30.7.08

Al otro lado de la Tierra


Soñé que estaba en una casona rural junto al mar. Era al norte, era verano y el aire estaba brumoso. Al atardecer me daba un baño estupendo, y por la noche me asomaba a la terraza para ver como la luna, llena y gigantesca, se reflejaba en el mar. Me quedaba mirándola maravillada, pero al cabo de un rato me daba cuenta de que no era la Luna, sino la propia Tierra lo que veía. La Tierra tal como la veríamos desde la Luna, con sus continentes, sus huracanes vangoghianos, y sus azules etéreos. Como la verían los habitantes de otro planeta, si es que existen. La Tierra vista desde la Tierra. La Tierra vista únicamente por mí, dentro de mí, fuera de mí, y tan inmensa y poderosa como sé que no volveré a verla jamás.

Mushin

Mushin quiere decir no-pensamiento.
El profesor Suzuki ha escrito mucho sobre mushin, que quiere decir no-pensamiento, inconscientemente, pensar sin pensar, no pensar. Es la esencia del Zen.
Durante la vida cotidiana, si hacéis o queréis algo conscientemente no sois mushin. Si lo hacéis con el pensamiento, no es Zen. Esta es la razón por la que el entrenamiento y la práctica con los músculos y con el cuerpo es tan importante. También para hablar es importante. La mayoría de las personas hablan después de que el cerebro haya dado la orden. Si sois mushin o hishiryo, podréis hacerlo inconscientemente, sin pensamiento. Por ejemplo, un profesor debe pensar antes de responder cuando le hacéis una pregunta. Pero el monje Zen responde sin pensar. Por eso el Zen es tan importante.
Yo pienso, desde luego, en vuestra pregunta, pero respondo inconscientemente. Esto no es posible en la educación moderna, por eso la educación Zen es tan importante. Lo mismo sucede con la acción. Primero piensa el cerebro, después se actúa. Esto no es mushin.
Mushin quiere decir que es el cuerpo el que piensa. Si comprendéis esto podréis comprender el Zen.
La mayoría de las historias Zen tratan de mushin. La sabiduría no es lo mismo que el conocimiento intelectual. En la vida cotidiana la mayoría de las personas, cuando conversan responden después de pensar. Las personas verdaderamente inteligentes utilizan la sabiduría y no piensan. Hablan y responden por intuición. El conocimiento no es lo mismo que la sabiduría.
Gracias al zazen se puede comprender cómo hablar sin pensar. Nuestro cerebro superficial descansa durante el zazen y nuestro cerebro interno se desarrolla y capta la actividad. En el mondo, mis respuestas surgen del cerebro interno. La actividad proviene del cerebro interior. Mi cerebro interno os responde inconscientemente, mushin. Un mondo Zen no es lo mismo que un examen oral en la universidad. Hablar con conocimiento no es hablar con sabiduría.
Si practicáis el zazen durante toda vuestra vida, al final podréis obtener esta sabiduría inconscientemente. Sabiduría, no saber. Por ejemplo, cuando voy a dar una conferencia debo preparar lo que quiero decir. Primero un poco de saber... y un poco de sabiduría. Pero desde el momento en que me encuentro frente a la sala, comienzo a hablar inconscientemente y casi nunca sigo lo que he preparado. Miro las caras y veo si tengo que cambiar la conferencia. En ese momento ya no hay ningún plan, todo surge del inconsciente e impresiona a los demás. Esto es teisho.
La filosofía del budismo y del Zen no son solamente datos de conocimiento. Con las artes marciales pasa lo mismo. ¿Cómo debo actuar? Si reflexiono sobre cada gesto, la acción eficaz es imposible. Por eso es necesario ser mushin, porque el cuerpo debe actuar sin pensar. Esta es la razón por la que la práctica del zazen es tan útil para las artes marciales. Si se reflexiona demasiado, el adversario será más rápido.
-Maestro Deshimatu


29.7.08

La breve bujía

Dijo Macbeth:
"¡Fuera, fuera, breve bujía! La vida no es más que una sombra ambulante; la figura de un pobre actor que se mueve ceremoniosamente y desempeña su vez sobre el escenario. Y después no se oye nada, es una historia llena de ruido y de estrépito, que no significa nada”.

Bien, parece ser que la realidad es un constructo artificial que se refleja en el éxito, y viseversa...
Creo que voy a romper todos los espejos.

Un anarquismo

No hay nada más sospechoso que un indivíduo sin cuenta bancaria propia.
(¿Será que la suspicacia tiñe de rojo las retinas de los envidiosos?).

25.7.08

El Grial

Ayer le escribí a un amigo de Colombia:
Estando mejor, me daba cuenta de que en las mismas circunstancias uno puede ver las cosas de muy diferente manera. Quiero decir que no ha habido ningún cambio afuera desde la ayawaska a hoy, lo que cambia en definitiva es la manera en que percibes la realidad.
Y él me respondió:
Precisamente se trata de eso, de mantener una posición de observador, de testigo permanente, procurando que el filtro de la realidad que es nuestro estado anímico permita permearla sin sesgos. Para eso hay que mantener ese filtro limpio, sin esos residuos o lastres que impidan contemplar todo el espectro, o por lo menos el mayor posible. Esto no significa que no debemos comprometernos emocionalmente, por el contrario, la vida se vuelve mucho más intensa pero con la clara conciencia de la permanente impermanencia, lo cual nos libera.

