, porque me apetece, porque quiero, porque me gusta, y sobre todo, porque me hace profundamente feliz.

Mamá laxante

El mundo entero ha aplaudido esta aria durante más de 200 años. Lo que yo me pregunto es: ¿cómo pueden sentimientos tan mezquinos haber inspirado algo tan bello? Conociendo los versos, perversidad y belleza se unen en Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen como el agua y el aceite en un mundo desconocido. Lo conocido, es la sospecha de que ciertas madres han sido, siguen y seguirán siendo siempre las gestoras de un sistema que en vez de nutrir, intoxica.


Vídeo: La flauta mágica, de Wolfang A. Mozart