Ayer fue una jornada realmente curiosa para mí, ya que pasé por una media docena de estados de ánimo perfectamente discernibles y analizables por separado, no como suele sucederme a menudo, que las emociones quedan contenidas bajo un muro de apatía. En esta ocasión, la tristeza, por ejemplo, era tristeza en estado puro; la dicha, dicha pura; y otro tanto las demás. Lo tranquilizador fue que al encontrarme yo en la tristeza, en la pena, no sólo podía manifestarla libremente como pena, sino que al reconocerla como tal no tenía riesgo de confundirla, por ejemplo, con la ira, que es una emoción muy nociva y que, al menos en mi caso, funciona como catalizador a la vez que de barrera para evitar que se manifieste la pena, una emoción de la que suelo avergonzarme. Comprendí, después, que la ira es una emoción baldía -como la gramilla que ahoga el césped- y, que para colmo, en vez de filtrar la emoción original, la alimenta, con lo cual a ésta se le suman otras accesorias (la culpa, por ejemplo) que tras un análisis más o menos sencillo de la situación he llegado a la conclusión que parecen ser de naturaleza artificial. Es ahí, en el sitio de las emociones construídas artificialmente, donde actúa la cultura.
Si bien estoy en los prolegómenos de mi auto-análisis, una vez más resulta tranquilizador -muy tranquilizador, diría yo- saber que hay una parte de mí sobre la cual la cultura no puede influir. Se trata ahora de descubrir -en caso de que esto fuera posible- cuál es la emoción pura que me define (que no la que me gobierna) como ser humano, en este momento de mi vida.
Para mí sería como encontrar el Grial.

24.7.08

Ayawaska II: Fata Morgana

1
Me resulta difícil hablar de esta experiencia, y tanto, que ni siquiera sabía cómo empezar el post. Tendré que ser muy valiente para hacerlo. En cualquier caso, la travesía que les narraba en el otro no deja de resultar en cierta manera paradójica, si se piensa en que pude haberla hecho hace ya muchos años en el continente del que provengo -la ayahuasca y yo somos casi vecinas- y que al final acabara haciéndola aquí, más cerca de la Caixa que de la Amazonía, y a un tiro de piedra de una capital europea hasta arriba de cocaína, calvetes con anillas en las orejas y argentinos de Castelar haciendo negocios en Suiza vía móvil.
No es de extrañar, si se piensa que la ayawaska viene cruzando el charco desde hace ya unos diez años a causa del intercambio cultural entre continentes, la apertura del chamanismo a Occidente, y la labor de científicos e intelectuales que han dedicado parte de su vida a la investigación de los enteógenos, como es el caso del Fundador. Así las cosas, la travesía ha tenido que ser aquí, donde a todas luces resulta ser una droga importada que, para muchos, se adscribe a la subcultura new age de los gurús con collares de cuentas y las profecías mayas. Nada más lejos de la verdad, pero esto lo dejaremos ya para otro post.
Para quienes no lo sepan, la ayawaska -en quéchua, soga del muerto- es un enteógeno. El término deriva del griego, en el que éntheos significa, literamente, "dios dentro de"; y génos, que significa "origen, nacimiento". Por tanto, su etimología es «devenir divino por dentro». En síntesis, se trata de un preparado vegetal que, al ser ingerido, provoca un estado alterado de conciencia. Intuyo que la distinción entre el significado de enteógeno y alucinógeno supondría entrar en una discusión de tipo filosófico, y no es el caso.
Durante el desayuno, y después de las correspondientes y afables presentaciones, las bromas, los comentarios acerca de la comida -algo predecible en España, ya que cuando no se sabe de qué hablar se habla de comida-, me dio por comentar mi no-experiencia con la gente que estaba sentada a la mesa. La mayoría calló, pero hubo uno que intervino diciendo que la primera vez suele pasar. Yo estaba convencida de que la ayahuasca no me había hecho efecto por culpa de una resistencia, y lo dije. Añadí, además, que mi motivo para probarla era la depresión. Entonces la tía que estaba a mi izquierda, una catalana muy altiva, me mira y me suelta en tono burlón:
- ¿Por qué dices culpa? - Y continuó comiendo tranquilamente.
Era todo bastante extraño, la verdad. Hubo quien expuso sus motivos y hubo quien no, pero a nadie le daba por contar su viaje. Inclusive llegué a creer que había más gente en mis condiciones -de no-experiencia-, pero que no se atrevía a contarlo. Diría, más bien, que se evitaba hablar sobre el asunto y en cambio se prefería mencionar la ayahuasca en términos teóricos, haciendo referencia a los periféricos de la situación sin entrar en ello a saco. Les habrá llamado la atención que yo contara mis motivos de forma tan espontánea (por cierto, el tema del bloqueo emocional que hay en Europa, se niegue o no por conveniencia, dá para otro post).
Me fijé en un tío con cara de querubín -Joan- que llevaba un buen rato mirándome fijamente.
-¡La depresión! -dijo, sacudiendo la cabeza-. La depresión no existe… Mi madre siempre lo dice: “La depresión no existe, la depresión es tristeza” -. Buscó mis ojos: - ¡Ea!¡Tú no tienes depresión! Alguien que habla como tú y se presenta como tú no tiene depresión… en todo caso tendrás el alma triste, que es cosa bien distinta…
De repente todas mis defensas se vinieron abajo y me quedé sin palabras.
- No me extraña, estando tan lejos de tu tierra y con las consecuencias que eso conlleva en un medio tan hostil como éste -continuó -. ¿Quién te ha dicho que tienes depresión?¿El médico? El médico lo que hace es diagnosticarte una depresión endógena, es decir ponerte una etiqueta, darte un antidepresivo y a otra cosa. Luego lo que sucede es que te sientes culpable por estar enferma, cosa que no es así, y te tomas el veneno, pero el alma sigue triste.
Lo que decía era tan cierto que no pude sostenerle la mirada.
- Diablos, me vas a hacer llorar… - lo cierto es que ya estaba llorando - ¿Cómo sabes eso?
- Soy psicólogo, ya lo he visto - respondió él con toda naturalidad.
Pasé el resto del día pensándome si merecía la pena tomarme ayahuaska o no. Tampoco tenía prisa en marcharme, así que tomé un baño en la piscina y me puse a hablar con un médico de Gerona, muy majo, que iba con Joan.
Según me explicó, no es que la ayahuaska sea como en el peyote, que posee una sóla sustancia (mescalina), sino que es un brebaje combinado que consta de una IMAO (inhibidor de la monoaminoxidaza, una encima presente en el estómago) y DMT (un alucinógeno, presente también en el cerebro, que al parecer es el responsable de ciertas imágenes hipnagógicas e incluso de los sueños). La IMAO inhibe las funciones de la enzima, permitiendo que ésta no elimine el DMT. Si sólo tomáramos DMT, el estómago lo expulsaría y su efecto alucinógeno quedaría neutralizado. Pero no sucede así, lo cual convierte a la ayahuaska en un brebaje bastante sofisticado, que no podría jamás haber sido descubierto por casualidad. Algo sorprendente, si se piensa que lleva siendo usada en la Amazonía desde hace unos 5000 años por tribus que, viviendo aisladas y en total desconocimiento las unas de las otras, sabían cómo realizar el preparado de las dos plantas juntas y en proporciones específicas, sin haber tomado contacto jamás entre sí. Raro.
Nuestra conversación se prolongó hasta después del almuerzo. Se nos unieron nuevamente el psicólogo -un verdadero cachondo- y Ágata, una chiquilla muy maja que también hacía su experiencia por primera vez y que no pensaba repetir. Como a las cuatro o cinco de la tarde localicé a Irene y le dije, ya más decidida, que quería probar otra toma, sólo que el problema era cómo me volvía a Madrid al día siguiente, ya que iba sin coche, y sin coche, no había manera de bajar a Barcelona. Como la gente no se pensaba marchar hasta el día siguiente y yo no tenía pasaje de regreso, iba a precisar a alguien que bajara directo a Madrid por la mañana temprano; eso me daría el margen de tiempo suficiente para coger el pasaje a Madrid y, una vez allí, coger uno que me llevara a la Sierra. “Imposible”, me dijo, “la gente no se marcha hasta las seis después de la tercera toma”. Nada, pues, a quedarnos hasta el día siguiente entonces; si conseguía pasaje, bien; y sino podía pasar la noche en un hostal e irme a la playa hasta el martes. No es que me muriera de ganas de volver al calorón de Madrid, precisamente.
Después de la siesta -hacia las siete- comenzaron los truenos. “El monte nos bautiza”, pensé, recordando mi ascensión al cerro Uritorco en año ‘93 (Córdoba, Argentina, 2000 metros). Mejor que no lloviera mucho, bromeé, porque la carrera hasta los barreños iba a parecerse mucho a los patinazos del día en que llovió en Woodstock, pero peor, con el suelo de baldosas mojadas. “Imposible”, me deslizó al oído el psicólogo; con ironía “aquí somos todos gente muy seria”. Carcajadas. Sea como sea, ya había algunos deambulando por la terraza en actitud instrospectiva y mirando el cielo como si nunca hubieran visto un relámpago. Tiburones sedados por la ayahuaska.



2
Hacia las diez y media comenzó la segunda ceremonia. Pasada la hora, se nos invitó a una segunda toma del brebaje y un rato después el Fundador sugirió que podíamos sacar nuestras sillas a la terraza, ya que hacía una noche preciosa. Nos envolvimos en edredones y salimos. Pero el suelo estaba empapado y yo, que iba descalza, no encontraba un sitio oportuno donde apoyar los pies. Opté por el caño de mi comodísima silla plegable, notando que mi vecino -un tío bien grande- se afanaba por buscar un sitio donde poner los suyos, de forma tal que en vez de disfrutar de la “preciosa noche” y el canto de los grillos, por ahí todo lo que se oía era algún que otro suspiro y pies trepando por los caños.
Se oyó la voz del Fundador:
- Igual si alguien quiere entrar no tiene que esperar a que se lo digan…
Yo cogí mi silla y entré. Me sentí realmente relajada al ver la sala casi vacía y en penumbras, con los dos cirios encendidos al centro. La textura de las alfombras me resultó muy suave, así que tuve el impulso de abandonar la aciaga silla y tumbarme en el suelo. En posición fetal. Noto se me acerca alguien: “¿Estás dormida?”. “No”, respondí. ¿Y qué, si me diera por dormir? Todo lo que quería era que me dejaran en paz, que se olvidaran de mí y no me molestaran.
Recuerdo haber visto una larguísima cuerda extendiéndose hacia el infinito, a través de la bruma. La imagen se aclaró un poco más y noté que de la cuerda salían miles de nervaduras hacia los costados, muy finas, cuya textura me sorprendió. Era como estar de pie sobre el tallo de una hoja en la dimensión de las hormigas. Al otro lado había una luz blanca, evanescente, donde, sólo por una micronésima de segundo, creí ver a mi padre. Pero él no me veía a mí. Ciertamente, la única que le echaba de menos era yo.
Los pensamientos acudían a mi mente a gran velocidad: ideas de autocompasión, de desamparo, de frustración. Entonces me entraron ganas de llorar. Lloré mucho, la verdad. Lloré por mi padre, por el amor perdido, por lo que tuve y por lo que perdí, por lo que es, por lo que no es, y por ser yo el último eslabón de una cadena familiar enferma. Supe que tenía que aceptarlo, que nisiquiera se trataba de algo que yo hubiera elegido, sino de algo que es, lo cual no me hace más libre por serlo, sino por saberlo. Y lloré tanto, que en un momento dado tuve que incorporarme. Poseo algo de entrenamiento, y sé que en estos casos hay que respirar hondo, a fin de que el llanto no te ahogue y haga su trabajo positivamente.
Muy de tanto en tanto, y siempre que alguien se mostraba angustiado, el ayudante del Fundador sacudía rítmicamente unas ramas que producían un sonido similar a un sonajero o un palo de lluvia, y le daba por silbotear una melodía tribal, con lo cual la persona se calmaba. Yo no necesité que lo hiciera, porque no me sentía angustiada ni estaba teniendo un mal viaje, sino todo lo contrario: si bien la luz me hacía llorar, me devolvía también una cierta capacidad de asombro que creía haber perdido para siempre, iluminándome completamente, y el dolor -que ya lo conocía de sobra- convertido en llanto, resultaba ser nada más que una forma de energía saliendo de mí como algo que, si bien ya no me pertenecía, no tenía por qué avergonzarme, y tanto, que en lugar de vencerme, me erguía. Era como si algo me dijera: “Éste es tu dolor, así es tu dolor, pero no lo vivas encogida: yérguete”.
Me erguí, pues, naturalmente, y así me mantuve muchísimo rato sin ninguna dificultad, cosa rara, si se piensa que siempre tuve problemas para mantener la espalda recta (debido a mi escoliosis, supongo) y cuando hacía meditación tenía que buscarme un sitio donde apoyarme. Sin embargo, nisiquiera me dolía el cuello. Además, cuanto más me erguía mejor me sentía y el llanto se disipaba. Poco a poco la luz que me iluminaba fue desapareciendo y tuve la necesidad de abrir los ojos. Tener y sentir es lo mismo, pensé. Eché un largo vistazo a mi alrededor y no noté nada que me llamara la atención, lo cual me pareció estupendo. Lo noté cuando volví a cerrar los ojos: a mi derecha, alguien que llevaba mucho rato tumbada en un colchón riéndose como una niñita, lloraba ahora con un dolor tan quedo como inmenso. Supe que alguien le había hecho un daño enorme quitándole algo, y que ella -siendo probablemente una niña- en su momento no había tenido ocasión de recuperarlo.
Todos tenemos nuestras heridas, pero vamos por la vida llorando y lamentándonos de tonterías; y tanto, que la mar de las veces acabamos quejándonos de asuntos que en realidad deberíamos celebrar. ¿Qué es lo que pretendemos mostrar?¿Acaso crees que el otro no lo notará?¿Acaso crees que el otro no se sentirá profundamente solo al notar algo que tú ignoras de ti mismo? Nada más que una hormiga sobre la palma de una hoja, esto es lo que somos. Fantástico, si ése es precio que debemos pagar a fin de valorar lo que hay.
Esto no es cosa del cristianismo; es pura praxis: lo que pasa es que a las nuevas corrientes neopositivistas les conviene achacarlo todo a una religión -ya se sabe que religión y fe son dos cosas bien distintas, pero vete a hacerselo entender a quienes se han quedado varados en el trauma que les dejó, no sin razón, la Edad Media, con las barbaridades que hizo la Santa Inquisición, una doctrina que se exportó a nuestro continente con intenciones algo más radicales que la ayahuaska-, a fin de justificar su propia prepotencia, su alienación y su esquizofrenia moral, algo contra lo cual se rasgan las vestiduras de la misma manera en que luego acaban entrando al trapo por conveniencia.
Pero el dolor de verdad -que es el que te hace crecer-, es otra cosa. Ciertamente, la gente no se atreve por miedo, ya que esto es como una colonterapia, una gastroenteritis, una purga o una dieta extrema. Vamos, que puedes pasártelo mal, y eso no le hace gracia a nadie. Ni a mí, que me lo pensé mil veces antes de hacerlo. Después de todo vivimos en un mundo donde se prevee que, razón por la cual es raro que alguien se atreva a hacer algo o vivir una experiencia que no esté prevista. Nos quedamos, pues, con las etiquetas sociales, con el yo soy, es decir con los periféricos. Pero la ayahuaska golpea justamente en el corazón del meollo. Así que la gente la prueba para interpretarse. Dada mi escasa experiencia con la planta, mi única conclusión es que seas quien seas y seas como seas, o creas en lo que creas -si es que crees, y sino, también- la planta sólo podrá dejarte algo bueno.


3
Cuando se encendieron las luces yo estaba muy en paz. Por una parte me sentía aliviada de que la experiencia hubiera resultado, en cierta forma, light; y por otra no estaba tan segura de que eso fuera todo.
Jaja, chiquilla, qué ingenua eres.
El Fundador sugirió a uno de los chicos que se pusiera al piano para interpretar un tema de Gurdjieff, y apenas empezaron a sonar las teclas, me di cuenta de la que el viaje no había hecho más que empezar. Soy bastante sensible a la música, pero en esa ocasión mi oído no estaba interesado en integrar la melodía en un todo armonioso sino en escuchar los acordes por separado, y de ser posible, de principio a fin. Como el pianista temblaba, me pregunté si lo estaría haciendo por nerviosismo o acaso era que el tema estaba hecho para que el pianista temblara, pero la idea me hizo gracia y me eché a reir. Entonces la alfombra que tenía delante de mi vista se levantó, quedando suspendida a unos centímetros del suelo en lo que debió ser un segundo, para volver a su posición habitual. El corazón me dio un vuelco. Por favor, no me hagas esto, pensé. Empezaba a sentirme ligera, no lo que se dice absolutamente colocada, pero si bastante ligera, y no obstante sobria.
Me entró una puntada en el intestino, muy fuerte, y al cabo de cinco minutos el dolor ya se había apoderado de casi todo mi aparato digestivo, incluídos útero y ovarios. Mientras el Fundador hablaba -dando por terminada la sesión-, pensé en hacerme reiki en la tripa, pero el dolor no se aliviaba. Otra puntada, más fuerte aún, me obligó a cerrar los ojos con un ¡ay! que hizo volver a los que estaban más próximos, y ví como una culebra de color castaño oscuro daba un coletazo dentro de mis entrañas. Me entraron náuseas.
El Fundador:
- Bien, si alguien quiere decir algo…
- Yo sí, no sé si esto me está subiendo o bajando, pero me siento fatal así que… me voy.
Y salí disparada rumbo a los barreños, oyendo las discretas carcajadas a mis espaldas.
Al llegar a la zona-barreño me encontré con Irene y las cuidadoras, todas con cara de estar planchando en una fiesta.
- Creo que voy a vomitar - susurré.
- ¡Y qué me dices a mí! Vomita…
Su tono me sonó brutal y bastante impropio de una psicóloga, pero ahora que lo pienso, debe ser un coñazo que habiendo aguantado a una docena de colocados vomitando a lo largo de varias horas haya alguien que le dé por hacerlo justo cuando se supone que por fin puedes irte a cenar. También es verdad que con la ayahuaska se exacerba la percepción.
La única que se mostró empática fue Ágata, que me ayudó a descender los dos escalones que conducían a los barreños. Solidaridad de quien la noche anterior había tenido que ser auxiliada por lo mismo. Claro que cuando vi lo que había en los barreños me eché para atrás. Sin embargo, en vez de darme asco el asunto empezaba a resultarme divertidísimo. Me senté en una silla junto al barreño, descojonándome.
Ágata me seguía la corriente. Me trajo un té -que al final no me enteré si era para vomitar o para no vomitar-, me lo tomé, y esperé. Nada. Al rato ya no tenía ganas de vomitar, y aunque persistía el dolor en las entrañas, mi interés se volvió hacia la gente. Al notar su indiferencia, el asunto ya no me resultaba tan divertido; más bien me desconcertaba. Me desconcertó, sobre todo, la actitud de Joan, que pasó a mi lado dándose masajes en la tripa con cara de satisfacción, me miró de reojo, y se marchó. Todo empezaba a amplificarse o -tal vez- a verse tal como era. Hubo gente que no salió de su mutismo desde que entró hasta que se marchó, y sólo hablaban con ciertos indivíduos de su misma condición sobre temas que parecían estar vedados al resto de los mortales. Comprendí que quien es egoísta no es mejor ni peor; sólo se trata de una naturaleza. La diferencia con mi percepción habitual es que entonces no me molestó, sólo me tocaba observarlo sin que me inhibiera o me decepcionara.
-Tú quédate si quieres, yo me voy a la cama -le dije a Ágata, segura de que ya no iba a vomitar.
Pero ella se ofreció a acompañarme hasta la habitación, llevando una bolsa de plástico, por si las moscas. Mientras subíamos las escaleras yo sentía que me iba un poco de mí, como si me saliera unos centímetros de mi cuerpo, hacia arriba, aunque manteniéndome en él todo el tiempo. Si bien el efecto psicomotriz era similar al que se produce tras haber fumado unos cuantos porros y muy inferior al de una borrachera -en mi caso, al menos, me mantenía en pie perfectamente, y al andar lo mismo- al tumbarme en la litera y cerrar los ojos comprobé que el afecto alucinatorio era bastante potente, una situación de doble realidad en que si los abría no veía más que la litera de arriba, pero si los cerraba, veía la luz.
Antes de narrar la parte final de esta experiencia debo decir que entremedias sucedió una cosa que, por ser demasiado personal, no voy a contaros -lo siento-, y que no obstante acabaría precipitando la descarga emocional que vino después. Estoy completamente convencida de que si yo no me hubiera abierto a la ayahuaska como lo hice, ésta me hubiese llevado, quizá, por otros senderos, pero no por ése, que era justamente el que estaba necesitando.
Eso que sucedió hizo que me tumbara en la cama hecha un mar de lágrimas, cogiéndome el pecho con las dos manos en forma espontánea.
- Me duele - gemí -; ay, cómo me duele…
Lo dicho: directo al meollo. Con las manos de Ágata sobre las mías. Con la luz al otro lado del mundo, muy lejos, en el infinito. Ya no se trataba de un llanto que pudiera controlar, sino de uno que debía salir con la presión de un vómito. El verbo es importante: he dicho debía, porque era imperativo que saliera, como salen todas las cosas que sobran, como se rompen los diques que ya no sirven, mientras repetía una y otra vez me duele, me duele, me duele, ay cómo me duele, cada vez más alto, hasta que se escuchó bien alto, y alguien que ni yo ni Ágata habíamos visto se levantó de una de las literas y vino directo hacia mí.
La había visto la tarde del día anterior, al llegar, y me llamó la atención desde el principio. Una mujer muy callada y extraña, que andaba por toda la casa en actitud esquiva y evitando hablar con la gente. Como el Fundador trabaja con drogadictos, y conociendo la actitud que tienen algunos de ellos -trabajé en los CAD de Madrid como arteterapeuta- no sé por qué me dio por pensar que la tía era una ex-drogadicta recuperada. Lo fuera o no (en cualquier caso dá igual), esa mujer sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Ahora que lo recuerdo, pienso en una enfermera en jefe tratando de reanimar a alguien en un quirófano. Como decía, vino directo hacia mí, me hizo unas caricias muy dulces, muy solícitas, me besó en la frente, y con toda resolución apoyó sus dos manos sobre mi corazón y empezó a masajearlo con energía.
Entonces el pecho se me llenó de luz. Una luz idéntica a la que estaba al otro lado del mundo, que conectó con la mía -su gemela, su reflejo- a través de un haz evanescente por el que empezaron a subir miles, millones de partículas blancas, como cascaritas. Yo quería alcanzar la luz, pero mis manos chocaban contra la litera y me reía maravillada. Esa luz me infundió libertad y frescura, aunque, ciertamente, no sabría decir cuál de las gemelas era la que me producía esas sensaciones, si la de arriba o la de abajo, lo único que importa ahora es que después de aquello me sentí liberada, desnuda, inocente, feliz. Suspiré con un alivio enorme, entre risas y lágrimas, oyendo la voz de Ágata que me preguntaba, muy preocupada, si todavía me dolía el corazón.
- No - le dije -; no era un dolor físico.
Nos quedamos un buen rato cogidas de las manos, yo en las nubes, ella con la cabeza apoyada en mi vientre. La otra chica se marchó tan sigilosamente como había aparecido, y yo permanecí en la litera viendo como una flor gigantesca -en su estructura muy similar a un girasol, sólo que visto de noche- se posaba sobre mí, girando como un tíovivo. Esa flor tenía una cantidad infinita de pétalos de todos colores dispuestos en forma radial, tan vagos en su contorno como perfectamente definidos. Recuerdo haberme quedado con uno en particular, de color lila -mi color favorito- y haberle observado muy de cerca, pensando que yo nunca podría lograr un color como ése. Qué colores, le decía a Ágata, riendo; nunca he visto algo así. Y ella, también riendo, me respondió: Ya lo sé. La flor iba y venía, apareciendo y desapareciendo; y finalmente empezó a marcharse muy despacio: "Por favor, no se vayan", supliqué.
¿A quiénes se lo decía?
Me lo pregunto hoy, y supongo que me lo seguiré preguntando durante mucho tiempo. En cualquier caso... les echo de menos.

El corazón es como una col: la parte más deliciosa está en el meollo.
Photo/post: Pedro Strukelj

Ayawaska I: Yo, que creía saberlo todo


Llegué a Barcelona el jueves pasado con la camiseta empapada, y una mala leche de la hostia, resultado del calor. Me instalé en una pensión propiedad de una argentina enorme con pinta de pulpera, que me condujo a través de un corredor con olor a fritos y me abrió la puerta de una habitación interior diminuta y casi asfixiante. Le pedí un ventilador y un cenicero (ni se me hubiera ocurrido pedirle unas tohallas), me duché inmediatamente y me acosté a dormir sin lamentar el pocilgazo, ya que sólo buscaba un lugar donde pasar la noche sin tener que hacerlo al raso.
Me desperté sobre las nueve de las noche con ganas de ir a dar una vuelta. Después de cenar pensé en tomarme una copa en uno de esos baretos oscuretos que asolan las callejuelas del barrio Gótico, pero al cabo recordé que no podía, ya que a 24 horas de la toma de ayawaska es mejor no beber alcohol. Diría, más bien, que no se debe. Además, ¿a quién se le ocurriría tomarse una copa sola en un bareto? Aburridísimo. La máscara underground no es más que otra máscara, una aparentemente progre, aunque tan esperpéntica como todas las demás. Y esto sin hablar de la invasión guiri, los chavales que se apuntan a sus filas tumbados en la calle entre grandes bolsas de basura, el olor a alcantarilla mezclado con el aroma de los inciensos, los pakistaníes cachondos y los camareros que confunden gótico con mudéjar. Regresé al hotel.
Al llegar encendí el ventilador y me quedé dormida de un tirón, segura de que mi fugaz pasaje por Barcelona no era más que tiempo muerto. No estaba nerviosa, pero me sentía asténica. Me hubiera encantado tener alguien con quien compartir la experiencia, alguien con quien saborear las horas previas al gran salto. Como no pudo ser, tuve que conformarme con lo que había y disimular esa difusa sensación de desamparo que dá llegar a una ciudad que apenas conoces. Y para colmo, sola, ya que a ninguno de mis amigos les hubiera apetecido cogerse un fin de semana en Barcelona para tomarse una ayawaska, y los que conozco y viven allí estaban tomando el sol en Granada. A esto se sumaba la presión de que la única persona con la que había quedado era alguien a quién sólo conocía de Internet. Que así es como suceden las cosas a menudo: si quieres algo, no te lo pienses más, ve a por ello y arriésgate.
Hubo suerte. Mucha, diría yo, tomando en cuenta que la gente de la Fundación que me invitó a participar de la experiencia (cuyo nombre no revelaré por una cuestión de ética, ya que si ellos no lo mencionan en su propia web básicamente por cuestiones legales, a mí no se me ocurriría mencionarles en mi blog), no suele admitir gente “sin referencias”, según me informó un joven psicólogo vasco que desde el primer instante me consideró una advenediza, y cuyo comentario sobre la prensa encubierta y la Mercedes Milá todavía me hace descojonar. No le hablé de mi franqueza a la hora de explicarle mis motivos a Irene (que la llamaremos así) en un e-mail al que respondió con desusada rapidez, sabiendo que mi motivación poco o nada tenía que ver con lo lúdico o lo psiconáutico, sino con lo terapéutico. Habiendo tanto pajarraco interesado en la ayahuasca como una alternativa más para contactar con los extraterrestres, jóvenes aprendices de Escohotado en babuchas, ex-hippies cincuentones con una novia nudista, universitarios vegetarianos Erasmus, universitarios carnívoros amantes de la música electrónica, ex turistas de Goa, masajistas de shiatsu musculados, musicólogos intérpretes de Gurdjieff, psicólogos hipnotistas, y un largo etcétera que ya se imaginarán, mi caso le habrá parecido una auténtica gozada (...). Razón por la cual, supongo, le habré parecido la más friky de todos.
Llegamos a la finca a las cuatro de la tarde del viernes en el coche de Irene, con llovizna, y la placentera sensación de habernos quitado de nuestras espaldas el gran peso de la ciudad.

El recibimiento quedó en manos de un tal Mario, que pese a ser muy bueno, me pareció que despedía un cierto tufillo a desconfianza. Yo no tenía idea de que las habitaciones fueran compartidas, así que bajé por Irene a preguntarle si ésa, realmente, iba a ser mi habitación. Como no la encontraba por ninguna parte, fui directo a la cocina y la encontré comiendo. Inmediatamente me sacó fuera aduciendo que estaba prohibido entrar en la cocina. Sin hacer preguntas, y por sugerencia suya, me puse a buscar otra habitación, pero acabé descubriendo que todas eran similares, así que me ubiqué en una litera junto a la puerta, haciéndome a la idea de que esa noche habría que aguantar ronquidos.
Me eché una siesta hasta las seis y fui directo hacia la piscina, con la omnipresente figura de Mario, todo sonrisas, a mis espaldas.
- Y qué tal… ¿ya te has instalado?
- Pues sí, estupendamente. Oye, esto es una preciosidad, de veras…
- Lo es, sí. Pero ahora date un baño en la piscina, anda… Prepárate para el viaje.
Cosa que desde luego no hice. Me refiero al baño. Antes que nada, tenía que tomar contacto con el lugar. Plantar el ancla. Es mi manera de ser: primero me voy con tiento, luego observo, analizo y finalmente cojo lo que me interesa, pero cuando lo hago me voy con resolución y bien segura de lo que quiero, cómo y por qué. De momento, lo único que quería era tumbarme en la piedra, y bajo el sol, a ver como las nubes mudaban su estado de cúmulos a caballos, mientras, a mi alrededor, el canto de los pájaros y el rumor de la brisa entre las hojas de los árboles empezaba a mezclarse con el crujido de los neumáticos sobre el ripio. Portazos, grititos, besos y abrazos. Irene había desaparecido, y después del episodio de la cocina ni se me hubiera ocurrido buscarla para echar un cigarrito. Al cabo de una hora ya había una media docena de personas alrededor de la piscina, pero parecía que nadie se animaba a meterse al agua ni entablar conversación. Mejor meditar, leer un libro, fumar, o quedarse mirando la lontananza. Cada cual dentro de su piel de cebolla. Faltaban tres horas para la primera toma, y eso ya empezaba a parecerse demasiado a una sala de partos.
Los preparativos para la toma empezaron más tarde de lo previsto, aproximadamente hacia las diez de la noche. Yo me había pasado parte de la tarde sin hacer mucho más que observar cómo caía la bruma sobre el cerro como una cortina móvil de seda gris, y jugar con los instrumentos musicales. Alguién me pilló dándole a las teclas del piano, echó un tímido vistazo, y desapareció.
Hacia la noche la sala de meditación se llenó de sillas. Tres filas de sillas perféctamente dispuestas en círculo alrededor de un bonito altar con flores naturales, dos grandes cirios, un cuenco con agua y gran cantidad de incienso. La gente iba y venía, entrando, saliendo, reencontrándose, dándose palmaditas en la espalda, o simplemente deambulando por la terraza, con vistas al bosque, y en silencio.
Habiendo pasado un buen rato en la finca ya empezaba a entender las reglas. Cada cual a lo suyo, si nos conocemos qué bueno, y sino, siempre habrá algún psicólogo aprendiz de ayahuasquero que le dé por soltarte un interrogatorio del tipo: “Oye, no será que tú eres de la Mercedes Milá, ¿no?”. Curioso el comportamiento del indivíduo occidental, que aún en este tipo de situaciones, no deja de repetir un esquema de comportamiento que, podrá parecer ingenuo, pero no conocía antes de venir aquí: los grupos, en vez de abrirse, tienden a cerrarse; algo que en semejantes circunstancias resulta paradójico, ya que lo que se supone que debería buscarse es la integración de lo individual en el todo y no el aislamiento; sin embargo en demasiadas ocasiones sucede justamente lo contrario.
Entonces me dio por buscar a Irene. Quería exponerle mis dudas. Para empezar, no entendía cómo era posible que fuera a realizarse una toma masiva de ayawaska en una sala totalmente cubierta de alfombras. Todo el mundo sabe que la ayawaska tiene un efecto purgante, y lo primero que haces es vomitar. Cuando se lo dije a Irene, ella me explicó fríamente que no tiene por qué ser así, que había cuidadores, que había barreños y que había un baño (a veinte metros), razón por la cual no tenía de qué preocuparme. Yo regresé a la sala preguntándome cómo iba a buscarme la vida en caso de que el estómago se me pusiera cabrero en medio de una alucinación.
Siendo las diez y pico, se cerró la puerta de la sala y empezó la ceremonia, presidida, naturalmente, por el Fundador, que así le llamaremos. Invitó a quienes hacíamos nuestra primera toma a coger la fila más cercana a la puerta (es decir a los barreños, que estaban fuera, en la terraza), hizo una pausa a la espera de que nos acomodáramos y explicó, brevemente, qué es la ayawaska, desde cuándo se utiliza, y para qué. Advirtió, además, algo que al cabo de mis dos experiencias comprendí que era muy importante: dijo que la manera en que íbamos a tomar la ayawaska era sólo una manera de tomarla, que hay otras, pero que ésa era su manera. Luego hubo que ponerse en fila y esperar hasta que llegara tu turno para tomarte el chupito, morder una hoja de jenjibre -para atenuar el sabor de la ayawaska, que es muy pero muy amarga; pero el jenjibre no lo es menos, de forma tal que al cabo de un minuto te preguntas qué será peor, si el jenjibre o la ayawaska- y volver a tu silla. Más o menos igual que en misa, pero peor, porque al menos allí sabes que después de la eucaristía el cura te bendice y te largas, en cambio aquí tienes tantas probabilidades de ir al paraíso como al infierno, y para colmo en una silla de plástico plegable.
Las luces se fueron apagando poco a poco y comenzó el viaje. Mejor dicho, comenzó lo que yo creí que iba a ser un viaje, que en realidad fue más un viaje ajeno que propio. Lo digo, porque mientras yo intentaba acomodarme en la silla de plástico sin que me doliera la espalda, ya otros empezaban a alucinar. Hubo uno en mi fila que tuvo una regresión a su etapa agogó y tuvieron que sacarle, justo cuando yo había decidido deshacerme de la silla y tumbarme en el suelo en posición yogui, para ver si la cosa me hacía efecto de una buena vez. Cuando pasó por delante de mí, sostenido por un cuidador, conseguí esquivar el vómito por puro milagro.
Casi a las dos horas, y con la esperanza de hallar un sitio algo más cómodo en uno de los colchones que habían dejado al raso, salí a la terraza. Pero los colchones estaban todos pillados, y el espectáculo no admitía espectadores. Había un tío haciendo arcadas en un barreño, otro descojonándose bajo un edredón, y otros dos que además de desconojonarse en colchones vecinos parecía que se lo estaban pasando pipa. El resto dormía o deambulaba dentro de su cáscara de cebolla sin prestar atención ni a los mosquitos, que esa noche se mostraban tan reticentes a la ayawaska como yo.
Llamé a una cuidadora:
- Mira, yo no sé, pero a mí esto no me hace ningún efecto… - Estaba más lúcida que un díptero gigante con ganas de sangre. Sonrisa incómoda: - ¿Podría fumarme un cigarrito?
Ella me miró perpleja.
- Claro, fuma si quieres…
- Bien. Y creo que después me voy a dormir.
- ¿Y no te apetece entrar en la sala?
Ni sala ni leches ni qué ocho cuartos, yo sólo quería largarme de ahí. Cuando se lo dije, ella sonrió comprensivamente y me dijo que mejor esperara en la casa, junto a la chimenea, donde podía tumbarme y esperar a que acabara “la sesión”. Así que fui tras ella -que intentó cogerme de la mano muchas veces, y al final se la cogí por compasión-, y me quedé tumbada en un sofá, comiendo cerezas mientras le echaba un vistazo a un libro sobre Gurdjieff. Al cabo de una hora regresó para decirme que ya estaban encendiendo las luces, y que debía estar en la sala para el cierre.
Al menos por los que estaban allí dentro, no me pareció que tuvieran un aspecto muy diferente al que tenían antes de empezar la sesión. Lo único que me parecía realmente alucinante era que habiendo cincuenta personas en la sala tomando ayahuasca, a nadie le hubiera dado por desmadrarse. Y sobre todo que la sesión pudiera controlarse dentro de unos parámetros muy estrictos, sometida inclusive a un cronograma cuidadosamente articulado, bajo un esquema que, por lo menos a mí, rayaba con lo castrense. ¿O era que, tal vez, empezaba a alucinar y el viaje iba a empezar cuando me acostara en mi litera?
- Si hay alguien que quiera soltar alguna emoción que se haya quedado atorada, que lo haga - dijo el Fundador, tras un largo silencio.
Pero nadie abrió la boca.
Me pregunté qué entendería el Fundador por emociones. O, mejor aún, que entendía yo por lo mismo, si es que me había perdido alguna cosa. Soy una persona extremadamente emocional, y para mí las emociones son energías que se expresan, y ya que el clima en la sala me recordaba más a una parroquia en pleno sermón que a una regresando de un viaje alucinatorio, la pregunta del Fundador me resultó a todas luces incongruente. No podía imaginarme que a alguien se le ocurriera, por ejemplo, soltar un grito o ponerse a bailar en medio de la sala. También me pregunté por qué a la gente que estaba fuera, aún en pleno viaje, la cogían entre dos y se la llevaban a otra parte, ¿no hubiera sido mejor dejarles en sus colchones hasta que se les pasara el trip? Pero no, había que quitar los colchones y ponerlo todo en su sitio, cenar, celebrar y acostarse.

Demasiadas preguntas, demasiados miedos. Mucho escepticismo, y demasiadas… barricadas.
- Mira, no sé, pero a mí esto no me hace ningún efecto…
Mis cojones que no. Yo, que creía saberlo todo, no sé en realidad nada.
Esa noche me acosté sin cenar, enfurruñada con la ayawaska, y el eco de los grillos.